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De paseo por el Monte San Isidro

De paseo por el Monte San Isidro

TRIBUNA DE OPINIóN IR

David Santamarta | 24/03/2021 A A
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De paseo por el Monte San Isidro
Martín Sarmiento también aprendió su oficio en Barcelona. Igual que tantos otros, al terminar la instrucción pensó que la suya era una ciudad como las demás. Con esa misma idea recalé en la mía hace ya unos cuantos años. Martín era entonces un veterano en el hospital. Al principio desconfiábamos uno del otro y nuestra relación se resintió con más de un episodio aciago.

–Este hombre se ha forjado una idea equivocada de mí –llegué a pensar.

Andando el tiempo, comenzamos a entendernos. Cuando hace un par de años se jubiló, le eché en falta como a ninguno. Hay cirugías que exigen una entrega inusitada y en compañía se hacen más llevaderas. Ahí estaba Martín, cual cornamusa a la que poder amarrar.

Ambos disfrutamos caminando, cada uno en su país y cada cual con sus pensamientos, acaso parejos, aun en la distancia, si había una operación por delante o si la causa de la tribulación obedecía a una complicación inesperada en un paciente recién intervenido. Cuenta, y es cierto, que al final de su carrera no dudaba en la consigna a sus pacientes.

–Lea, lea usted a Pereira, le hará bien.

En su retiro, nos vemos de vez en cuando. Durante la caminata habla sobre todo él, y es fácil que se vaya por las ramas. La última ocasión recorrimos el paseo junto al río y nos adentramos en los senderos del Monte San Isidro. Era una mañana clara de noviembre, fría a primera hora y templada al mediodía. En ese paraje domesticado hay un lugar donde al paseante se le ofrece una visión privilegiada del contorno. Para mayor gozo hay un banco al pie de una encina centenaria. La ciudad se extendía acogedora aquella mañana, recogida y entallada entre sus dos ríos. Recordé entonces aquellos versos del poeta que alcanzaba el altozano en el arrabal de la otra punta: Cuando corono el alto del portillo / que guarda la ciudad, y Dios la guarde / me digo: estoy en casa, estoy seguro / hasta para morir o lo que cuadre.

Durante aquel paseo salió a relucir lo convulso que fue el siglo XIX, quizás por llevar reciente una de Galdós. El colega jubilado zanjó certeramente la cuestión.
–¿Convulso? Como todos.

Lleva razón. La zozobra, si no es por algo tangible, bien capaces somos de alumbrarla sin más; con asuntos como el final de una era y el comienzo de otra; o yendo de lamento en lamento instalados en un cansino descontento.

En una revuelta del camino se comenzó a oír el ruido de un motor.

–Verás –dijo–, el hombre de la camioneta me va a saludar.

Acertó. Cuando la pick-up pasó junto a nosotros, su conductor levantó la mano. Hacía años que Martín le había operado de una hernia discal cervical, y un día de paseo le reconoció. Desde entonces, no faltaba el saludo agradecido.

–Hay mucha gente que padece de columna –dije al desgaire. De sobra lo sabía él.

El dolor de espalda es una lacra en la sociedad del bienestar. Ya se sabe, el sedentarismo y el confort del sofá o del coche, con calefacción en el asiento y en los lomos. Un veterano colega insiste en que en su país, allende los mares, no existe el latigazo cervical, en que el ciudadano de a pie suele estar más pendiente de la subsistencia diaria. Aquí, sin embargo, ha brotado un industrioso y laureado cortejo de remedios.

Llegamos a un claro en el sendero. La vega se extendía apacible aquella mañana, pero un inhóspito gredal se había apoderado de una parte del paisaje. En aquel paraje atestado de pantallas los sortilegios se anunciaban a bombo y platillo. El magma silíceo impedía ver más allá de la frase o, a lo sumo, del párrafo triunfal. Martín se encaramó a un pedrusco y recomendó templanza, a sus camaradas y a quienes llegaban con la espalda tocada. Al lado había una fuente. Se agachó, bebió y a continuación mezcló con agua el vino añejo que guardaba en la petaca. Arropados por un tropel de hallazgos en la resonancia magnética, crecía en aquel calvero el número de personas camino del quirófano.

Ibamos ya de regreso cuando avistamos fugazmente un corzo. Cruzó el camino y desapareció en la espesura del robledal melojo. No podíamos entretenernos más y Martín quiso mostrarme el secreto mejor guardado en el cauce del río: su parecido con el fluir de la sangre en las arterias y venas del cerebro, con sus rápidos, sus remansos y bifurcaciones. Pero se distrajo, teníamos el sol ahora desvelado de cara y por el camino de ribera se acercaban dos señoras. Una de ellas, la más parlanchina, caminaba retorcida asistida por una vara de avellano. Me hizo ver que la dama tenía una escoliosis soportada con dignidad y que era paseante habitual. Más de una vez, acomodando el paso al suyo y a hurtadillas, había escuchado con atención sus venturas y desventuras. La ciudad iba cobrando actividad, se intuía ya el trajín de la gente. Pradera de por medio comenzaban a mostrarse las primeras casas, apiñadas; y algún palacete encorsetado en tupidas protecciones, fruto temprano del siglo en curso.
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