Publicidad
Cuerpos: El pozo

Cuerpos: El pozo

CUERPOS IR

Ampliar imagen
José Javier Carrasco Álvarez | 14/08/2021 A A
Imprimir
Cuerpos: El pozo
Cuerpos Basado en la fotografía del artículo de Trazos ‘La mirada dirigida al este o la fuente de Neptuno’, aparecida en LNC el 26 de febrero de 2020
La fuente desaparecerá a las doce del mediodía. No intentes impedirlo porque entonces tú también desaparecerías como ella», la nota que descansaba en el banco donde se sentaba todas las mañanas estaba escrita en mayúsculas, sin puntuar, con letra negra de rotulador. Nada indicaba que se tratara de un aviso de atentado. Más bien, una broma. Además, iba dirigida a él, algo que no debía ser habitual en esos casos. Bueno, no necesariamente a él, sino a quien la leyera. Así todo quizá convendría acercarse por comisaría –no estaba lejos– y entregar la nota para que ellos hicieran lo que creyeran más oportuno. Se puso en pie, dirigió una mirada preocupada a la fuente y buscó la salida más cercana. De pronto se detuvo. La nota era clara, si intentaba impedirlo, también él desaparecería. Aquello era absurdo. ¿Cómo iba a desaparecer? Volvió a mirar alrededor. Nada fuera de lo normal en una mañana cualquiera de lunes. Mejor salir de dudas. Cruzó el paso de peatones. Pasó ante la iglesia de Santa Nonia y dirigió una mirada al interior. Algunos cofrades se atareaban en los preparativos de la Semana Santa. Uno hizo un gesto de saludo. Aunque no le reconoció respondió con un movimiento de cabeza que parecía denunciarle, demostrar que estaba preocupado y que se dirigía a comisaria. En la calle República Argentina entró en un quiosco y compró el ABC, daría un aire de respetabilidad a su consulta. Ante la garita se armó de valor y se dirigió al policía que estaba de guardia. Daba la impresión de que le esperaba y sabía la razón de su consulta.

Volvió al Jardín de San Francisco. Faltaba aún media hora para el mediodía. Algo le decía que a las doce iba a ocurrir algo. Quizá un grupo de jóvenes se acercaran a la fuente, la cubrieran con pintura, se desnudaran y se pusieran a chapotear dentro de ella protestando por algo. Entonces a él le correspondería también desaparecer, por desobedecer, bajo otro bote de pintura. Hacía un tiempo que se le pasaban por la cabeza ideas tan extrañas como aquella. Ayer, mientras comía, se le ocurrió pensar si el pollo, al que no quedó otro remedio que prestarse a que hicieran con él aquel filete insípido que tenía delante en el plato, fue en algún momento feliz o al menos soportó tolerablemente su condición de futura víctima de aquella sociedad consumista. Su hijo, al verle dudar si llevar el tenedor a la boca, lo miró preocupado y le preguntó si le pasaba algo. Mejor permanecer callado o responder cualquier cosa, como que el pollo no le sabía a nada. Pasaba las hojas del periódico haciendo tiempo, sin prestar atención a lo que leía. Rodó hasta sus pies una pelota y buscó a quién tendría que devolverla, pero no había ningún niño a la vista. Posó la mirada en la fuente. Parecía envuelta en una neblina azulada que escapaba del fondo del pilón. Al final, en el centro del jardín, solo asomaba aquella capa de nebulosa azul que se había tragado una fuente de la ciudad, al dios de las aguas y su cortejo igual que acabó él tragándose el filete de pollo. Eso sí, aún se oía el murmullo del agua al caer desde alguna parte como si lo hiciera hasta el fondo de un profundo pozo. En el perímetro que antes ocupaba la fuente aparecía ahora la boca de un túnel. Unas escaleras en espiral descendían a un espacio que permanecía envuelto por una penumbra acogedora, como la de algunas iglesias románicas. Miró alrededor. Se diría que hubieran desalojado el jardín. No había nadie o él no lograba ver a nadie. Bajó las escaleras cogido a un pasamanos de madera. Al llegar abajo, le esperaba el túnel que se adivinaba desde arriba. Lo siguió. El túnel se desvió hacia la derecha y se convirtió en una calle que le resultaba familiar. Una calle recorrida muchas veces en sueños, bordeada de palacios en cuyas paredes asomaban las esculturas de cariátides con los ojos posados en él, que llevaba al portal de su casa.

Pensó que debía contar a alguien lo que le había ocurrido. Descartó a su hijo. Resultaba el ser más desprovisto de fantasía que conocía. Quizá su nuera estuviera lista para compartir aquella experiencia. Fue a la cocina y se sentó en una silla. Ella pareció extrañarse de verle allí, cuando lo habitual era que esperase en el salón la hora de la comida, ante la televisión u hojeando alguna de sus revistas del corazón para pasar el rato. Abordó la cuestión de forma indirecta, preguntándole qué era lo más raro que le había sucedido nunca. Dejó la cuchara con la que removía el sofrito de cebolla para los espaguetis a la boloñesa que tocaban los lunes y le miró confusa, sin saber qué responder. Le pidió que hiciera memoria, seguro que lograba recordar algo. Deseaba que se confiara. Pensó que se comportaba como un gato al acecho de un pájaro. Volvió a coger la cuchara y, después de unos instantes, le confesó que lo más extraño que le había ocurrido hasta ahora fue el modo cómo conoció a su hijo. Aunque estaba más que familiarizado con aquella anécdota de su nuera y su hijo atrapados en un ascensor de camino a la consulta del dentista, no la interrumpió. Cuando acabó de hablar, permaneció unos minutos en silencio escuchando el borboteo del agua donde se hacían los espaguetis. Ella avivó el fuego. Le pareció el momento indicado para contar todo lo que le había ocurrido aquella mañana, sin ahorrar detalle. Cuando terminó, su nuera no se volvió. Lamentó haberse confiado, ahora se lo diría a su marido y el cabeza cuadrada de su hijo no tardaría en concertarle cita con un neurólogo. Mientras volcaba la carne picada, se limitó a indicar: «No se preocupe abuelo... no es para tanto... ha hecho bien en decírmelo», en tres pausas que fueron como tres aldabonazos contra la puerta en una casa abandonada.


Otros artículos de la sección Cuerpos


Volver arriba
Newsletter