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Cuarentena Cultural (XXVIII)

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L.N.C. | 21/05/2020 A A
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Cuarentena Cultural (XXVIII)
Reseñas Los colaboradores de La Nueva Crónica ofrecen una serie de propuestas para cultivar el espíritu durante el tiempo que dure el confinamiento

La recomendación de José Antonio Llamas


Libros. ‘La clínica’: envidiar la muerte
Entre los escritores leoneses vivos, hay uno muy poco proclive a aparecer por estos pagos y que, por diferentes motivos, se debería traer a escena, especialmente en el actual estado de pandemia que tantos estragos está haciendo entre nuestros ancianos. Su nombre es Eusebio Cano Pinto, periodista y eurodiputado, natural de la Aldea del Puente, sobre el Esla,  de 79 años de edad, autor de al menos  tres libros importantes: ‘El carnaval de Estrasburgo’ (2002), ‘Crónica de mi propia muerte’ (1003) y ‘La clínica’ (2007).
A propósito de este, que cuenta los últimos días de su madre en un geriátrico, llega a decir en un entrevista: «Los enfermos llegaban a envidiar a los que se morían». Nuestro Fulgencio Fernández conectó con él en una de las pocas ocasiones que se dejó ver por la prensa leonesa, ya que su vida estaba en Cáceres, dónde ejerció sus doble profesión de periodista y político. Y este cronista, que mantuvo  amistad juvenil con él y camaradería en los tiempos de seminario y antes, en los de «preceptoría» (o preseminario) en Vidanes, con el Dómine Don Fructuoso, recomienda a los leoneses que no dejen pasar esta ocasión para revisitar a este escritor de una profunda formación filosófica, periodística y política, que en ‘La clínica’ nos acerca a una triste realidad de tanta actualidad en estos momentos.

En ese segundo libro, les cuenta a su deudos, que velan su cadáver dentro del ataúd, los pequeños avatares de su compleja vida, que ha transcurrido, como la de tantos leoneses podres y aldeanos nacidos en la inmediata posguerra, entre la miseria y la desdicha, con algún atisbo de regocijo a la hora de la merienda, si la había. Con 10 años, ya lo llevaron a Vidanes, y lo dejaron, de pensión, en casa de Demetria, después de matricularlo en la Preceptoría, o preseminario, para estudiar los cursos de ingreso y primero, previos a la entrada en el seminario menor de San Isidoro, aquel caserón que campea, cuando ya la ciudad termina, en un altozano, a la derecha, en la carretera de Asturias.

La descripción de sus años mozos, tan compartidos por tantos leoneses de entonces que (ahora lo saben) gozaron del privilegio de poder salir del pueblo y recibir una formación de privilegio, es una auténtica conversión a la cultura, pues aquel tipo de enseñanza disponía a la lectura, y comprensión, de los clásicos como El Lazarillo y a los grandes pensadores griegos y latinos. Aunque también puede haber algo de Delibes. Merece, en todo caso, una atención especial de parte de muchos, o bien porque conocieron aquello, o porque tienen o tuvieron parientes metidos en aquel hermoso laberinto, del que unos salieron con menos heridas que otros. Aunque todos magullados un tanto. Pero distintos. Y, tal vez, libres.

Cano Pinto formó parte de aquel pequeño grupo, llamado Estudio de la Golondrina, (del que naciera la revista Claraboya) y que, en el seminario mayor de San Froilán, el de frente a la catedral, y ya en una edad provecta, hubo de tomar la más grave decisión de sus vidas: abandonar a Dios, y defraudar a la familia, o enfrentarse a una vida que su razón les indicaba como único camino para un hombre que piensa por sí mismo. Nada intrascendente y superfluo puede nacer de escritores como estos.
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