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Demín

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EL BIERZO IR

Demín. | Casimiro Martinferre Ampliar imagen Demín. | Casimiro Martinferre
Casimiro Martinferre | 16/08/2015 A A
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Demín
Territorio. Capítulo 46 "Más bien personificaba un bufón de carcajada socarrona, calvo con trazas de cuernos, orejas puntiagudas, nariz prominente, y en general una actitud circense"
Alcé la vista, desde los puertos bajaban sierpes de neblina, no era la mejor bienvenida. Un paisaje carente de colores, sólo tonos grises. Murallones de troncos cenicientos atornillados sobre lechos de hojas translúcidas. La hiedra apretaba su letal abrazo en el laurel. Árboles antiquísimos envolvían el pueblecito, entrechocaban las ramas produciendo tamborileos, gemidos pecaminosos. Al final de la cuesta una torre medieval. Sería mi alojamiento durante algunos días.

A las nueve, el guardés me despertó. Dejó sobre la mesita la bandeja del desayuno: sesos de cordero con salsa de nueces. La sola mención del menú provocaba náuseas. La habitación apestaba, pringada de vómitos, y yo mismo daba grima con esa pinta de borracho. Apenas recordaba lo ocurrido anoche. Explotaban en la cabeza fugaces ráfagas que describían el desenfreno de una orgía. Zumbaban los tímpanos, las articulaciones crujían, enrojecidos los ojos. Me ayudó a vestir, dijo que el desorden no debía preocupar, lo arreglarían todo a la perfección.

Partimos hacia la capilla, de pura debilidad hube de apoyarme en el guía. La encontramos rápido, un edificio irrisorio, teniendo en cuenta que allí glorificaban al Señor. Cuatro menguadas paredes más un tejado. Delataba el estatus sacro una tumbada cruz en el vértice, de no haberla tenido hubiera pasado por cuadra o taller. La puerta rechinó, tras voltear en la cerradura una gran llave de hierro. Dentro, atmósfera opresiva de humo y vapor, propiciada por seis hileras de lamparillas encendidas. Débiles rayos penetraban por el ventanuco, rebotaban en la hornacina del Ángel de la Guarda, titular del templo. A su izquierda, asomando tras un altarcillo, Satán. Ambas figuras mantienen una actitud parecida, aunque antagónica. El santo, ataviado de ricos brocados, protege la inocencia a base de renuncia y penitencia en vida, tiende crucifijo de salvación eterna; el anticristo, desnudo, ofrece en su mano abierta toda riqueza mundana, mientras en la otra empuña la guadaña que segará tu alma para él. Tomé unos planos generales, después procedí a examinar de cerca el objeto de mi interés. Lo bajé de la atalaya con sumo cuidado, transportándolo en brazos como si fuera un nene hacia lugar más iluminado, pero a medio camino tropecé, propinándome el diablo un porrazo en la frente que dejó marcados seis piños.

Numerosos desperfectos en la escultura probaban maltrato crónico. De la original policromía quedaban sólo costras, escamas de pintura negra y roja que lo emparentaban con algún oscuro reptil. La ingenuidad de la obra conmovía, estaba muy alejada de las espeluznantes representaciones firmadas por célebres imagineros. Nada serio ni respetable, sin entidad catequética. Más bien personificaba un bufón de carcajada socarrona, calvo con trazas de cuernos, orejas puntiagudas, nariz prominente, y en general una actitud circense. Eso sí, comunicaba magistralmente lo subliminal. Quise sacarla al exterior, donde había mejor luz, pero el guardés lo impidió. «O demín jamás volverá a salir de sagrado. Ya intentaron desalojarlo otras veces, incluso tuvieron el atrevimiento de tirarlo por un barranco. Aquí sigue sin embargo, al contrario de los profanadores». Afuera le requirieron, quedé a solas en la ermita. Presto aproveché la ocasión no para tirar más fotos, sino para depositar seis monedas en su bandeja, acariciarle las facciones mientras en susurros propuse venderle el alma.

Hallé inmaculada la habitación, modélica, en el aire revoloteando un perfume embriagador. Me tumbé en el sofá, al instante quedé dormido. De inmediato regresó la alucinación, la bacanal en el infierno.

A la mañana siguiente oí pasos en la escalera, repicar la puerta. Aturdido, abrí. Una joven deseó buenos días. De corta estatura, como casi todas las aborígenes de la zona, morena y airosa. Vestía pantalón sin cintura con rotos en las rodillas, camiseta de tirantes decorada con unos morros carnosos y una lengua obscena. Un aro le atravesaba la nariz, otros tres el lóbulo de una oreja. Su fragancia enloquecía. Era Dorita, encargada del mantenimiento. Curiosamente parecía la misma mujer de los sueños, la danzarina posesa que calmaba la lujuria del cabrón. Pidió disculpas, pensaba que el cuarto estaría vacío y podría repasarlo mientras el huésped estudiaba al «demín». Pobre demonito, añadió frunciendo los labios, se burlan de él, lo menosprecian. Entonces reparó en el blanquecino chichón de mi frente, orlado con un arco de moratones. Fui conducido a la cama, sentado al borde; buscó alcohol, algodón, y cuando tuvo mi cara rozando sus senos le dio unas friegas. Admiré extasiado a la criatura de pelo azabache, ojos enlutados. No cabía duda, era la danzarina del sueño, de rostro idéntico a la Fornarina de Rafael.

Pues estaba yo un tanto indispuesto y además no estaba a lo que hay que estar, comenzó Dorita sus labores domésticas. Barría, paraba a levantar un objeto, quitarle el polvo, colocarlo de nuevo en su sitio. Al agacharse a recoger una mota, el breve pantalón retrocedió y florecieron unas perfectísimas nalgas, entre las que se internaba un tanga de crucecitas doradas. Por fin, el fotógrafo sintió palpitar los bajos…

Parajís, noviembre de 1985.

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