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Cuando la miseria

EL BIERZOIR

El pasado dejó imágenes de trabajo de campo duro. Ampliar imagen El pasado dejó imágenes de trabajo de campo duro.
Ramón Cela | 10/02/2019 A A
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Cuando la miseria
Rincones Olvidados No hace muchos años, lamiendo las heridas imborrables de una guerra, donde todos salimos perdiendo, la villa de Villafranca del Bierzo, parecía acobardada ante el progreso que se anunciaba
Villafranca esperaba un progreso que jamás llegaba a los brazos, ya demasiado viejos y cansados para poder izar la azada y dejarla caer con fuerza sobre aquellas tierras que unas veces pesaban como demonios por la lluvia y otras devolvían polvo por la atroz sequía.

Los hortelanos, los que podían decir que eran capaces de levantar la azada, se juntaban casi al amanecer en las entradas del pueblo, esperando que el capataz del poderoso los contratara a cambio de un escaso jornal y dos litros de vino, que siempre se guardaba para estos menesteres, en vez de tirarlo por las alcantarillas.

El trabajador, a esto le llamaba triaca, porque sabía a cualquier cosa menos a vino y, como no había vasos que lo demostraran, el color rojizo, hacía pensar que se trataba de lo que el terrateniente decía, pero que jamás se parecía. Un vaso de cristal era un artículo de lujo, razón por la cual se fabricaban muy gruesos porque servían para todo incluso para poner las ventosas en las espaldas del trabajador, cuando ya sus escasos músculos, se negaban a mover. De poco le servía a la artritis que las células se sublevaran, la hinchazón de piernas, manos y brazos, no eran sino pequeños gajes de un frío a destiempo, que a fuerza de mucho dolor y machacar terminaría por dejar que el líquido sinovial cambiara de parecer y buscara otro lugar donde demostrar su poder.

De poco valían las lamentaciones del trabajador del campo, hasta quince kilómetros desde el pueblo a la villa, caminando por la noche o durmiendo en el pajar de algún pariente de un pueblo más próximo, porque, hasta los viñedos, había que volver a caminar otros tres y más kilómetros. De nada servían los ruegos al encargado del poderoso, si la cuadrilla, ya contaba con un número suficiente, de menos que nada servía implorar, una azada y menos exigir que se les pagara al día, ya que el señorito de turno, pagaba cuando y como quería, porque, dicho de otra manera, este también andaba escaso de todo, pero estaba prohibido demostrar esa y otras carencias.

El obrero, el pobre hombre que con su sudor empapaba las tierras a laborar, rezaba una y mil veces para que se rompieran el mango o la azada y así poder darse un respiro, ya que el capataz, fiel a su señor, era su mayor enemigo y aquel que no quitaba ojo de los escasos frutos que pudieran existir en aquella época.

Así llegaban al medio día y diez minutos para comer las escasas viadas y poco más de media hora, para reponer un poco el cuerpo echado sobre la chaqueta o aquello que en otros tiempos fue un jersey, a la sombra de un árbol, que siempre parecía moverse para que pronto diera el sol .

Sin tiempo para la cabezada, había que levantarse y continuar hasta el anochecer, que con la triaca consumida, hacía ver al trabajador algo irreal por lo que se decía: ¡Ya estás alumbrado¡ -por los tras pies, por los tumbos y desorientación. ..Otros, los menos, como los carros de ejes de madera, subían cantando aparentemente camino de sus pueblos, pero lo cierto es que ni los carros cantaban ni mucho menos los pobres trabajadores.

A veces (en millares de ocasiones), se albergaban en casas o cabañas abandonadas, encendían una fogata y sin tiempo ni ganas de alimentarla, debido a la extenuación , quedaban dormidos hasta el amanecer, que en ocasiones cubría sus mantas con unas finas gotas de agua a causa del rocío de la noche. Esta servía para quitar un poco las legañas o para indicar que no lejos de allí había un reguero de agua para refrescarse la cara y poco más, ya que después todo volvería a ser lo mismo.

La botella de aguardiente, cuidadosamente tapada, era la primera en ser visitada, luego aquel mendrugo de pan y un trozo de tocino pasado por la lumbre, harían levantar un poco el ánimo, porque si no fuera por lo que en el pueblo quedaba, más de un árbol sería testigo del fin de una vida desgraciada, pero los hijos, una esposa o padres, hacen que el ser humano de bien y en esto nadie lo podrá poner en duda, es capaz de sufrir, sufrir… sufrir porque en los pueblos pequeños esto ya es un hábito y una vez acostumbrado al sufrimiento, se le llama un poco de mala suerte, pero nadie garantiza que no pueda durar toda la vida.

Son las siete de la mañana y la luz del sol quiere vencer a la oscuridad de la noche, mientras el jornalero, termina sus dos tiras de tocino ahumado y se aprieta la faja que le amparará los riñones. Limpia la navaja sobre la pernera del pantalón y se echa una vez más agua fría por la cara.

La triaca de ayer, no quiere dejar de aturdir, quizás otro trago de aguardiente pueda llevar un poco más de fuerza a aquellas ya desaparecidas sin haber comenzado la jornada.

Los compañeros ya están preparados y alguno piensa en voz alta si el patrón será capaz de pagar el jornal del sábado o habrá que venir varias veces a su casa para, como implorando, pedir que le pague, porque su mujer va a parir o sus hijos necesitan algo que llevarse a la boca. Al final, todo parece una lotería y los que pagan bien, ya no necesitan más peones y los que mal pagan, son aquellos que más abundan, pero entre la basura, no se puede escarbar demasiado…siempre olerá mal.

Ya comienzan a oírse las pezuñas de bueyes y caballos, hoy no lloverá, pero el intenso frío de la mañana augura que el tiempo puede permanecer estable unos días más. Si hay suerte, si el patrón paga bien, los rapaces posiblemente podrán estrenar un pantalón que a ratos les hará su madre, cuando les compre la tela y en la procesión del Carmen irán portando los faroles o llevando el incensario del cura...
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