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Cuando ganar no es ser el primero

Cuando ganar no es ser el primero

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J. A. | 25/11/2018 A A
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Cuando ganar no es ser el primero
Kárate Carlos Fernández tiene Síndrome de Down, pero eso no le ha impedido cumplir ninguna de las metas que se ha marcado en su vida, la última, lograr el cinturón negro en kárate
Dicen la consecución de un cinturón negro para cualquier karateka es simplemente el inicio de un camino que le permitirá adentrarse mucho más en un deporte que es mucho más que eso. Sin embargo, en el caso de Carlos Fernández ese cinturón que ahora lleva atado a su kimono es todo un premio a la superación, la constancia y la disciplina y sobre todo un ejemplo para todos de que una discapacidad no es freno para nada.

Porque este leonés de 42 años nunca ha permitido que el Síndrome de Down sea un obstáculo a la hora de cumplir sus metas. No lo fue a la hora de lograr un trabajo, siendo pionero y ahora uno más en el servicio de atención al cliente de Carrefour ni a la hora de lograr ese cinturón negro que no era un objetivo, pero terminó siendo un premio.

Porque según cuentan sus preparadores en el Club Tatami Luis Martín, Carlos llegó al kárate hace casi 20 años por recomendación de su médico con el objetivo de trabajar la psicomotricidad y la coordinación sin ningún propósito más allá de eso. Según señala Ramón Díez, uno de sus técnicos, el kárate obliga a sus practicantes «a mover cada músculo de su cuerpo y eso para una persona con discapacidad es clave». No fueron sencillos los inicios, donde la paciencia y el trabajo fueron las consignas diarias, pero la progresión de Carlos comenzó a ser rápida y constante a lo largo de los años con entrenamientos tres días a la semana y en definitiva horas y horas de dedicación que el propio protagonista reconoce haberle servido también para su trabajo. «Me ha ayudado a tener la cabeza tranquila, a estar relajado» señala en un momento de parón de uno de los entrenamientos que el Club Tatami realiza en la Casa de Cultura de Trobajo del Cerecedo.

Basta darse una vuelta por allí para darse cuenta de que Carlos es simplemente uno más de las decenas de chavales que practican kárate. Tanto es así que todos afirman que hace unas semanas en el día que logró el cinturón negro – por unanimidad del tribunal examinador – todos los celebraron casi más que el día que lograron el suyo. «Se le pone a uno la carne de gallina al recordarlo, era muy importante para él, mucho para su familia y todos los que estamos aquí tuvimos una carga emotiva inmensa», señala Díez, que destaca el componente social de un deporte que «transmite valores que se pueden aplicar en el día a día, jamás veréis a un karateka que falte el respeto a nada ni a nadie».

De cualquier manera no quiere quedarse Carlos en ese cinturón negro, que también quiere que sea el inicio de un camino para él. La meta la tiene clara, «quiero ir con la selección española y estar en unos Juegos Olímpicos». La meta es cuanto menos ambiciosa, pero si algo ha dejado claro Carlos a lo largo de su vida es que todo lo que se ha propuesto lo ha conseguido.

Lo logre o no, la huella ya la ha dejado principalmente entre sus compañeros, convirtiéndose en todo un motivo más por el que pelear por sus propios objetivos. Y ese será siempre el mayor de sus éxitos.
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