Publicidad
Cooperación

Cooperación

OPINIóN IR

26/07/2020 A A
Imprimir
Cooperación
La lectura de una reciente entrevista a Paul Collier, profesor de Economía en Oxford, me ha llevado a recuperar las teorías de Piotr Kropotkin, un más que interesante pensador político ruso no del todo bien considerado. El primero, al referirse a los tiempos actuales del desconcierto, afirmaba que «el capitalismo no funciona sin cooperación y mutualización». El segundo, muy a principios del pasado siglo, había matizado las ideas de Darwin acerca de la evolución humana para concluir que no sólo sobreviven los más fuertes sino también los que más colaboran, en particular las sociedades cuyos miembros saben cooperar y lo llevan a cabo. Curiosamente, esa lectura y esa revisión coincidían en el largo fin de semana en el que Europa volvía a discutir sus esencias en medio de la frugalidad y la demasía.

Aunque sus respectivos países no forman parte de la Unión, tanto el economista británico como el príncipe ruso estuvieron sentados en la mesa de Bruselas durante las «90 horas de angustia». Como lo están también habitualmente en las mesas de la reconstrucción aquí o allá, en la mesa por León y hasta en las mesas de la nochebuena. Evidentemente, a su lado siempre hay otros comensales invitados que suelen así mismo tomar la palabra, por ejemplo el propio Darwin y sus discípulos en la línea neoliberal o incluso otros más recalcitrantes de cuyo nombre no voy a acordarme. Quiero decir que el mundo se construye en gran medida a través de esa pugna, no importa la dimensión de que se trate ni la motivación que anime el debate: cooperación frente a individualismo o a la inversa. Incluso la enfermedad que nos atormenta y su evolución tienen mucho que ver con esa disputa y con los comportamientos que genera una y otra posición.

Alguien dirá que no es tan simple y tendrá razón, pero no podrá negar la mía. En todo caso, es algo sobre lo que conviene pensar para ampliar el foco de las realidades, como un procedimiento más que conveniente ante otro elemento perturbador: la superficialidad.
Volver arriba
Newsletter