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Cura de lobos

Cura de lobos

OPINIóN IR

07/01/2022 A A
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Cura de lobos
Los huesos están esparcidos en un claro del pinar. Primero encontramos largos fémures, después un trozo de mandíbula, huesos de las caderas, una pata entera, con pelo y pezuña. La tierra está revuelta, como si hubiera habido movimientos de animales de un lado a otro. Un festín de lobos. El viento sopla con fuerza y hace temblar las ramas de los pinos, un ulular tétrico, una sensación áspera, de vida despiadada.

Eso fue a quince kilómetros de La Bañeza en dirección a La Cabrera. Al día siguiente, me encamino a Asturias cruzando Babia. Esos valles altos, con las cumbres calvas que destellan al sol; manchas de nieve en las zonas umbrías. He quedado con los guardias de la Patrulla Oso en Pola de Somiedo. Me enseñan en su portátil los videos de las cámaras trampa instaladas en ese lado de la Cordillera. Hay osos, pero sobre todo hay lobos. Lobos solitarios, lobos en pareja. Lobos con las colas esponjosas levantadas. Un corzo cruza al galope por delante de la cámara, seguido muy de cerca por un lobo. En otra toma, un lobo y una loba se olisquean, se empujan con el morro, juguetean. El guarda dice: «He visto cientos de videos de lobos y también de perros medio salvajes. Los lobos cazan sí, pero también hacen su vida de lobos, se aparean, juguetean, los perros siempre están cazando. En el bosque, hacen más daño los perros que los lobos». Tras despedirme de ellos, me interno en Asturias. Atravieso esa ristra de aldeas que salpican Las Ubiñas, casas de piedra, hórreos, picachos y valles, bosques de hayas. El canto de un pito picapinos con su eco. Y cuando oscurece, un tejón se planta en medio de la carretera y corretea delante del coche durante un rato.

Los últimos días de 2021 los viví al aire libre. Entre León y Asturias. Pienso que lo peor de 2021 ha sido la desilusión, creer que salíamos de la pesadilla del coronavirus, para comprobar que no, que seguíamos cayendo y cayendo. Así que decidí aislarme de telediarios, periódicos, toques de queda, mascarillas. Y comprobar que la vida salvaje, con toda su bella crueldad, todavía existe más allá de confinamientos y restricciones. Fue una cura balsámica.

Cuando leáis estas líneas estaré ya de vuelta a esa pequeña prisión que es nuestra existencia en pandemia. Pero al menos me quedará el recuerdo y la esperanza de volver a la libertad.
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