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De la polea a la grúa y el polipasto

De la polea a la grúa y el polipasto

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En el lejano año 1902 ya trabajaban con eficacia las grúas a vapor Circa… Ampliar imagen En el lejano año 1902 ya trabajaban con eficacia las grúas a vapor Circa…
Toño Morala | 17/02/2020 A A
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De la polea a la grúa y el polipasto
Sociedad Los grandes progresos de la ingeniería llegaron de la mano de inventos que iban haciendo posible lo que parecía irrealizable, pero el ingenio humano fue creando de la sencilla polea a las hoy irremplazables grúas, todo un mundo
«Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», para indicar que la palanca es capaz de multiplicar la fuerza, de Arquímedes. Y sí, la palanca ayudó y sigue haciéndolo en múltiples operaciones de transporte y movimiento de cargas, y para un sinfín de cosas más. Con un simple desmontable algo largo, una sola persona puede cambiar una rueda grande; pero si el peso es más grande, o la palanca se hace más fuerte y larga, la tendrían que apoyar más personal; o eso, o tener una pequeña grúa, un polipasto, una polea, y es aquí donde entra la inventiva del ser humano a lo largo de la historia de la humanidad. Claro está que a partir de estar mejor alimentados y con mayor calidad de vida, la evolución del cerebro se fue adecuando a mejores formas de observar y pensar, el resto… igual meto la pata, pero para allá va…—algunos de aquella época tenían más sentido común, que muchos en este siglo XXI— y lo dejo así. Pues como iba escribiendo, el hombre se las compuso para hacer herramientas y útiles simples, que les sirvieron para trabajar menos, y sacar más rendimiento a la tierra, al acarreo, a la construcción… La rueda y el arado romano fueron claves para la evolución, pero también hubo otros artilugios que se inventaron según iban creciendo los pueblos y se construía tanto obra civil como particular, y dependiendo de zonas y de sus materiales más a mano, pues se iban adecuando tanto los lugareños, como las herramientas más eficaces. Y desde la rampa para subir las pesadas piedras, hasta la llegada de la primera grúa, pasaron unos cuantos años. Y había que darle a la cabeza para pensar una grúa que elevara grandes pesos con solo mucho menos de la mitad de hombres, que por la pesada rampa. Y ahí llegó la primera grúa que según cuenta la historia, fue en la Antigua Grecia alrededor del s. VI a. C. Se trata de marcas de pinzas de hierro en los bloques de piedra de los templos. «Su propósito era para la elevación de pesos ya considerables. El apogeo de la grúa en épocas antiguas llegó antes del Imperio Romano, cuando se incrementó el trabajo de construcción en edificios que alcanzaron dimensiones enormes». Los romanos adoptaron la grúa griega y la desarrollaron. Para ello… «la grúa romana más simple, el Trispastos, consistió en una horca de una sola viga, un torno, una cuerda, y un bloque que contenía tres poleas. Teniendo así una ventaja mecánica de 3:1, se ha calculado que un solo hombre que trabajaba con el torno podría levantar 150 kilogramos (3 poleas × 50 kg = 150 kg). Tipos más pesados de grúa ofrecieron cinco poleas (Pentaspastos) o, en el caso más grande, un sistema de tres por cinco poleas (Polipastos) con dos, tres o cuatro mástiles, dependiendo de la carga máxima. El Polipastos, cuando era operado por cuatro hombres en ambos lados del torno, podría levantar hasta 3000 kg (3 cuerdas × 5 poleas × 4 hombres × 50 kg = 3000 kg). En caso de que el torno fuera sustituido por un acoplamiento, la carga máxima incluso dobló a 6000 kg...». Menuda cabeza la de aquellos ingenieros…

