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Cordero no, vecino

Cordero no, vecino

A LA CONTRA IR

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| 05/05/2021 A A
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Cordero no, vecino
No es cordero es vecino. De ella hablan y con ella hablan mientras se acerca tanto a la estufa que preside la reunión que tiene la lana chamuscada por la barriga.

Un buena vecindad vive en un pueblo que ha recuperado viejas tradiciones que otros abandonan. Un pueblo que trabaja en hacendera, que decide en concejo, que habla alrededor de la estufa, que arregla las casas, que pone carteles explicando la vieja fuente romana de la plaza y te despide con una gran pancarta: «Aquí sí hay quien viva».

Y, sin embargo, no les dejan ser pueblo. No figuran como tal, son un diseminado de otro, Foncebadón en este caso, un invento para no dejarles ser lo que sí son porque ser pueblo es lo que ellos hacen, con la puerta abierta y un café para los peregrinos o caminantes que hasta allí, hasta Prada de la Sierra, llegan. Como pueden porque como son el pueblo «sin papeles» ni siquiera les han hecho la carretera de acceso a ‘los diseminados’.

Y lo más triste de esta triste historia de un olvido es que no se trata de un asunto burocrático, ni de papeles o viejas leyes; el problema es tan viejo como el beben vino: la pasta. En los montes de los diseminados han sembrado molinos eólicos y los buitres han caído sobre los euros que reporta.

De momento, a nadie se la ha caído la cara de vergüenza.

Vergüenza diseminada, eso sí.
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