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Deshollinador, el ‘infierno’ más cercano al cielo

Deshollinador, el ‘infierno’ más cercano al cielo

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Toño Morala | 06/02/2017 A A
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Deshollinador, el ‘infierno’ más cercano al cielo
Sociedad Es un viejo y olvidado oficio, de esos que casi nadie quería, pues además de conllevar un evidente riesgo el ejercerlo, tampoco estaban bien pagados. Curiosamente la crisis económica propicia que vuelvan a ser requeridos
Existen viejos oficios que vuelven a estar en auge, y parece ser que es a través de las crisis económicas donde el personal agudiza el ingenio y, sin mucha inversión, aparecen estos antiguos oficios tan en desuso; pues muchos, la alta tecnología en todos los ámbitos los han aparcado a la memoria de unos cuantos ya mayorines y al lado anecdótico y sin apenas relevancia; son oficios muy arriesgados que casi nadie quería, pues se cobraban pocas perras y tenían un alto riesgo de peligrosidad. Oficios en los que muchos niños trabajaban para ayudar al sustento de las casas; eso sí, cobraban muy poco. Y uno de esos antiguos oficios de las grandes ciudades industriales fue el de deshollinador; nombre un poco complicado de decir, poco altruista, y poco comentado, salvo en algunas películas de gran audiencia, o en aquellas ocasiones donde uno de ellos se caía de las chimeneas y salían en los pocos periódicos de la época. Hoy vamos a dar una relevancia que antaño sí tuvo este oficio callejero; era callejero, porque nunca se trabajaba en un lugar cerrado, las chimeneas estaban por encima de los lugares cerrados, y eran los más cercanos a las estrellas, el resto se lo dejo a su imaginación. Las herramientas eran muy simples pero llenas siempre de hollín, palabra siempre negra en caras y vestimentas de los deshollinadores. Con unas varas o cuerdas, el deshollinador iba dejando caer el principio de una especie de escobilla redonda con mucho vuelo, y venga para arriba y para abajo hasta dejar el conducto de la chimenea limpio del fatigoso hollín. Previamente y, con una cuerda, se dejaba descolgar una bolsa que recogía los hollines, luego había que bajar al inicio del humero y sacar muy despacio la porquería que restaba en el conducto. Si era bueno el deshollinador, le daban algo de propina aparte de lo pactado; el precio del trabajo era muy diferente dependiendo de alturas, anchura de la chimenea, dependía también del hollín que tuviera, y dependía también de la manera de sacarlo.

De una vieja crónica sobre el asunto… la misma es del año 1928; narra que era un trabajo bastante sucio, pese a la elegancia vetusta de la vestimenta. Montados en sus bicicletas- los que la tenían- los deshollinadores pedaleaban con una soga de un buen montón de metros, un plomo, un cepillo, una cadena y tres baquetas: una larga, una mediana y una corta, además de un cepillo de cerda, de mano, de unos cuarenta centímetros de largo. Así recorrían las calles camino a cumplir con sus tareas, que sin lugar a dudas «facilitaban el paso de Papá Noel por las chimeneas». En este tipo de trabajo encontramos de todo, comentaba un antiguo deshollinador; una vez apareció una caja llena de billetes, aunque bastante chamuscados. En otra, fue un cofre con 120 gramos de oro. «El que limpia encuentra…» «Me metí en un conducto para destapar un codo, entré muy justo. Cuando quise salir no pude. Comencé a escuchar los ruidos que hacía el fogonero al preparar fuego para la caldera, fue entonces cuando empecé a gritar y gritar. Me sacaron los bomberos…» pobrecillo. Los pelos de la baqueta son alambres retorcidos hechos a mano por el propio deshollinador; sacando esos pelos el cepillo se afloja, hasta que llega a desarmarse totalmente. Con el paso del tiempo, los cambios de hábitos y los adelantos tecnológicos, la combustión producida por el carbón y el petróleo fue perdiendo espacio frente a la producida por el gas, con un residuo de hollín cada vez menor. Así decía un aviso reciente… «Deshollinador, limpieza de estufas y chimeneas, trabajo seguro y responsable, y limpio, muy limpio». El deshollinador se ocupaba de retirar de forma periódica el hollín acumulado en las paredes de las chimeneas y para mejorar su tiro. Su actividad se extiende también al mantenimiento de la chimenea, reparando pequeñas grietas que pudieran dejar escapar el humo. En primer lugar, el deshollinador tapona la boca de la chimenea y otras aberturas y sube al tejado en donde ejerce su actividad. Para verificar el correcto resultado de la operación se ayuda de un espejo o de iluminación.

