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Demagogia y política: ¿qué diría Platón?

Demagogia y política: ¿qué diría Platón?

OPINIóN IR

23/11/2020 A A
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Demagogia y política: ¿qué diría Platón?
Mientras la mayoría de los políticos no logran ponerse de acuerdo en prácticamente nada, o utilizan el desacuerdo como una forma de propaganda, los ciudadanos concuerdan en la mala calidad del lenguaje de la política, que ha optado por la simpleza y la generalización. No creo que se pueda aprender demasiado de lo malo, ni del sufrimiento: prefiero aprender de lo bueno. Pero sí atisbo un acuerdo en eso: en la depauperación del lenguaje, en la banalización de los análisis y, sobre todo, en el crecimiento de los nuevos dogmatismos. No me extraña que algunos jóvenes digan que la asociación política puede no ser necesaria para cambiar el mundo, a pesar de las opiniones de Aristóteles, sobre todo si los partidos insisten en los sistemas de liderazgo a ultranza, el predominio de ideas innegociables, o ese regusto tan autoritario que proporcionan las adhesiones inquebrantables.

El gobierno de los mejores, a la manera de las ideas de Platón, no goza de buenas críticas. Las élites intelectuales están bajo sospecha de construirse su propia descripción del mundo, su realidad conveniente, de tal forma que la mayor parte de los ciudadanos se queda fuera, y ahí está el surgimiento de nuevas tendencias que abominan del conocimiento y del lenguaje complejo, disfraz, dicen, del soterrado dominio de los intelectuales elitistas.

Me pregunto si el dominio de los simplificadores, de los que prefieren gobernarnos a golpe de tuits y eslóganes más o menos efectistas (aunque banales y ramplones), es mucho mejor que lo que teníamos. No creo que la solución consista en sustituir unas elites por otras, pero, ya puestos, prefiero quedarme con las que defienden la sabiduría, la ciencia y el análisis racional. De hecho, el brutalismo de las nuevas elites indocumentadas, orgullosas de serlo, constituye un grave peligro para las democracias, como se está demostrando, pues siembran entre la población una nueva forma de adhesión inquebrantable: la del líder supuestamente heroico, pantallero y tuitero, que se enfrenta al maldito conocimiento de los mejores para igualarnos a todos en estulticia, en una gozosa inanidad colectiva, y en su consecuencia inmediata, el dominio de las masas a través de la manipulación de la realidad. A la hora de la verdad, como se suele decir, si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia: conocerás entonces su verdadero precio.

La ausencia de acuerdos y la tendencia a la polarización de las sociedades es uno de los grandes males del presente. Muchas formaciones políticas se han instalado en un lenguaje que vive de las tensiones y las respuestas desabridas, intentando marcar un territorio como se marca con una etiqueta comercial. El lenguaje que nace de los laboratorios electorales y de las asesorías políticas tiene los mismos ingredientes que la publicidad, y, por tanto, necesita ser reconocible y sonoro, más allá de lo que realmente signifique.

La tendencia contemporánea a la aceleración y la inmediatez hace que consumamos esas frases como si fueran parte de un catecismo que debemos asumir como propio, el resumen de las verdades absolutas que no cabe discutir. No se espera de nosotros una interpretación elaborada y ecuánime, el resultado del pensamiento crítico, sino la aceptación de ideas preconcebidas en esa especie de neolenguaje que no debe ser puesto en cuestión. Una vez más, la simplificación, el tono pueril de los argumentos, el granizo inmisericorde los tuits, es el camino más rápido para que nos inclinemos por una cosa o su contraria, sin matices, que siempre molestan.

En estas cosas pensaba (pienso en ellas a menudo, es cierto) mientras leía esa obra colosal, de casi mil páginas, que acaba de publicar Marcos Chicot, ‘El asesinato de Platón’ (Planeta), a la que quizás ya me he referido aquí con anterioridad. Chicot, un psicólogo clínico, pero también historiador y economista, acumula una larga trayectoria literaria en la que siempre ha intentado hacer una lectura contemporánea de la historia de la filosofía. Pitágoras primero, Sócrates después y Platón ahora. He encontrado pocas personas tan dinámicas y energéticas como Chicot a la hora de defender la importancia de la filosofía en la educación actual como herramienta para salir de este bucle inane en el que nos han metido. Para abandonar esta deriva que nos corroe y nos manipula a través de la simpleza y la superficialidad.

A lo largo de casi una hora de conversación con Marcos Chicot he llegado a la conclusión de que necesitamos gente así para dar la vuelta de una vez a este discurso político que descree de la inteligencia y de la elaboración crítica, y que nos prefiere instalados en una especie de ‘hooliganismo’ defensor de posturas elementales y dogmáticas, que son, en el fondo, una nueva forma de autoritarismo global.

En el fondo de todo esto se encuentra, ya lo hemos dicho otras veces, el progresivo deterioro de las Humanidades. Es un deterioro que incluye también a la ciencia. En esta pandemia hemos visto en numerosas ocasiones esa oposición al conocimiento científico. Marcos Chicot cree que el peligro en el que se hallan las democracias tiene que ver con la falta de verdadero debate, con la ausencia de diálogo, justamente lo que Sócrates y Platón promovían para el verdadero desarrollo del conocimiento. A pesar de críticas bien conocidas, como las de Popper en ‘Los enemigos de la sociedad abierta’, escrita en un contexto concreto de escepticismo mundial, resulta excesivo y peligroso culpar de los males del mundo al seguimiento histórico de ciertos liderazgos. ¿Es mejor el liderazgo de la ignorancia manipuladora? ¿Es mejor el liderazgo del desconocimiento?

Chicot no comparte la visión negativa que Popper presenta de la concepción política de Platón, un filósofo que hizo del diálogo y de la academia, es decir, de la formación, la base de sus teorías sobre el gobierno de los mejores. Me dice Marcos Chicot: «lo que sucede es que los demagogos de hoy sólo quieren poder, no debaten de verdad, hacen como que hablan entre ellos, pero en realidad apelan a las emociones de los que escuchan. Siembran el odio a los contrincantes. Ciertos políticos están diciendo ahora odiaos entre vosotros. Y esos odios tienen sus frutos, como hemos visto en Estados Unidos, y en otras partes. Ya sólo somos seres reactivos, porque estamos bombardeados por grandes cantidades de estímulos. Ya no pensamos. Ya no tomamos decisiones propias. Ya no sentimos ni actuamos porque lo hayamos decidido nosotros. Somos unidades de producción, de consumo y de voto en el momento de las elecciones».
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