Una pasada, de pasadizos

Una pasada, de pasadizos

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José Ignacio García | 31/07/2021 A A
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Una pasada, de pasadizos
Literatura José Ignacio García analiza la obra 'Trigo limpio' de Juan Manuel Gil
‘Trigo limpio’
Juan Manuel Gil Editorial Seix Barral
Novela
392 páginas 20,00 euros
Premio Biblioteca Breve 2021

«Este comienzo no es el principio, pero puede que sea una buena manera de empezar», así inicia Juan Manuel Gil ‘Trigo limpio’, la novela con la que ha obtenido la última edición del premio de novela Biblioteca Breve. Y quizás ese comienzo sea una excelente advertencia por parte del autor de todo lo que a partir de entonces está por llegar, ordenado cronológicamente o no, hasta que, bien avanzada la novela nos previene (o nos recuerda) que ‹‹los relatos concluyen cuando tienen que concluir. Y no siempre lo hacen en el final››. Avisados quedamos de antemano.

También nos instruye en un momento dado el padre de la criatura de que ‹‹para que una novela atrape la atención del lector, la dosificación de los hechos que componen la línea argumental debe estar rigurosamente estudiada››, y en otro pasaje nos habla de tres coordenadas constructivas, que son el tiempo, el reposo y el espacio.
Todas esas pautas y bastantes más ha seguido el escritor almeriense, forjado en sus comienzos en la Fundación Antonio Gala, para construir –lo adelanto ya– un monumental y laberíntico entramado argumental de pasadizos geográficos, temporales e imaginarios, un ingenioso ingenio de ingeniería literaria. Una de las mejores muestras, sin duda alguna, de la narrativa española contemporánea que he leído en lustros.

En ‘Trigo limpio’ el autor mezcla alguno de los recursos de última generación que más predicamento están consiguiendo entre editores y lectores, como la autoficción y la alternancia de historias paralelas o cruzadas que se bambolean, que vienen y van, que a veces convergen y otras se distancian, logrando que el lector no pueda distraer ni un momento la atención de la trama. Y, junto a esos recursos, que maneja con singular habilidad, Gil echa mano, no sé si de la metaliteratura o, más bien, de un vasto vademécum normativo en el que se respalda para impartir una doctrina fácilmente comprensible, tanto para el público común como para otros autores incipientes que quieran aprender los rudimentos del oficio literario desde un punto de vista ameno y puesto por escrito.

Con un lenguaje moderno, entretenido, chispeante y dinámico, que solo ofrece alguna mínima concesión al barroquismo en los escasos correos de la exmujer de uno de los personajes esenciales, Juan Manuel Gil se sitúa como protagonista en primera persona de la historia y retrocede a los tiempos de su niñez en un barrio obrero almeriense para dibujar un retrato que es un cántico a la infancia, a la amistad, a la solidaridad, al afán arriesgado, aventurero y explorador (y no siempre lícito) que todo mozalbete travieso atesora en lo más íntimo. A partir de ahí, la novela es un compendio de búsquedas y de descubrimientos. El protagonista encuentra personajes fascinantes en una celda de la Guardia Civil o cuevas o túneles escondidos o nuevos compañeros de clase, efímeros en el espacio, pero eternos en el tiempo, que resurgirán muchos años después de los rescoldos del olvido para obligarle a escribir una novela que hable de ellos, de su pasado, de su presente, de sus familias, de los libros que cambiaron sus vidas. Y de muchas cosas más.

Uno de esos personajes resucitados es Simón, piedra angular sobre la que se edifica una investigación que da sentido y musculatura a la novela. El autor y protagonista alterna el presente y el ayer, dosifica sus encuentros con otros personajes con conversaciones enigmáticas y con diálogos inteligentes; y así teje capítulos que tienen la breve intensidad de un café espresso. Y así va cimbrando las arcadas de una estructura donde no faltan en ningún momento la tensión, la intriga y abundantes dosis de ironía y buen humor que arrancan sonrisas en los momentos menos pensados.

Pero, como ‘Trigo limpio’ hace honor a su título y carece de paja innecesaria, las relaciones del narrador/protagonista con otros personajes se convierten en una especie de látigo que lo azota o estimula para que escriba: su madre o la de Simón –legendarias cada una a su manera–, el misterioso Huáscar con el que compartió estancia y vivencias en dependencias beneméritas durante unos minutos remotos y a la vez eternos, una editora insistente que presume el presunto filón comercial, el propio Simón renacido o reinventado… O quizás no exista ese martirio, y lo que ocurra sea que los personajes traten de manipular la voluntad de Gil para que cuente la historia de la manera que a ellos más les conviene, demostrando que cada vida es muy particular, que no existen las verdades absolutas y que la combinación de realidad y ficción puede provocar hecatombes de consecuencias insospechadas.

Hay también, por tanto, un juego de espejos perversos que refleja imágenes discordantes de los mismos acontecimientos: la muerte de una niña, la desaparición de un hijo, las relaciones con una nuera, los recuerdos de la infancia; o que ayuda a unos personajes a adueñarse de la personalidad y de las biografías de otros, demostrando que no todo el mundo es, como se intuye desde las primeras páginas, trigo limpio.

Apostilla Juan Manuel Gil en el ecuador de la novela –aunque sus sentencias siempre las excusa en boca de otros, presuntamente, más sabios– «que no existe un brebaje para que una novela tenga el éxito garantizado, entendiendo por éxito hordas de lectores que compran el libro y lo recomiendan con voluntad de militante» y más adelante confiesa que cuando se sienta a escribir pretende encontrar ‹‹respeto, protección y amor››.

Pues ya les aseguro que, en mi caso, ha conseguido ese respeto y esa admiración como lector, como escritor y como crítico; y bien seguro estoy de que no cesarán de afiliarse al club de sus incondicionales hordas de lectores que recomienden vivamente la lectura de esta novela de fascinantes pasadizos vitales que es, en suma, una pasada.


José Ignacio García es escritor, crítico literario y coordinador del proyecto cultural ‘Contamos la Navidad’.
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