Chistes de temperatura: La tentación vive arriba

Por Ángel Suárez Corrons

Ángel Suárez Corrons
22/07/2021
 Actualizado a 09/09/2021
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En 1965 Pedro Lazaga dirigió a José Luis López Vázquez en la comedia El cálido verano del Sr. Rodríguez. Desde entonces se acuñó en España la expresión «estar de rodríguez» para referirse a los maridos que se quedan trabajando en la ciudad mientras sus esposas e hijos se van de veraneo. Las neurosis de mediados del siglo pasado no son, desde luego, las de nuestra sociedad actual, pero en aquella época las aventuras de los rodríguez dieron mucho juego. En Hollywood, el asunto cayó en manos de dos monstruos, dos criaturas prodigiosas e inmortales que han dejado una huella imborrable en el legado cultural del siglo XX: Billy Wilder y Marilyn Monroe, y el primer fruto de este encuentro de titanes fue ‘La tentación vive arriba’.

Sobre la maestría de Billy Wilder hay poco que añadir. Con una colección de seis óscar de los de entonces, un autor capaz de escribir y dirigir ‘Perdición’ (1944), ‘El crepúsculo de los dioses’ (1950), ‘Con faldas y a lo loco’ (1959), o ‘El apartamento’ (1960), es alguien cuyo talento está por encima de los géneros y de sus técnicas, y Wilder dedicó todo ese talento a denunciar el mundo en el que le había tocado vivir. El studio system, el sueño americano, la moral sexual, el comunismo, todo ello tuvo que pasar por la acerada pluma y por el genio cinematográfico de Wilder.

Marilyn se había revelado como actriz en ‘Niágara’ y había lanzado al mundo una explosiva imagen de sí misma en ‘Los caballeros las prefieren rubias’ y ‘Cómo casarse con un millonario’, las tres de 1953, además de con una espectacular aparición en la revista Playboy que le había cortado la respiración a América. Era la pin up de la década, mucho menos de lo que llegaría a ser.

Por entonces, la obra de teatro en la que se basa ‘La tentación vive arriba’ cosechaba un gran éxito en Broadway, y la 20th Century Fox había comprado los derechos para Wilder. El autor, George Axelrod, no quería que una película basada en su obra se estrenase mientras ésta seguía en cartel, pero contando con él para escribir el guión y con unos cuantos miles de dólares de por medio aceptó. Comenzó entonces la primera gran prueba por la que tuvo que atravesar la producción, la lucha contra la censura que imponía el Código Hays. Para el dramaturgo Axelrod, acostumbrado a la libertad del teatro, escribir el guión en esas condiciones suponía una tortura, pero Billy Wilder conocía las aguas en las que nadaba y supo construir unos diálogos llenos de ingenio e inteligencia. «Chistes de temperatura», lo llamaba él.

El segundo gran obstáculo de la producción fue la propia Marilyn, la pesadilla de Wilder. Llegaba al set de rodaje con horas de retraso y en ocasiones era incapaz de memorizar sus frases. Aún no había comenzado su declive y ya tenía un ejército de psiquiatras, psicoanalistas e hipnotizadores a sus espaldas. Con todo, volvió a contar con ella en Con faldas y a lo loco (1959). A pesar de haberse revelado como un magnífico director de actores, a pesar de haber trabajado con estrellas como Barbara Stanwyck, Gloria Swanson o Audrey Hepburn, Wilder quedó fascinado por la espontaneidad y la energía que Marilyn Monroe desprendía en ese tipo de comedia: «Cuando se sabía el texto era absolutamente perfecta, perfecta con el tiempo, la modulación de la voz, distinguía muy bien la broma, no era diletante. Lo llevaba innato. Puedes trabajar con cincuenta actrices, algunas mejores que otras, con más técnica, pero ninguna la superaba».

Al lado de Marilyn, es casi imposible que brille nuestro Sr. Rodríguez de Manhattan. George Axelrod se lamentaba a medias de ello. En su obra teatral, la comedia gira en torno el protagonista masculino, incluso la versión cinematográfica cuenta con largos monólogos y exhibiciones cómicas individuales del rodríguez Richard Sherman (Tom Ewell), pero en la pantalla Marilyn lo invade todo y se come a su partenér. Se conservan las pruebas de casting que un joven Walter Matthau realizó para la película, habría sido un duelo interesante, pero la productora no quería a un actor novato, así que se decidieron por Tom Ewell, que había representado la obra de teatro en cientos de ocasiones.

‘A La tentación vive arriba’ debemos uno de los iconos culturales más significativos del siglo XX, el momento en el que Marilyn se refresca con la corriente del metro de Nueva York, que levanta su falda. La escena se repitió más de cuarenta veces en la Avenida Lexington, pero finalmente tuvo que rodarse en estudio porque miles de mirones, premeditadamente citados por la Fox para publicitar la película, no dejaban de silbar y gritar. Joe DiMaggio, con quien Marilyn acababa de casarse, está presente en el rodaje y pasea con cara circunspecta, mientras ella sigue sonriendo a la cámara y a los futuros amantes del pop art entre los aleteos de su falda. Esa noche tienen una fuerte discusión y comienza la crisis del matrimonio. Es duro estar casado con la sex symbol del siglo. Para el estreno, la Fox coloca en la fachada del cine una imagen de Marilyn, con la falda levantada hasta los hombros, de 16 metros de altura. DiMaggio la acompaña y sonríe a los periodistas. Poco después se divorcia a los nueve meses de la boda.

La tentación vive arriba no es la obra maestra de Billy Wilder, pero sigue funcionando, especialmente si uno tiene la ocasión de verla con alguien con quien lleve casado más de siete años. Da la sensación de que la dificultad de tener que sortear los cánones de la censura excitaba el ingenio de Wilder, él mismo se quejaba de la falta de creatividad del cine que vendría: «Hoy día hacen películas con cuerpos desnudos que se revuelcan, hay que averiguar si uno está viendo un pecho o la rodilla de él, no se distingue nada porque forman un pretzel». Veamos, por el contrario, como Wilder nos presenta en su película a «la chica», ese personaje que no tiene nombre porque ni siquiera es realmente un personaje, sino la sublimación de la fantasía del hombre casado. Marilyn está asomada al balcón con los hombros desnudos. Un atónito Sherman la invita a bajar a tomar una copa en su apartamento, y ella acepta enseguida: «Voy a la cocina a vestirme». «¿A la cocina?». «Sí», contesta la chica con inocente espontaneidad, «¿Sabe lo que hago cuando hace este calor? Pongo mi ropa interior en el congelador».

Seis décadas más tarde, cuando es casi imposible hacer un chiste sin que algún grupo social, racial o sexual, arme una escandalera y ponga en pie a una censura mucho más férrea que la del Código Hays, necesitaríamos genios como Billy Wilder, capaces de reírse del sistema desde dentro como él hizo. Por desgracia, ni tenemos genios, ni el sistema los admitiría.

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