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Comunión para la vida

Comunión para la vida

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Amor, emoción, sentimiento… en las manos del alfarero, uno de los oficios de mayor tradición por estas tierras. Ampliar imagen Amor, emoción, sentimiento… en las manos del alfarero, uno de los oficios de mayor tradición por estas tierras.
Toño Morala | 21/11/2016 A A
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Comunión para la vida
Cultura Las manos y el barro han compuesto en comunión con el maestro alfarero una sinfonía de obras de arte que encierran a su vez los secretos de la sobrevivencia. Barro y arcilla moldean las formas más bellas para encerrar en su interior los bienes más preciados
Siempre me ha fascinado esa comunión entre el barro y las manos del maestro alfarero, de los alquimistas de las obras de arte en barro, los escultores más pegados a la madre tierra; barro y manos, y esa humedad y esa forma de moldear un tiempo siempre inacabado. Arcilla para la creatividad y la resistencia de la vida en tiempos donde todo dependía de las formas y maneras de esa inmensa cultura natural y muy inteligente de aquellos antepasados que tanto nos legaron, y tanto nos enseñaron; y casi nunca se escribió en la historia sobre ellos, eran los creadores de aquellas múltiples formas que daban al barro para recoger y guarecer los bienes más preciados para seguir en la vida, el agua, el aceite, el vino, las carnes y pescados… y también las especias tan ligadas al descubrimiento de nuevos mundos, de nuevas formas de entender la vida y su subsistencia. Ese legado material tan lleno de vida y de silencio de aquellas vasijas que se llenaban de la bondad regalada de la tierra para que sobrevivieran los grupos y sus generaciones.

En sus entrañas de barro guardaban el agua, el aceite, el vino, las carnes y pescadosConfieso que me daba miedo el meterme en este reportaje, por la cantidad de documentación sobre alfareros, tornos, barro, arcillas, hornos, y miles de piezas… intentaba encontrar la manera de trasladarles esa comunión entre las manos y el barro, esa emoción para ensalzar esa inteligencia natural entre ambas y no dejarlo como un mero artículo sobre los maestros alfareros al uso. No, no es esa la intención; voy a intentar llegar al fondo de ese tacto de las manos y el barro cuando se juntan y hacen una pieza tan inmensamente espectacular, que por ello, merecería la pena escribir y describir sobre esas sensaciones que la naturaleza y el ser humano saben compartir; y no hay que olvidarse de sobar el barro con los pies… ese baile cadencioso y cansado para reparar y construir la cueva que nos arropa de las inclemencias de todo tipo. La soledad de arrancarle a la tierra la arcilla o barro repartida por el planeta como si fueran fuentes de vida. Esas uñas y dedos, y manos que acarician el barro al humedecerlo, que lo amasan con la fuerza suficiente como si fuera el pan de todos los días… esa maestría de ir poco a poco haciendo las formas más comunes y necesarias, y ese olor que desprenden los diferentes barros, ese olor a humedad y tierra; ese tacto suave y aterido en las tardes frías de invierno, y ese silencio que recogen las piezas… y ese ritmo tan cadencioso del torno y el pie, como bailando una melodía… y en el entremientras, el corazón late tranquilo sabedor que el maestro alfarero sabe lo que se trae entre manos; sabe que el cuidado de la pieza le responde con la tranquilidad y el sosiego de sus manos y sus sentidos que nunca le traicionan. Esas manos que parten el pan y lo llevan a la boca con sabor a barro acariciado y que cuando acarician al niño, él mismo, acude a la caricia del barro como si fuera la mejor golosina. Aquí entra la enseñanza y la observación, entra las preguntas justas del aprendiz de la vida para seguir dando vueltas a los sueños del barro, y que por sus poros respire el agua clara allende las comarcas y regiones más dispares. Hay que oler la lumbre de escoba en el horno de piezas dejadas con la tranquilidad y vigilar la persuasión del fuego, no vaya a ser que todo el duro trabajo se vaya al traste. Y si todo sale bien, un porrón de vino y una vianda como celebración, y a preparar las angarillas para recorrer los pueblos de la dignidad y vender, cambiar, y dejar algunas piezas para que en el próximo viaje se cobren ya vendidas.

