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Cuentos de la 'nueva normalidad': La ventana

Cuentos de la 'nueva normalidad': La ventana

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| MARIO PAZ Ampliar imagen | MARIO PAZ
Sol Gómez Arteaga | 14/07/2020 A A
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Cuentos de la 'nueva normalidad': La ventana
Cuentos Uno de los cuentos que formarán parte del libro ‘Cuentos de la nueva normalidad’ que aparecerá este otoño publicado por Marciano Sonoro Ediciones
Jamás hubiera imaginado que un día se iba a encontrar sentada a las doce de la mañana mirando el cofre con forma de corazón sin nada que hacer ni que esperar, sin nadie con quien hablar, envuelta en una indolente melancolía que la acompaña de continuo. Se diría que vive por Beatriz, que la llama con puntualidad férrea a la una del mediodía y a las ochos de la tarde, que le trae la compra, la deja en el felpudo, y a dos metros de distancia, las mascarillas puestas, la pregunta cómo está, si toma las pastillas, si come, si ha puesto la lavadora, si se ha duchado, mientras la escruta con los ojos, intentando adivinar su estado emocional, tan truncado. Es en esos momentos cuando toca aparentar normalidad, no vaya a agravar las cosas.

Pero pese a las pastillas que le recetó una compañera del trabajo de su hija, la rosa, estabilizadora del ánimo por la mañana, y otra blanca, chiquitita, para dormir, no está bien. Todas las noches se despierta a las cuatro de la madrugada y le ve por la ventana en medio de la oscuridad, él mirándola desde el coche, mientras Bea, azorada, tras el tira y afloja que acababan de tener, «tú, mamá, no puedes venir, es muy peligroso, además, tal como están las cosas, no te dejarían entrar, ya te voy contando», le lleva de urgencias al hospital.

Todo había ocurrido muy deprisa. Acababan de venir de un viaje de placer de Benidorm cuando empezaron a oír hablar del virus. El número de infectados aumentaba por momentos y se oía que afectaba sobre todo a personas mayores y con patologías previas, pero ellos no eran tan mayores, ni tenían tantos achaques. El caso es que empezó con esa tos tonta que no cesaba, y a notar que le faltaba el aire. Cuando se lo contaron a su hija, ésta se alarmó sobremanera y, como no le cogían el teléfono en el 112, resolvió llevarlo en su coche a urgencias. «Así descartamos, será cosa de una horas, tú tranquila». Pero las horas se iban multiplicando exponencialmente y las noticias, escasas, eran cada vez más demoledoras: que si neumonía, que si se confirmaba el temido diagnóstico, que si le suben a planta y, luego, a la UVI. Una noche a las cuatro de la madrugada, la niña la llamó y le dijo que una doctora le había hablado de sedar. Ella no entendía nada, porque resulta que no se trababa de una elección, era que le sedaban sí o sí para evitar el sufrimiento de los últimos momentos.

Cuando colgó se quedó inmóvil, mirando el techo, pensando que esto no podía estar pasando, si eran relativamente jóvenes, si se acababan de jubilar y tenían, como quien dice, toda la vida por delante. A las doce del mediodía había acabado todo.

Diez días más tarde la niña llegó con el cofrecillo en forma de corazón, y lo mismo que hacía con la compra, lo depositó en el felpudo, y a dos metros de distancia se despidió, esta vez rápido, sin preguntar por la comida, la lavadora, las pastillas, el aseo diario. Casi sin mirarla. Pero luego la vio por la ventana, la cabeza apoyada en el volante, desmoronarse.

Ella a veces querría tomarse todas las pastillas juntas, las blancas, las rosas, y acabar de una vez con este nuevo escenario que no estaba en el guion de su vida. «Hay que hacerse a la nueva normalidad», le dijo el otro día la niña, «ya estamos saliendo», pero a ella estas palabras que seguro emplea con los pacientes a los que trata como psicóloga le vienen grandes. Como grande le viene hoy la casa llena de resonancias de él.

Coge el cofrecillo que tiene delante, lo abre, contempla las cenizas, y echa unas pocas en la taza humeante de café. Revuelve suave con una cucharita para que se disuelvan y se lo toma despacio, como en una liturgia, hasta no dejar ni rastro. Cierra el cobre que está segura nadie abrirá nunca y lo devuelve a la estantería.
Luego se acerca a la ventana, observa la calle. Por primera vez en muchos días sonríe, leve, imperceptiblemente
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