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Crónica del desconcierto

Crónica del desconcierto

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La escritora salmantina Pilar Fraile. Ampliar imagen La escritora salmantina Pilar Fraile.
José Ignacio García | 13/03/2021 A A
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Crónica del desconcierto
Literatura José Ignacio García reseña el libro de Pilar Fraile 'Días de euforia', XIX Premio de la Crítica de Castilla y León
‘Días de euforia’
Pilar Fraile
Alianza Editorial
Novela
224 páginas
16 euros
XIX Premio de la Crítica de Castilla y León


Mi reseña de hoy está protagonizada por un libro histórico.

Proferida así, a bocajarro, nada más empezar, sin anestesias y sin explicarme, mi afirmación puede sonarles rimbombante, grandilocuente o categórica.

Nada más lejos de la realidad. Estoy hablando simplemente de un hecho evidente y constatable y que se cubrirá de polvo con el discurrir de los años en el palmarés del Premio de la Crítica de Castilla y León, ya que han sido necesarias diecinueve convocatorias del mismo para que la autora de la novela ‘Días de euforia’, la salmantina Pilar Fraile, se convierta en la primera mujer que añade su nombre a una nómina nutrida hasta ahora únicamente por identidades masculinas.

Por lo tanto, desde ese punto de vista, mi sentencia es irrefutable.

Pero por mor de ese dato, esta de hoy va a ser, por titularla de alguna manera, la crónica del desconcierto, la reseña de la incertidumbre, la paradoja de la perplejidad.

Y, a partir de aquí, me explico.

Había un aroma femenino en el aire desde hace semanas que vaticinaba el triunfo de una mujer en esta edición del citado premio, y que yo aspiré. Sin embargo acerté solo a medias, y un acierto relativo es tan pernicioso como una verdad menguada. Atiné con el sexo de la ganadora, pero –para mi sorpresa (y creo que para la de muchos otros)– erré con la destinataria.

Sospecho que la autora salmantina afincada en Madrid no figuraba en demasiadas quinielas. De ahí, también, el desconcierto de muchos. Servidor incluido.

La concesión del premio me obligó a contactar con Alianza Editorial y con su amabilísimo y servicial departamento de comunicación. Y así, en unas horas recibí una novela de la que, seguramente, sin esos laureles, nunca hubiera tenido conocimiento.

A la recepción de la novela la precedieron las valoraciones del jurado que avalaban su concesión y críticas en diversos medios que avivaban en mí la sombra del escepticismo. El jurado ponderaba la novela y algunos críticos también; pero otros la descuartizaban sin demasiada piedad o recurrían a oxímoron de naturaleza sospechosa del tipo "una novela compleja fácil de leer".

A esas alturas, y sin enfangarme todavía en los lodos de la lectura, cavilaba yo acerca de la inequívoca capacidad del jurado del Premio de la Crítica, que en ediciones recientes había reconocido a autores de la talla de José Antonio Abella, José Manuel de la Huerga, Ángel Vallecillo, Tomás Sánchez Santiago, José Luis Cancho, Pablo Andrés Escapa o José Luis Alonso de Santos, entre otros; y esa confianza me hacía presagiar que me encontraba ante un acontecimiento literario por descubrir, ante una gran novela que iba a provocar en mí, como mínimo, días de euforia lectora.

Sin embargo, nada más leer la novela he pedido cita preferente con un experto en recuperación de identidades. Sencillamente porque me encuentro desubicado, porque no sé a qué atenerme, porque resulta evidente que he perdido mi raciocinio literario.

Y es que yo, acostumbrado a hablar bien de autores y de libros que me fascinan –del resto ya se ocupan los críticos despiadados, el silencio y el olvido–, me encuentro sumido tras la lectura en una especie de hipotermia inexpresiva.

Dada esa caótica y desasosegante sensación, intuyo que el error es mío, que me he creado unas expectativas equivocadas o excesivas cuando me esperaba una excepcional novela distópica y de género, ya que no imagino a un jurado santificando una novela de ciencia ficción que asienta el calendario del futuro en la actualidad, y que aborda temas como el big data, los algoritmos, las inversiones financieras o la inseminación artificial, a través de una galería de personajes planos que se entremezclan hasta crear una trama que pronto se hace previsible.

Y cuando reflexiono acerca de ese oxímoron que alude a la compleja facilidad, reparo en que me he leído la novela de un tirón –ese debe ser, sin duda, un elemento a su favor que se me escapa entre los dedos–, sin acudir al diccionario, sin subrayar una frase conmovedora, sin descubrir emboscado en la genialidad argumental un conflicto, como no, desconcertante.

Ni siquiera me he enardecido ligeramente cuando la autora emplea una terminología explicita para referir algunas escenas eróticas subidas de tono.

Pero insisto, como le pasa en determinados pasajes a Carlos –uno de los personajes de la novela– debo ser yo el que está anémico de testosterona, el que no se ha venido arriba con la lectura. El que tiene la culpa de no haber encontrado la sustancia que otros han exprimido hasta el tuétano.

Por eso, amigos y amigas que me siguen, les pido que lean la novela, que den la razón al jurado que la premió –que seguro que la tiene– y que luego me descubran esos valores que no he sabido hallar, para ahorrarme una pasta gansa en expertos en recuperación de identidad y de olfato literario y para que dentro de quince días haya espabilado y vuelva a hablarles de libros que me encandilan.

Porque, como decía mi abuelo, que en paz descanse, algo tiene el agua cuando la bendicen. Algo que yo no he sabido apreciar en esta novela de la que, si hoy les hablo, es porque se trata, incuestionablemente, de una novela histórica.

José Ignacio García es escritor, crítico literario y coordinador del proyecto cultural ‘Contamos la Navidad’.
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