Sin embargo, los edificios romanos ofrecen numerosos bloques de piedra mucho más pesados que esos. Dirigidos por el Polipasto indican que la capacidad de elevación total de los romanos iba mucho más allá que la de cualquier grúa sola. En el templo de Júpiter en Baalbek, los bloques pesan hasta 60 toneladas cada uno, y las cornisas de la esquina pesan sobre 100 toneladas, todas levantadas a una altura de 19 m sobre la tierra. En Roma, el bloque capital de la columna Trajana pesa 53,3 toneladas que tuvieron que ser levantadas a una altura de 34 m. Aparte de la grúa, en segundo lugar, se usaron una multiplicidad de cabrestantes con un cociente de una palancada más baja que los acoplamientos, el cabrestante se podría instalar en números y funcionamiento más altos por más hombres (y por los animales). Y ya en la Edad Media, la referencia más cercana a un acoplamiento reaparece en la literatura archivada en Francia cerca del 1225. Ya pasado un tiempo de la primera Revolución Industrial, aparecieron grúas de hierro fundido y de acero, y ahí sí que las grandes cargas se elevaban, bien con motores de vapor o por electricidad; más tarde aparecería la hidráulica con diferentes formas de tracción. Las había fijas para puertos, sobre raíles también para la estiva, y autopropulsadas, las que conocemos hoy en día, que van sobre un camión u oruga; también las de construcción de edificios, pero ahora están a la baja, la burbuja aquella maldita, que tanto nos ha hecho sufrir a miles de conciudadanos.

La manera más sencilla de utilizar una polea es anclarla en un soporte, colgar un peso en un extremo de la cuerda, y tirar del otro extremo para elevar el material. Se imaginan la cara de asombro del primer ser humano, cuando con una polea, una maroma, un contrapeso y la carga, era capaz de elevar cuatro o cinco metros, sin apenas esfuerzo, cuando antes lo subían por rampas, o por entramados de madera o escaleras; qué esfuerzo tan inmenso, y cuánto trabajo quitaron estos buenos inventos. Las partes de una polea, son simples, pero hasta dar con ellas… La llanta, por donde se guía la cuerda o maroma, el cuerpo, la pieza maciza, y si es más grande, irán provistas de nervios o brazos, y el cubo, que es el agujero cónico y cilíndrico que sirve para acoplar al eje. Después se pueden utilizar las poleas compuestas que pueden variar según el trabajo a desarrollar. Y no quiero terminar sin nombrar a uno de tantos que, en años de vacas flacas, y con su gran inventiva y trabajo, fue capaz de sacar adelante a una empresa de Grúas en Ponferrada; me refiero a Adolfo Sánchez, de Grúas Hnos. Sánchez… «En los años 50, la región leonesa del Bierzo seguía siendo una zona mal comunicada donde el transporte y las obras de ingeniería debían enfrentarse a una geografía dura que no ponía las cosas en absoluto fáciles a hombre y máquinas». Así la primera grúa de nuestro protagonista fue un Land Rover 4x4, adaptado por él mismo y con la cuál trabajó un tiempo hasta que pudo venderla y con aquel dinero, muchas horas, esfuerzo e ingenio lograba adaptar un camión de mayor capacidad para realizar las mismas funciones de grúa. Adolfo Sánchez no duda en situar el momento cumbre de su inventiva, que marcaba el punto álgido del trabajo con materiales de fabricación casera, aunque ya debían acometer retos industriales de primera magnitud, como los que acompañaron la época del desarrollo en el Bierzo y la España de los años 60 del pasado siglo: «Con aquella grúa tuve que perder más cafés y horas en el taller que con ninguna otra. Para montarla teníamos el chasis de un Pegaso cuatro ejes que había quedado malparado en un accidente, un camión que venía con pescado y al que le pusimos un doble carro para convertirlo en un camión 8x4. En aquella grúa, que con su pluma hidráulica de tres tramos y dos plumines pudo alcanzar los 32 metros de altura, logramos que una máquina de 25 toneladas de capacidad cumpliera trabajos propios de maquinaria de 50 toneladas. Una maquinaria que en nuestra zona no existía». Y así se compuso la vida, con estos grandes avances para la civilización.
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