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Serapio, mártir y santo (vida, pasión y muerte)

Serapio, mártir y santo (vida, pasión y muerte)

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Pedro Vizcay | 03/05/2020 A A
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Serapio, mártir y santo (vida, pasión y muerte)
Decaleón (XIX) Un singular sacerdote protagoniza esta nueva entrega de El Decaleón, la iniciativa de La Nueva Crónica en la que varios escritores leoneses ceden a los lectores sus relatos para hacer del confinamiento por la pandemia una cuarentena cultural
Don Serapio juntó las manos y elevó los ojos al cielo. Su mirada fue recorriendo el artesonado mudéjar, que adornaba el techo del templo hasta el coro. Siguiendo el recorrido se detuvo un momento sobre la pila bautismal, desgastada por los años y esculpida con bellas formas románicas. Viernes de dolores y la bancada vacía. Ni un solo feligrés que se haya atrevido a desafiar el confinamiento. «No sé para qué coño voy a hacer los oficios en una iglesia vacía» –masculló entre dientes–. «Esto del coronavirus nos va a arruinar a todos».

Con una cierta desgana, girando sobre sí mismo, abrió la puertecita dorada situada en la parte inferior del retablo barroco, extrayendo un cáliz en cuyo interior se apilaban varias hostias consagradas, todavía del Jueves Santo. «¿Quién va a comulgar si no viene nadie? ¡Ay señor señor, dame paciencia!» –volvió a murmurar entre dientes–. Agarrado al altar hincó la rodilla en el suelo, volviéndose a levantar con dificultad, y se dispuso a iniciar los santos oficios.

Vida y obra


Ciertamente D. Serapio no era un cura moderno, ni por su edad, bien superados los setenta, ni por su forma de mirar la vida. Forjado en la vieja escuela clerical, conservaba por la calle la estética carlista de boina y sotana. Era de baja estatura y perfil grueso y orondo. Su rostro presentaba mofletes sonrosados a ambos lados de una nariz ancha y respingona. Labios gruesos y mirada directa y penetrante, con aquellos ojos pequeños que hacían temblar a más de un feligrés o feligresa, pues parecía desnudar el cuerpo y adivinar el pensamiento. Inquisidora mirada, sin duda, pues aquel cura de pueblo habría sido un astuto inquisidor si hubiese nacido cuatro siglos antes.

Su «vocación» religiosa había comenzado en los años sesenta cuando, como tantos otros, se fue al seminario para cambiar de rebaño (el de ovejas y cabras por el de fieles) y escapar del arado. Posibles para estudiar no había en una familia de labradores y pastores, con seis hermanos, tres varones y tres hembras. Serapio, además, era el tercero, segundón entre los varones, en una tierra, Lérida, donde todavía existía el mayorazgo. Buen estudiante nunca fue, especialmente cuando del latín se trataba. «Ya eran retorcidos aquellos romanos ideando un idioma tan raro, todo lleno de declinaciones». Pero fue saliendo adelante, no sin dificultad, a base a mucho peloteo y bastante sobeteo consentido por parte de ciertos profesores. A pesar de su inclinación «faldera» supo aguantar las tentaciones de abandonar el seminario, tal como hacían muchos de sus compañeros, hasta que, finalizados los estudios, fue ordenado sacerdote y pudo cantar misa en su pueblo natal.

Sus primeros pasos pastorales los dio por Cataluña, su patria chica. La escasez de sacerdotes y su innato instinto para la economía, «la pela es la pela» –solía decir–, pronto le abrieron las puertas de una parroquia bien dotada como párroco coadjutor. Su buen hacer recaudatorio y su facilidad para el limosneo le fueron permitiendo labrarse una saneada cuenta, o, mejor dicho, varias cuentas en varias entidades bancarias por si alguna quebraba, que nunca se sabe. Y ello incluso teniendo que ayudar a la familia, bien a su pesar, pues «para lo que lo van a agradecer los putos sobrinos…» Pero la suerte le vino de frente cuando se le encomendaron las misas en aquella residencia de ancianos regida por las monjitas.

