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Ilustración de Luis Gómez Domingo para ‘El señor de Bembibre’. Ampliar imagen Ilustración de Luis Gómez Domingo para ‘El señor de Bembibre’.
Noemí Sabugal | 28/04/2020 A A
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El Decaleón (XVIII) La autora de ‘Una chica sin suerte’ y columnista de La Nueva Crónica, Noemí Sabugal, se suma a la creciente nómina de escritores participantes en el serial ‘El Decaleón’ con este breve relato
Las sombras y el fuego. Cuando los hombres hablan en la tiniebla, la muerte se va acercando. Siempre hay palabras que ocultan los pensamientos y acciones que los evitan. Tomemos a estos dos hombres: el joven habla de honor y valentía, pero piensa en venganza y desamor. El viejo escucha, pero asiente y no le detiene..  

Y las llamas del fuego sonríen, han visto ya morir a muchos hombres por lo mismo. Todos los fuegos son el fuego, en cualquier época y lugar. El incendio ha creado al hombre y no al revés, y así muere éste, consumido en una pira de años amontonados.  

La fragilidad de la oscuridad es la del hombre. Una vela minúscula hace retirarse a la noche, pero no hay cera que no se consuma ni día que no se acabe. Así el amor, así la esperanza, así el tiempo.

El hombre joven lo presiente y quiere combatir esta llegada. Llenarse las manos de acción, la cabeza de palabras, el corazón de deseos.

La ambición niega a la muerte. No tiene tiempo para ella.

El odio la ignora y cree que durará por siempre.

Incluso la pasión lo piensa.

Pero siempre se viene la muerte. La muerte siempre se va acercando.

El hombre viejo ya la ha aceptado. Sus palabras son pocas. Prefiere mirar a hablar. Quedarse ensimismado contemplando un bosque o un río. Pasear y observar el polvo rizado que levantan sus pies. Hay campos más allá, hay un puente, hay un barranco o una montaña. Siempre algo que ver. Por eso no duerme el viejo. El sueño se parece a la muerte y el insomnio permite vivir un poco más.

Sobre la mesa hay libros. Más palabras y ninguna respuesta.

Sobre la pared, una bandera. Siempre ha habido banderas en las paredes de la historia. Pero durante eones no hubo nada, ni historia siquiera.

Los dos hombres: el joven y el viejo, lo ignoran.

Si lo supieran, preferirían no recordarlo.

Un universo, también de sombras y fuego, les rodea. Pero no lo ven. Es una mano infinita e ingobernable que los tiene en la palma y sabe que no son nada, que pronto no estarán ahí. Ignorar su propia insignificancia es mejor para ellos que ignorar a la muerte. La muerte dice que eres alguien porque te busca. El universo, no. Para lo ilimitado no existe el amor ni la venganza del joven, no existe el insomnio del viejo.

Ni la mujer. Porque hay una mujer, claro. La que el joven querría olvidar y no puede. A ella también le gustaría. El amor siempre es una herida, incluso cuando es correspondido.

Una herida abierta que enseguida puede infectarse o escocer.

Los días de la mujer también están llenos de pensamientos, pero son días inmóviles. En la ventana, observa irse las horas y los vientos, como si no tuviera piernas o no tuviera manos. Espera que todo cambie así, sin hacer nada, porque nada puede hacer. Quizás en otro siglo, en otra vida. Ahora no. Ella tampoco sabe del universo indiferente.

Si lo supiera, se levantaría y se iría. No importaría adónde.
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