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De Villamandos a Villaquejida: Pueblos que saben rehacerse

De Villamandos a Villaquejida: Pueblos que saben rehacerse

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Iglesia de Santa María de las Eras vista desde el monumento al adobe. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Iglesia de Santa María de las Eras vista desde el monumento al adobe. | MAURICIO PEÑA
T.G. | 29/11/2020 A A
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De Villamandos a Villaquejida: Pueblos que saben rehacerse
Territorio Mansurle Sin perder de vista el Esla hacemos parada en dos municipios donde hay mucho que ver pero más aún que aprender pues la capacidad de asociación de sus vecinos tiene más fuerza que el propio cauce del viejo río Astura
Es una suerte llegar a Villamandos el día de San Blas (3 de febrero) pero eso solo pasa una vez al año. Esta fiesta es una de las que se esperan con más ganas en el pueblo porque siempre une eso de celebrar y por lo que conlleva, como por ejemplo los reencuentros y el volver a la tierra. Pero es que la fiesta de San Blas tiene mucho de orgullo en Villamandos gracias al trabajo de sus vecinos por volver a poner la festividad en el lugar que estuvo recuperando las tradiciones que se habían perdido pero que nunca habían olvidado. Los vecinos de Villamandos desempolvaron de las arcas los viejos trajes de danzante, rebuscaron en los recuerdos el paloteo, volvieron a hacer sonar la dulzaina y el tamboril. Y lo hicieron para recuperar lo que los más mayores del pueblo recordaban haber hecho de niños en sus fiestas de San Blas: llevar al birrio a la horca. En ese afán por luchar contra el olvido también recuperaron sus capas y se rearmaron en una asociación como también pusieron a salvo su folclore y tradiciones en otra, Atarce. Conviene no perder de vista la capacidad de los vecinos de Villamandos en rehacerse cuando se pasee por sus calles porque lo podrán contemplar frente a su iglesia, reconstruida por sus propios habitantes en 1935 en el lugar que antes había ocupado el anterior templo que se derrumbó en 1926. No se debe desdeñar una paseo por el Monte de Las Raposeras ni tampoco una visita al cementerio viejo. Sus imponentes muros de tapial no han escapado al paso del tiempo pero mantiene sus contrafuertes de ladrillo y su puerta de arco ojival de aires góticos. Conviene además acercarse al río Esla en este punto para visitar la pedanía de Villarrabines donde la historia de la iglesia también tiene miga. Resulta que el retablo mayor de su iglesia (una auténtica obra de arte), de estilo plateresco y compuesto por 22 tablas de mediados del siglo XVI fue trasladado en 1953 a la iglesia de Linares, un pueblo de Jaén en el que sustituyeron el suyo, destruido en la Guerra Civil, por este procedente del sur de León. Hasta allí llegó comprado por los Vizcondes de Santa Clara de Avedillo siendo esta una de las muchas anécdotas que rodean al templo de Villarrabines pues en las idas y venidas de su historia a él llegaron las campanas y otros enseres de la iglesia de Tabanedo (Cármenes).



Aprovechamos la fuerza del río Esla para dejarnos arrastrar por su corriente en dirección a Zamora y nos apeamos en Villaquejida, pueblo al que también hacen especial en estos tiempos que corren las ganas de sus vecinos por no dejarse atrapar en la espiral de la despoblación. Su capacidad para remar unidos contra viento y marea, esa sí que es patrimonio. Lo cuenta el horno comunal que construyeron hace unos años los componentes de la Asociación El Biendo y en el que cada año amasan tradiciones para celebrar la Fiesta del Pan, también lo cuenta el brillo del altar mayor de su iglesia de Santa María de las Eras que ha sido recientemente restaurado gracias a las donaciones de los feligreses. Del ‘todos a una’ también habla la representación de la Pastorada en cada Navidad, la organización de los jóvenes en la Asociación Santo Toribio y las ganas de cantar de un grupo de rapaces que han plantado cara a la pandemia pandereta en mano bajo el nombre de ‘Surlyon Folk’. Con la música nos vamos a Villafer cruzando esta vez el Esla por un puente centenario que fue inaugurado en 1917, momento hasta el cual solo se podía cambiar de margen en barca. También fue por aquellos años, en 1927, cuando colocaron en el pueblo un reloj que hizo justicia a un tiempo que marcaban contemplando las sombras que dejaba el sol en los tapiales de las casas. Eran pocos los que entonces tenían la suerte de llevar reloj de pulsera y muchos los que anhelaban unas agujas de referencia que lo marcaran. Fue Juana Blanco do Campo, viuda de un capitán nacido en la localidad, la que donó el dinero para su compra acabando este instalado en una torre del Ayuntamiento y no en las escuelas como estaba previsto. Así lo recuerda Feliciano Martínez, vecino de Villaquejida y guardián de muchas de las historias de este municipio que reta al presente trabajando por su futuro.
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