Con la complicidad de la Madre Superiora y su infinita piedad con los moribundos, fueron logrando varias testamentarías de aquellos ancianitos agradecidos por los cuidados. Bien es verdad que cambiar los testamentos de algunos viejecitos con alzhéimer, que no reconocían ni a sus propios hijos, no fue tarea fácil, hasta que consiguieron el concurso de un notario tolerante forjado en la postguerra, ducho en el cambio de titularidad de los bienes de algunos republicanos. También solían vaciar o adelgazar las cuentas corrientes de los internos aduciendo gastos extraordinarios, como cuidados especiales, medicamentos no incluidos en la seguridad social o alimentación fuera de lo habitual. Las quejas de los familiares eran frecuentes, pero la respuesta era siempre igual de rotunda: «Os importa mucho la herencia, pero no atenderle como es vuestra obligación». Suficiente casi siempre para tapar la mala conciencia de los herederos.

También en el aspecto sexual aquella fue su mejor temporada. Acostumbrado a consolarse en soledad, o como mucho en compañía al otro lado de la rejilla del confesionario, cuando alguna joven o no tan joven le contaba sus actos impuros con todo detalle. Entonces Serapio introducía su mano desde el bolsillo de la sotana, desfondado al efecto, para tocársela. A pesar de intentar sofocar los gemidos de placer, en ocasiones éstos eran tan evidentes que alguna adolescente salió de la iglesia murmurando: «Vaya cura más guarro». Por el contrario, cuando eran chicos los que confesaban actos impuros no dejaba de mostrar su desagrado. ¿Cuántas veces? preguntaba. «Cuando puedo, casi todos los días», solía responder aquel chaval espigado y con la cara llena de granos. Antes de someterle a una dura penitencia le recordaba: «Te vas a quedar ciego». Aunque para sí pensaba: «por mí como si te la machacas, degenerado».

Como iba diciendo aquel fue su tiempo más feliz. Convertido el asilo en su harén particular, cada vez pasaba más tiempo en él. La superiora era la más viciosa, pero no la única deseosa de cabalgar sobre el gordo Serapio que, aunque pequeña, la tenía juguetona. En cierta ocasión, cuando una novicia dirigía a la parroquia una carta oficial, dudaba sobre el encabezamiento. Será ilustrísimo, será reverendo, será Don… «Oiga Madre: ¿D. Serapio se pone con don?» «Claro, hija. Si no estaría todo ésto lleno de niños».

Pasión


Pero los problemas del cura no vinieron por el sexo, sino por la economía. Cierto heredero, de profesión picapleitos, denunció al asilo por falsificación de testamento. Con el testimonio del médico de familia, que había visitado días antes al anciano fallecido certificando su incapacidad, logró ganar el juicio con el consiguiente retorno pecuniario y costas añadidas. En los siguientes días muchos herederos se vieron reconocidos en la sentencia y comenzaron a plantear pleitos en cascada, de forma que el obispado, para evitar el escándalo, desterró a Serapio en un pueblo de la leonesa Tierra de Campos, en pleno camino de Santiago.

Su empobrecimiento le vino por partida doble. A las pérdidas por los juicios hubo de sumar sus fallidas inversiones en Fórum Filatélico y con la familia Ruiz Mateos. Ello sin contar la devaluación de las acciones de Bankia, compradas por consejo de Rato tocando la campana. ¿Quién lo iba a pensar de una gente tan cristiana …? De este modo se convirtió en un cura pobre, que no en un pobre cura. Inmediatamente se puso a cavilar como reconstruir su perdido patrimonio.
El templo parroquial del nuevo destino era una vieja Iglesia, típica de Tierra de Campos. Gruesas paredes de tapial que en su base rondarían el metro y medio de anchura. Patio empedrado con soportales y una bonita espadaña de ladrillo cocido en la que los mudéjares habían realizado vistosos sardineles. Se conservaba bien, también las campanas cuyo sonido inundaba la campiña de trigo y barbecho, pintada de verde y ocre en primavera y dorada en verano. En el interior, suelo de grandes losas desgastadas en la entrada y madera en el resto. El artesonado mudéjar era una auténtica maravilla, así como el retablo barroco, en el que destacaba el Cristo crucificado y una talla románica en madera policromada de la Virgen con el niño en brazos.

