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De cómo, en un lugar de Laciana, Antón se enfrentó y derrotó al todopoderoso magnate del carbón

De cómo, en un lugar de Laciana, Antón se enfrentó y derrotó al todopoderoso magnate del carbón

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Antonio Arias Tronco delante de la Braña de San Miguel, que no le quiso vender al empresario Victorino Alonso y \ Ampliar imagen Antonio Arias Tronco delante de la Braña de San Miguel, que no le quiso vender al empresario Victorino Alonso y \"aquí empezó todo\". | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 13/10/2019 A A
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De cómo, en un lugar de Laciana, Antón se enfrentó y derrotó al todopoderoso magnate del carbón
LNC Domingo Antonio Arias Tronco emprendió en 2007 una larguísima y dura batalla judicial con el poderoso empresario minero Victorino Alonso, que acaba de ser condenado a dos años y medio de cárcel. "Es poco, pero..."
Antonio Arias Tronco está sentado en un rincón de su restaurante Arándanos en Villablino. Rodeado de elementos inseparables en él, un enorme puro, un cuaderno en el que lleva miles de anotaciones de su larga batalla con Victorino Alonso, sus tirantes, el bigote... «Corta chorizo y saca vino, que vamos a celebrar que hoy se cumplen 26 años desde que abrimos, y aquí estamos, por más que lo quisieran impedir».

La escena es de calma y tranquilidad. Una pregunta suya, la más normal, acaba con ella. «¿Qué hacéis por aquí?».

- A ver cómo estás después de la sentencia que condena a Victorino Alonso a dos años y medio y una multa de unos cuantos miles de euros si no quiere alargar más la condena.
Parece explotar. Mira de reojo el cuaderno como si tuviera allí apuntado lo que iba a decir. «¿Cómo estoy? Feliz, cómo no voy a estarlo al ver que al fin entra en la cárcel este sinvergüenza, que además es un rastrero y un cobarde, porque no dio la cara nunca, siempre con ‘mandados’. La verdad es que es poca condena, pero eso es lo de menos».
Su mujer, María Navarro, con la ternura que siempre habla le musita: «Antón, venga, ya ganamos, tranquilidad».

Y vuelve la calma a este paisanón enorme que en 2001, escrito está, «decidió ser un Quijote en el cuerpo de Sancho», decidió enfrentarse al más importante empresario minero de España y no se rindió pese a las dificultades. Lo explica con una frase que bien podría ser de Sancho o de Alonso Quijano: «No se ganan las batallas que no se pelean».

Y lo remata con una frase que repite en numerosas ocasiones durante la conversación: «No es una victoria mía, lo es de la familia, todos han soportado lo suyo en estos más de 10 años; María y los tres chavales».

Todo comenzó porque yo tenía una cabaña en medio de los terrenos que quería explotar y la quiso por las buenas o por las malas, hacía voladuras y caían unas piedras enormes Su hijo Nicolás, cocinero ahora de Arándanos, formado en Bilbao, abunda en las palabras de su padre: «Me tendrían que dar una indemnización, he tenido una niñez marcada por este conflicto, yo en 2001 sólo era un niño. Iba a la escuela con chavales que me decían que mi padre quería quitarle el trabajo al suyo; luego tenía amigos mineros, en algunas fiestas venía alguno provocando con ‘hombre, el hijo del que me quiere cerrar la mina’. Era dura, alguna pelea tuve, pero ya pasó».

Y mira para su padre con una sonrisa cómplice.

La madre habla de las dos hijas, María y Cristina, que ahora viven fuera, desarrollando una brillante carrera universitaria y recuerda que «también se las tuvieron pues no aguantaban una palabra contra su padre».

- ¿Y tú?
- Uf. Qué te voy a decir, comentarios cuando ibas por la calle, algunos mineros o amigos de Victoriano parados aquí enfrente diciendo en voz alta «¡qué cristaleras tan grandes!, si se rompen deben valer una pasta!».
- ¿Volverías a pasar por lo mismo?
- Te voy a decir la verdad. Yo me pensaría seriamente darle la cabaña a Victorino, gratis; pero soy consciente de que Antón no, que haría lo mismo. Y yo iba a estar con él, así que ¿para qué pensarlo?

Musita Tronco nuevamente lo de la familia. Y en la familia está el origen del conflicto. «Tenías que haber conocido a mi madre y la sangre que tenía, hablaba dando puñetazos en la mesa y no se movía nadie. Y con ella anduve de pastor siendo un niño por las brañas...».

Y en la braña que ahora tiene, la de San Miguel, a la que subía los fines de semana con toda la familia, está el origen del conflicto: «Quedaba en medio de los terrenos que iba a explotar Victorino Alonso, lo del Feixolín, y dio por hecho que se lo vendía. Lo quiso comprar, por las buenas o por las malas, habló él un par de veces pero después llegaron las amenazas, métodos rastreros y cobardes, boicot al restaurante... todo, pero no vendía, no era en la que yo guardé las vacas pero la habíamos comprado mí mujer y yo nada más casarnos, con nuestros ahorros».

- Y a mí por ese camino, no. No tengo miedo a nada, ni a nadie, no es chulería, pero soy así.
- ¿Pero qué te hacía?
- Al margen de los ‘enviados’ pues, por ejemplo, hacía voladuras cerca de la cabaña que eran un peligro evidente para nosotros y que fueron las que dañaron la cubierta de manera casi irreversible.

Recuerda su mujer que no era nada fácil, al margen de las amenazas de las que ha hablado y los encontronazos «teniamos tres hijos en la Universidad, estudiando fuera de casa, en Madrid y Bilbao... lo pasamos mal».

No ganas las batallas que no das. Yo no tengo miedo a Victorino ni a nadie, no es chulería, soy así; así me educaron mis padres y así quise educar yo a mis hijos Y Antonio Arias Tronco, Antón, asumió que no se iba a dejar pisar, que resistiría, y aquello que comenzó por la destrucción de la cabaña de la braña de San Miguel parecía no tener fin. «Ya metido en harina fue cuando denuncié no a Victorino, al Gobierno de España ante la Justicia Europea, y lo condenó, pero cuesta mucho dinero acudir a estas instancias».

Subimos hasta la cabaña donde empezó todo y Arias Tronco repite una palabra: ilegal, una vez tras otra. «Esta pista por la que vamos es ilegal, no tiene ningún tipo de licencia; esa línea de alta tensión, ilegal, no tiene ningún permiso, ni lo pide... y lo que más me indigna es que la restauración del terreno, la reforestación, la estamos pagando todos, con dinero público, lo que aquí se hizo no tiene nombre».

- Y las administraciones.
- Lo que más decían el Ayuntamiento y la Junta es que por la documentación que ellos tienen todo estaba correcto en la mina a cielo abierto de Feixolín, aunque sabían que no tenía ni un permiso; el único que me escuchó y no salía de su asombro fue el Procurador del Común, Manuel García.

Empieza un nuevo tiempo judicial para Victorino Alonso, con otros 8 juicios pendientes, «pero yo esos ya los voy a seguir por los periódicos, que ya no es mi batalla. Yo la mía ya la di como me enseñaron mis padres y como les he querido enseñar a mis hijos».

- Pero la cabaña está caída.
- Pero la levanto, como que me llamo Antón que la levanto otra vez.

Y cuando Antón se empeña...
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