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De León, a la eternidad

De León, a la eternidad

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José Ignacio García | 18/12/2021 A A
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De León, a la eternidad
Libros José Ignacio García nos acerca a la obra de Gustavo Martín Garzo, 'El árbol de los sueños', editada por Galaxia Gutenberg
‘El árbol de los sueños’
Gustavo Martín Garzo
Galaxia Gutenberg
Novela
480 páginas
23,50 euros

A veces me pasa. Me parece que dos títulos son igual de apropiados para abanderar alguna de mis reseñas, y me cuesta mucho decantarme por uno u otro. Este es el caso. Al final, me he decidido por el que figura en el encabezamiento; porque estamos donde estamos, y de un hotel leonés –que acaso tenga algo de ancestral en la memoria del autor– surgen todas las historias que habitan el casi medio millar de páginas que enladrillan este libro. Pero también podría haberlo titulado ‘Un sueño cumplido’, porque intuyo que el gran narrador vallisoletano ha alcanzado con esta obra un objetivo recurrente en su imaginación, el de escribir sus propias ‘Mil y una noches’, unas mil y una noches observadas y descritas desde el siglo veintiuno, pero que permiten paladear el puro sabor de las más grandes aventuras jamás contadas. Y es que asomarse a la escritura de Gustavo Martín Garzo supone siempre un motivo de alborozo, una excusa innecesaria para intuir que estamos a punto de sumergirnos en un océano de historias legendarias magníficamente descritas.

Y eso ocurre, de manera superlativa, con esta novela, ‘El árbol de los sueños’, que nos devuelve, corregido y aumentado, el recuerdo plácido de obras anteriores como ‘Una tienda junto al agua’, ‘El lenguaje de las fuentes’, ‘La princesa manca’ o, la más cercana en el tiempo ‘No hay amor en la muerte’.
No resulta exagerado definir a ‘El árbol de los sueños’ como un fastuoso libro de libros, en el que una madre les relata cada noche a sus dos hijos, desde –como antes anticipaba– una León monótona y casi aletargada, un aluvión de cuentos y de leyendas que encandilan y revitalizan a las dos criaturas. Gracias a esos relatos que les refiere antes de dormir, y que siempre deja inacabados, siguiendo la estela de Sherezade en ‘Las mil y una noches’, la madre pone sobre la palestra una sarta casi inagotable de historias que manifiestan lo mejor del imaginario de Martín Garzo, donde se mezcla, se funde y se confunde la realidad y la ficción, la mitología y la verdad, lo onírico y lo tangible, los argumentos de propia creación y aquellos extraídos de libros sagrados, de la tradición oral o de la literatura clásica, árabe u oriental.

Y es que en Martín Garzo acaso no sea lo más importante lo que cuenta, sino la sutil y deliciosa manera que tiene de contarlo, la forma delicada que emplea para convertir las palabras en caricias aterciopeladas, la pericia con que crea las comparaciones más luminosas y evocadoras, como cuando para hablar de la intimidad de una doncella dice que «sus pequeños senos recordaban las cabecitas de los corderos; y el leve vello que cubría su sexo, el musgo que crece en la oscuridad del bosque».

La novela -que es como el árbol del título, o como la cornamenta del ciervo de la portada o como esos mapas fluviales que antaño se rellenaban en las escuelas– parte de uno de sus temas fundamentales: la maternidad; aunque fluirán constantemente historias que tienen que ver con esos grandes misterios que son la felicidad, el amor, la vida o la muerte. Es la madre un personaje paradójico, una mujer misteriosa y viajera que alquila una habitación casi inexpugnable en un hotel leonés y que acabará casada con su propietario, un abogado de costumbres sedentarias que le ofrece el contrapunto tranquilo a esa vida ajetreada que le sirve para conocer mundo y acumular las historias que un día les contará a sus hijos.

Digo que la novela, armada de cuentos, fábulas y leyendas que se titulan e injertan y retuercen y entrecruzan en otras narraciones, es como un árbol o una cornamenta cérvida o un mapa anegado de ríos, porque así transcurren sus páginas. Es el hijo el narrador de los hechos. Es él quien se encarga de contar las historias principales, que a su madre le revelaron sus grandes amigos: el itinerante Namir, una especie de enigmático tuareg del desierto, y la princesa egipcia Habibah. De ellos surgen las primeras fábulas y leyendas, entrelazadas siempre con la fascinante relación que mantienen durante toda la hilazón argumental el rey Salomón y Makeba, la reina de Saba; y a partir de ahí nacen ramas o cuernecitos o afluentes de distintas dimensiones y contornos que nos hacen retrotraernos muchas veces al Antiguo Testamento, al Corán, a los inmortales textos homéricos o a otras fuentes que, como decía con anterioridad, no por conocidas resultan menos gratificantes.

En ‘El árbol de los sueños’ nos encontramos temas que se repiten una y otra vez, como el de sultanes, reinas y príncipes que se niegan a aceptar la muerte y velan los cuerpos incólumes de las personas que aman; y nos tropezamos con ángeles, genios y hadas, con seres mitológicos, con animales, árboles, flores y paisajes que suponen un cántico que defiende la naturaleza; pero también descubrimos palomas articuladas, muchachas que se convierten en mariposas, cerdos dotados de una inteligencia humana. Y así seguiríamos hablando de infinidad de personajes que abigarran una narración armada de oraciones consecutivas y subordinadas, donde los diálogos se filtran en el texto corrido y el conjunto ofrece ese aire extraordinario y casi parabólico que solo les es permitido a los libros imperecederos.

Gustavo Martín Garzo ha amasado, posiblemente, la gran obra que soñaba; una novela que maravillará a los niños y conmoverá a los mayores; y que me permito recomendar que se lea y paladee despacio, como esos licores excelsos que se toman a sorbos y dejan un calor de lo más gratificante conforme reactivan los cuerpos más entumidos.

Advierte el autor en los albores de la novela que «las cosas bellas son un don, no una mercancía» y la remata sentenciando que la belleza es recibir lo que no se espera. Lean ‘El árbol de los sueños’ sin esperar nada y recibirán un hermosísimo regalo literario. E imagínense que lo hacen desde la vetusta habitación de un atávico hotel leonés. Y, si se dejan llevar, verán cómo desde León se puede alcanzar la eternidad. Al menos novelesca.

José Ignacio García es escritor, crítico literario y coordinador del proyecto cultural ‘Contamos la Navidad’.
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