Pero Serapio no estaba para apreciar el arte ni el paisaje, así que su primer trapicheo fue venderle a un anticuario la vieja talla y sustituirla por otra Virgen de escayola mucho más realista y sonriente, pintada con vivos colores. A punto estuvo de venderle también la pila bautismal. «Puedo colocarla a muy buen precio –le dijo el anticuario– para una fontana de jardín en algún chalet de gente rica». Lo pensaré –respondió– Tal vez cuando lleve aquí más tiempo.
En el pueblo, que había sido importante en la posguerra, habitaban todavía algunos vecinos pudientes, que se habían enriquecido en su día con el estraperlo de grano y vino. Pero, curiosamente, vivían mejor los pobres de antaño que habían cotizado los cupones de la agraria y ahora tenían su subsidio. Éstos eran los más generosos, tanto en dinero como en huevos y hortalizas de sus huertos. Pese a todo, las limosnas eran pocas, los funerales y misas de cabo de año mal pagados, bodas las justas y bautizos ninguno. Otra fuente de ingresos era la generosidad de algunos peregrinos de paso que deseaban visitar el templo, cerrado a cal y canto casi siempre, para conseguir la correspondiente propina al abrirlo para la visita.

Con la llegada del coronavirus y el confinamiento todo se truncó. Ni pasaban peregrinos ni la gente iba a misa, por lo que no se podía pasar el cepillo. No obstante D. Serapio buscó la manera de sacar unos dinerillos, desafiando la pandemia y ofreciéndose voluntario para acompañar los funerales de tres, o de cuatro mejor dicho si incluimos al muerto. Era, en todo caso, pan para hoy y hambre para mañana, pues los que ahora enterraba con escaso beneficio se borraban para el futuro de multitudinarios funerales y buenas colectas en el cepillo. Esta predisposición a asistir en el funeral le granjearon fama de hombre piadoso. «¡Qué cura más valiente!, con los años que ya tiene», decían las devotas.

Y muerte


Pero volvamos al principio. Aquella tarde D. Serapio no se encontraba bien tras una noche de pesadillas y una mañana de vomitona. Llevaba algunos días con décimas de fiebre y una tos seca que él achacaba al resfriado. «Este clima castellano, de heladas nocturnas e insolación al medio día cuando no niebla, no es nada saludable». Le dolía todo el cuerpo y estaba descompuesto, pero el coronavirus ni se le pasaba por la mente. «Vengo de familia sana y longeva y siempre he tenido una salud de hierro». «Oficiaré el ritual rápidamente –pensó- y me tomaré una aspirina y un tazón de leche con coñac antes de meterme en la cama».

Y Serapio comienza a leer en voz alta: «En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Ju-ju-ju-judas el que le había ven-ven-vendido aggg»… La vista se le nubla, se ahoga. Las rodillas le fallan, tose e intenta tomar aire, pero la boca se le llena de vómitos y se desploma entre estertores. En un intento desesperado intenta agarrase al mantel, pero es Viernes Santo y no hay mantel sobre el altar. Consigue aferrarse al cáliz con la mano derecha antes de desplomarse sobre la tarima. Levanta la vista como postrera petición de socorro y lo último que ve es la imagen del redentor que le mira fijamente desde la cruz. Así exhala el último suspiro, el copón asido con ambas manos, las hostias desparramadas sobre su pecho y la mirada fija en Jesús, que está clavado en la cruz.

Diario de la pandemia


En la mañana de hoy sábado, once de abril de dos mil veinte, la Guardia Civil ha entrado en la iglesia de un pueblo de Tierra de Campos. Les ha extrañado la puerta abierta de par en par y las luces encendidas. Al lado del altar han encontrado el cuerpo caído del párroco, en una posición que no da lugar a especulaciones. Murió encomendándose a Jesús Crucificado mientras oraba por todos los fieles y difuntos en unos momentos tan difíciles para España. Era un santo, no cabe la menor duda.
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