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Cuarenta años

Cuarenta años

OPINIóN IR

21/02/2021 A A
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Cuarenta años
Pasado mañana se cumple el cuarenta aniversario del 23F, ya saben, el día en que un teniente coronel bigotudo irrumpió en el Congreso de los Diputados dejando su bóveda llena de impactos de bala. Junto a otras sombrías o aciagas, es una de esas fechas que permanece como un hito en nuestras vidas y que a muchos españoles les trae recuerdos muy precisos: aquel día estaba haciendo esto o lo otro, o me encontraba en tal o cual lugar. En mi caso, a punto de acabar el bachillerato, avanzando alguna materia para la selectividad en casa de un colega, completamente ajeno a lo que estaban perpetrando un puñado de iluminados. Al llegar a la mía me encontré a mi madre pegada al transistor, el rostro contrito y demudado, con una expresión de pánico en los ojos. A mí la palidez y el agobio me irían entrando en las siguientes horas, especialmente cuando, a eso de la medianoche, se vio por la tele una columna de acorazados desplegándose por el centro de Valencia. Menuda pesadilla. Nosotros vivíamos en Bilbao y ya se podrán imaginar lo que se barruntaba: nos veíamos bajo el yugo de la ley marcial, testigos de escenas de una época que creíamos olvidada. En los meses posteriores, a medida que el drama se suavizaba, hubo bastante humor negro y había quien decía que los chicos de las herriko tabernas que habían bajado la trapa, aún seguían corriendo camino de Biarritz. Los valerosos gudaris del tiro en la nuca.

Ahora, según rememoras el episodio, te queda la sensación de que esos cuarenta años han pasado demasiado rápido y, como me comentaba una amiga por teléfono, es lo mejor que se puede decir: volver la vista hacia algo que, afortunadamente, acabó difuminándose en el curso de nuestra existencia, aunque haya fantasmones nostálgicos que echen de menos las operetas macabras y el horror. Porque el 23F dejó una cicatriz bien fea en la memoria del país, no tanto por la gravedad del golpe de Estado en sí, como por la imagen que, como nación, ofrecimos al resto del mundo: aquellos guardias soltando groserías y ensayando mohines chulescos en pleno santuario de la soberanía popular. El rancio, casposo e inmemorial mal gusto de los fachas de toda la vida. Pero tampoco nos vamos a rasgar las vestiduras: que se lo digan a los polacos y su trato a los judíos del gueto, o a Francia y su vergonzosa alianza con los nazis durante el Gobierno de Vichy.
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