Las chimeneas no siempre eran lo suficientemente grandes para que una persona adulta entrara a limpiar. En la Europa Occidental se comenzó a hacer chimeneas considerablemente mayores a partir del siglo XV, para permitir que los limpiadores profesionales, los deshollinadores, pudieran hacerlo; de esa manera, se contrataba a niños de hasta siete años de edad por su baja estatura y su poco peso para entrar en esos espacios tan reducidos. En 1864, la Casa de los Lores declaró ilegal el contrato de niños como Deshollinadores. Mientras Europa ha entrado en la revolución industrial, la demanda ha seguido aumentando. Un gran número de deshollinadores trabajaban en las ciudades realizando esta función. Para entrar por las chimeneas, solían ser pequeños y ágiles (muchos de ellos eran niños) y frecuentemente iban semidesnudos para evitar quedar enganchados por la ropa en el interior del estrecho conducto. El contacto constante con el hollín y las sustancias derivadas de la combustión del carbón y de la madera les predisponía a padecer con frecuencia una úlcera, un cáncer del escroto… La verruga del hollín, con lavarse el tizne de vez en cuando, esa terrible enfermedad no existía. La piel del escroto, se manifestaba a veces tardíamente, pero uno de cada cinco niños la padeció trabajando de Deshollinadores. Fue descrito por primera vez por Percival Pott. Se trataba de la primera vez que se describía un cáncer producido por un determinado trabajo profesional. Percival Pott (1714-1788) fue un importante cirujano inglés. Le llamó la atención la localización y que todos fueran del mismo oficio. Así llegó a la conclusión de que el hollín acumulado en la ropa interior y el gran poder de absorción de sustancias de la piel del escroto propiciaba este mal. La profesión de deshollinador se iniciaba en Inglaterra desde la infancia, lo que le hizo sospechar que pasaba cierto tiempo desde la exposición al hollín y el desarrollo de la enfermedad. La observación de los efectos del humo de las chimeneas le hizo desconfiar del humo del tabaco y alertó sobre su posible peligro. A partir de esta observación, Pott describió gráficamente las penosas condiciones en que trabajaban estos obreros, que requerían que los niños escalaran por estrechas chimeneas todavía calientes. A pesar de su insistencia, las disposiciones legales sobre el trabajo de los niños en este sector no llegaron hasta 1840, año en el que se prohibió que los menores de 21 años trabajaran limpiando chimeneas. Aunque la sanción por incumplir la ley era muy escasa, y se siguió explotando a los niños deshollinadores hasta que en 1875, entró en vigor otra ley más rigurosa, acabando con la práctica de contratar niños para este menester.

La presencia de los Deshollinadores en el arte y la literatura no es abundante, pero sí llena de encanto. El personaje del deshollinador ha sido reflejado en la literatura por muchos autores, en especial en la literatura victoriana, como en la obra de Charles Dickens, ‘Oliver Twist’(1838), en la que se aprecian las duras condiciones de su vida, al igual que en, ‘Los niños del agua’, un cuento de hadas para un niño en tierra (1863) del reverendo Charles Kingsley; asimismo en la obra del poeta William Blake, ‘Canciones de inocencia y de experiencia’ (1789)…El deshollinador más conocido popularmente es ‘Bert’, un personaje interpretado por el actor Dick Van Dyke en la película ‘Mary Poppins’, quien cantaba el tema ‘Chim, Chim, Cher-ee’. Y para ir cerrando este oficio tan mal pagado y tan olvidado, qué mejor que hacerlo con la tradición como parte importante. Por lo visto es un símbolo de buena suerte, al ser considerados los protectores del fuego y del hogar. En buena parte del norte de Europa se tomó como tradición el vestirse de deshollinador con su uniforme limpio de los domingos y acudir contratado por alguna pareja que iba a casarse. Su cometido iba desde acompañar a la novia un trecho del camino hacia la iglesia o darle un beso para transmitirle felicidad en el matrimonio. Si te encuentras uno por la calle es síntoma de buen augurio. Muchos deshollinadores se encontraban con nidos de pájaros, enjambres de abejas y avispas, también velutinas… en un caso, hasta salía la miel por el tiro de la cocina abajo… y no era en la nuestra chimenea… ¡hay que fastidiarse!
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