Esta web utiliza las cookies _ga/_utm propiedad de Google Analytics, persistentes durante 2 años, para habilitar la función de control de visitas únicas con el fin de facilitarle su navegación por el sitio web. Si continúa navegando consideramos que está de acuerdo con su uso. Podrá revocar el consentimiento y obtener más información consultando nuestra Política de cookies.
ACEPTAR
Publicidad

Dejamos morir nuestra memoria

Dejamos morir nuestra memoria

OPINIóN IR

28/07/2018 A A
Imprimir
Dejamos morir nuestra memoria
La mayoría de los que somos jóvenes hoy en día tenemos antepasados que fueron víctimas o asesinos durante aquella terrible Guerra Civil que separó a familias enteras. Quizá no seamos capaces de interiorizar la importancia de que unos simples restos óseos, vistos desde nuestra mirada, puedan cerrar heridas. No es de extrañar, no hemos vivido una guerra, una dictadura o una Transición. Los que nos acogemos al odioso término de ‘millennial’ solo podemos acercarnos al horror que supuso esa negra etapa de la Historia de España a través de los testimonios de nuestros mayores. Y se nos están yendo. Cada año que pasa fallecen más testigos de aquella época. Los que pueden señalar las fosas comunes, los que pueden hablar de sus pequeñas grandes tragedias familiares, de lo que suponía ser un niño en guerra y un adulto en dictadura. Urge hablar con ellos, dejar constancia de sus historias, sus recuerdos y sus sentimientos. Urge crear una memoria colectiva que evite la predicción de Jorge Santayana; «aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo».

Tuve el placer de escuchar mi propio pasado de los labios de mi bisabuela. Pude conocer cómo los nacionales se llevaron a su hermano, al que tanto quería, y le obligaron a luchar en una guerra que no era la suya y de la que no volvió. Esta es mi particular aportación a la memoria colectiva, los difusos recuerdos de una niña de 6 años que escuchaba embelesada a su bisabuela. Pero mis hijos no sabrán su historia de primera mano, no podrán ver cómo a su antepasada se le quebraba la voz al hablar de su hermano. Tampoco muchos de mis coetáneos han podido hacerlo. Conocer la historia de nuestro propio país es, cuanto menos, complicado. En las escuelas se habla poco, en León ciudad ni siquiera se estudian debidamente las atrocidades que el Franquismo dejó, ni se conoce la totalidad de las fosas que se reparten por la provincia. Y todo esto ante la pasividad de unas instituciones que no solo aplazan aplicar la Ley de Memoria Histórica, sino que no evitan que se pierdan los recuerdos. Como ciudadanos nos compete reclamar un sistema que asegure las historias individuales, que cierre heridas y que evite que nos convirtamos en una sociedad de niños desmemoriados condenados a repetir los errores de sus mayores.
Volver arriba
Newsletter