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Corrección política y posverdad

Corrección política y posverdad

OPINIóN IR

08/03/2021 A A
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Corrección política y posverdad
Hablo largamente con Darío Villanueva, exdirector de la Real Academia de la Lengua. Recién jubilado de su puesto en la universidad, pero aún como emérito, el filólogo acaba de dar a la luz un libro «para todas las audiencias», aunque con un indiscutible perfume académico en sus páginas. Se trata de ‘Morderse la lengua’, publicado por Espasa. Y habla de lo que el profesor juzga, creo que no sin razón, como dos de los asuntos más preocupantes de la posmodernidad: la corrección política y la posverdad.

Dos asuntos, en efecto, relacionados entre sí. Ambos atañen, sobre todo, al uso del lenguaje. Según expone Villanueva, nos hallamos en un instante en el que las palabras parecen estar sometidas al control de una nueva autoridad profundamente neopuritana, lo que deriva, necesariamente, en algo parecido a esa Neolengua de la que hablaba George Orwell. En pocas palabras, dice, «la corrección política no es otra cosa que una forma posmoderna de censura» y, añade que, al parecer, «los censores son hoy los buenos».

‘Morderse la lengua’, el título de este largo ensayo, es decir «callarse con alguna violencia lo que se quisiera decir», alude precisamente a esa nueva actitud que, consciente o inconscientemente, están tomando muchos ciudadanos. Una actitud que se extiende también al terreno artístico, donde los intentos de control y limitación no dejan de suceder, más sibilinos o más explícitos, que de todo hay, empezando por el revisionismo de obras clásicas.

«Uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos», me dice el exdirector de la RAE, «reside en el adanismo que nos rodea. Se tratan las cosas como si nada hubiera sucedido anteriormente. Nada importa, al parecer, sólo lo de ahora mismo». Y, esa es la razón por la que lo que parece una «injusticia léxica», en la mayoría de los casos se deba a la historia, a la evolución, a la tradición, no al capricho momentáneo de algunos. No puede cambiarse el lenguaje alegremente, porque eso sólo es patrimonio de la gente, y naturalmente los cambios tardan en producirse. Pone Villanueva el ejemplo de ‘perrería’. Siendo el perro el mejor amigo del hombre, y considerado un animal noble y fiel, ¿cómo es posible que ‘perrería’ puede significar lo que a todas luces significa? Y sólo es un ejemplo. Pues en torno al cánido existe expresiones, tanto ‘perro’ como ‘perra’, o ‘perruno’, que no hacen precisamente justicia a las nobles condiciones del animal. Aunque de forma somera, puede que este ejemplo dé una idea sobre lo que la corrección política pretende conseguir.

Ninguno de los intentos por cambiar estas supuestas «discriminaciones léxicas» tuvo éxito en el pasado, dice Darío Villanueva. Famosos fueron los intentos por cambiar los nombres de los días de la semana, o de los meses, como cuando los clérigos tras el Edicto de Milán consideraron que no era buena cosa que «los días de la semana siguieran identificándose con los dioses paganos». En fin: nunca han faltado actitudes revisionistas de este jaez, y Villanueva concluye que, dado que no triunfaron, cabría pensar que lo mismo ha de suceder con «iniciativas semejantes de cuño posmoderno».

No se ha escrito tanto sobre el tema, a pesar de ser un asunto de la mayor importancia. Algunos académicos, me dice Darío, se manifiestan de vez en cuando, y hay buenos conocedores de las implicaciones de la corrección política, como Ovejero, o Vallespín, que publicó ese libro, también de éxito, ‘La mentira os hará libres». Pero, en general, parece que falta una auténtica consciencia sobre lo que puede suponer una limitación de la libertad de expresión y, por supuesto, de la libertad creadora. «Se ha instalado, por seguir a Robert Hughes, lo que podría llamarse ‘la cultura de la queja’, y de ahí se ha pasado a una falsa piedad y al predominio del eufemismo», dice. Y añade: «lo que sucede es que, como ya nos advertía Aristóteles, el lenguaje no es sólo para lo bueno: es para lo justo y lo injusto, para lo agradable y lo canalla. El lenguaje es para todo, lo incluye todo, y luego, allá cada cual».

Dice Villanueva que la corrección política aplicada al lenguaje no es algo nuevo. En realidad, arranca de Marcuse, y de esa definición suya, en plan oxímoron: «la tolerancia represiva». En los años sesenta y setenta esa idea de control del lenguaje se extendió por los campus universitarios norteamericanos, donde, según el filólogo, está el verdadero origen del problema. «Algunos filósofos europeos se convirtieron en verdaderos santones en Norteamérica. Contra todo pronóstico, porque Europa siempre ha sido vista como muy sofisticada... La cosa se complicó aún más con la llegada de Derrida. Derrida fue pronto considerado una auténtica estrella. Pero la influencia venía de Foucault, que en sus discursos había incluido aquella frase: «no tenemos derecho a decir todo». Así que ahí se puso en marcha lo que ha dado en llamarse corrección política, y que ahora, casi como una moda global, amenaza con controlar drásticamente la expresión.

El propio Villanueva cuenta algunas de sus experiencias universitarias, concretamente en Colorado. Tuvo sus dificultades con los textos que eligió para un curso sobre novela picaresca, por las expresiones de naturaleza racista que, por ejemplo, aparecían en un opúsculo de Quevedo. «En fin, yo no había escrito el texto… ¡era de Quevedo! Y las expresiones racistas en la picaresca, que influyó tanto en la literatura europea, por cierto, son habituales. También en el ‘Lazarillo». Otros, me dice el exdirector de la RAE, tuvieron menos suerte. Fueron despedidos por sus comentarios y algunos no pudieron soportarlo: hay ejemplos conocidos. «La cultura de la cancelación se ha abierto camino al calor de todo esto…», dice Darío Villanueva: «y es un asunto muy serio. Y muy preocupante».

De la misma forma que el filólogo ve graves problemas en el auge de la corrección política «que viene de la sociedad civil, aunque nunca faltan presiones ni injerencias del poder político», otro de los asuntos que caracterizan esta posmodernidad líquida es la posverdad. «Lo que Julio Llamazares definió en un artículo como la mentira de toda la vida», me dice Villanueva. Se necesitarían muchas más líneas para hablar de la posverdad, que también nace en la manipulación del lenguaje. «Ahí está Trump, aunque no creo que haya leído a Foucault», dice con ironía. La posverdad no surge con Maquiavelo, sino mucho antes. Platón habla de ‘mentira piadosa’… «Hay un problema de simplificación, pero es que, como decía Bertrand Russell, lo que sucede con los ignorantes es que siempre están seguros. Mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento, eso es lo que dicen», concluye.
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