Y así queremos hoy mostrarles esa sabiduría entrelazada entre el ser humano y la tierra, el barro, la arcilla… esa mirada de la tranquilidad cuando las cosas se hacen bien… Ahí radica el éxito de la paciencia y el aprendizaje de estas mujeres y hombres que llenan sus vidas con el inmenso arte de darle forma al barro, y además tienen en su haber, el saber que lo que fabrican sirve al resto de la comunidad para cientos de cosas que aligeran el duro trabajo de la vida. Debemos reseñar aquí el artículo escrito por Rafael Navarro en 1935 sobre la cerámica de Palencia y León. Su análisis comienza aseverando la continuidad e inmutabilidad de la cerámica, que era “fabricada en los alfares rústicos, con técnicas y tradiciones primitivas, perpetuadas a través de los siglos, llegada sin grandes modificaciones hasta nuestros días”. Si la cerámica tiene una presencia constante en la vida diaria de los humanos desde tiempos prehistóricos, esa misma cotidianidad ha hecho que los alfares contemporáneos no merecieran ninguna atención ya hasta el siglo XX, justo cuando empezaba a decaer su demanda y se iban apagando sus hornos. Y cómo no íbamos a escribir algo sobre los alfareros de Jiménez de Jamuz.

Una de las localidades con mayor tradición alfarera, y ahí al lado de La Bañeza, los jiminiegos ejercieron el oficio alfarero durante siglos, vendiendo sus piezas en los mercados leoneses, pero llegando también a muchos otros puntos de la región y alcanzando mercados más alejados, en otras regiones españolas. Su cerámica vidriada, tradicionalmente cocida en los hornos árabes de leña, presenta unos característicos tonos verdosos sobre el rojo vidriado de la arcilla, proporcionados por el sulfuro de plomo. La gran variedad de sus piezas indica la amplia demanda que atendían los numerosos alfareros de Jiménez de Jamuz; entre esta multiplicidad de piezas, se puede hacer mención de barrilas, bocalejas, botijos y cántaros, todas ellas para el agua. Pero el vino tenía las suyas: mosteros, cuartillas, medios cántaros, barriles, jarras y jarros. Para la leche, tampoco andaban cortos: nateras, «lolas», ollas, queseras y jarras anchas. Y la matanza pedía las suyas: orzas, chamorrillos, «soperas», barreñones. Y algunas otras, más llamadas al campo ornamental, como el «botijo de cura». Pero Jiménez de Jamuz atendía también las demandas peculiares de cada región; así, enviaba a Galicia «cántaros de ala», «boinas» y ollas. A Benavente y Alcañices servían cántaros y otras piezas. Especialmente orgulloso se siente el pueblo de los ladrillos vidriados de que los alfares jiminiegos salieron para la construcción del palacio arzobispal de Astorga, levantado por Gaudí.

Es la historia de esa sabiduría entrelazada entre el humano y la tierra, el barro, la arcillaY en la capital, en León; al margen de la producción ollera en el entorno legionense, desde mediados del siglo XII, y de un modo más claro a partir del XIII, las fuentes documentales verifican ya, aunque sea de un modo muy limitado, la existencia de alfareros dentro de la urbe, en torno al barrio de San Marcelo. No olvidemos que este espacio albergaba las principales actividades mercantiles y artesanales de la ciudad en la época, por lo que no es de extrañar que los alfareros se encontraran allí desempeñando su oficio. Uno de ellos era el ollero Petrus Dominici, al que el testador manda se le entregue treinta sueldos. Durante la Baja Edad Media, se produce una concentración de la actividad comercial y artesanal de la urbe hacia el flanco meridional, delimitado por la Nueva Cerca construida en aquellos momentos. Siguiendo esta dinámica, la documentación constata el traslado del sector alfarero desde el barrio de San Marcelo a este espacio. El hallazgo del alfar del barrio de Santa Cruz, confirma unas impresiones que se ven reforzadas por la documentación de época Moderna. En todo este espacio de expansión urbana, aparecen restos cerámicos de semejantes características a los encontrados en aquel alfar. En cuanto a la decoración conviene resaltar el hecho de la existencia de algunos acabados que tradicionalmente se daban por desaparecidos para estas fechas tan tardías, caso de las líneas de pintura blanca, así como la identificación de varias piezas con acabados vidriados. Y así acabamos hoy, en el intento de oler a barro y admirar a estos grandes artesanos alfareros que crearon miles de piezas para que el resto de mortales tuvieran una vida mejor… y les recomiendo que vayan al barrero, recojan barro, lo amasen entre sus manos, y disfruten de esa sensación que solo el barro puede trasladar.
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