Chiquito

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OPINIóN IR

13/02/2020 A A
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Chiquito
Los jugadores del equipo de baloncesto del Andorra han colgado un vídeo maravilloso, animándose ante la celebración este fin de semana de la Copa del Rey. Empieza con un «no somos un equipo pequeño, somos un equipo Chiquito», y termina con el mítico, «hasta luego Lucas». Ya habréis adivinado que es un homenaje a ‘Chiquito de la Calzada’, dándose la casualidad de que este evento se jugará en Málaga, patria chica del humorista. Es desternillante ver a unos tipos enormes, algunos más negros que el betún y que hablan español muy malamente, rememorando los chistes del andaluz. Hacen, al menos, tanta gracia como cuándo los contaba su creador, sino más. Va a ser cierto aquello de que el humor no tiene fronteras.

Un chute de simpatía y de empatía es lo que necesita, urgentemente, nuestra sociedad, amargada como está de soportar riadas, carestías y crisis más o menos periódicas. Si a esto añadimos que ya no respetamos ni a los muertos, que las redes sociales son campo abonado para los desequilibrados, que el odio es la argamasa que une a muchas personas que no son capaces de soportar que alguien piense distinto a como lo haces tú, el diagnóstico de la sociedad es aterrador. El odio se conoce por su olor, parecido al del azufre, por su color, rojo chillón y porque no hace prisioneros. Utiliza a los tontos útiles, habitualmente gente inculta, indocumentada, pasto de presidio, para sembrar la cizaña que estropea los cimientos de la sociedad. Se da en la política, (quién no piense como yo es un fascista), en el fútbol, (los del Barcelona son todos unos separatistas hijos de puta), en la cultura, (abriendo brechas en la conciencia de los ‘intelectuales’), o en el trabajo, (mira lo pelotas que es ese cabrón).

El domingo murió Gistau. Como ya dije una vez en estas mismas líneas, podrías estar de acuerdo con lo que escribía, o no estarlo, pero ¡joder!, que bien escribía. Faltó tiempo para que la misma noche del domingo mucha gente, (por llamarlos de alguna manera), se explayase alegrándose de su muerte, llamándolo fascista, colaborador de otro fascista, (Carlos Herrera). «Un hijo de puta menos», resumió un hombre que, por lo que escribe, tiene que estar muy amargado. Seguramente ese mismo tipo jamás leyó ni un artículo ni un libro de Gistau. Aun así, se creyó con el derecho de emborronar su memoria, ofendiendo a su familia y a sus amigos. Es lo mismo que ocurrió cuando un torero cayó muerto en la plaza de toros de una cornada. Muchos animalistas, muchos animales, hicieron escarnio del pobre hombre llamándole de todo menos guapo y alegrándose de su muerte. Y no pasa nada. Tenemos que proteger a la libertad de expresión, último reducto de la democracia...

No, no creáis que sólo están locos los rojos...; los del otro lado son, al menos, tan esquizofrénicos y tan malas personas como ellos. Hice muchas horas en ‘La Farola Roja’ esperando a una persona que trabajaba al lado. Paco, el alma del establecimiento, el mejor camarero que conocí en mi vida, me acogía siempre con una cerveza bien fría, una sonrisa y una conversación extraordinaria. Paco tenía muchas cosas que contar puesto que había vivido mucho en poco tiempo. Paco es lo más parecido al santo Job que he visto en mi vida. Su clientela era muy de derechas, burguesa, satisfecha, impaciente, con los dos puntos de soberbia que da el saber que tienes la cartera hinchada de dinero. Cuando pedían algo, tenían que ser servidos inmediatamente; no aceptaban esperas. Pedían ‘gintos’ de los caros, güisqui de reserva o vino de las grandes marcas de la Rioja o de la Rivera. Paco, que tenía el punto malvado de los de Corea, de vez en cuando, les daba gato por liebre y les atizaba un güisqui de la traía o un honesto vino del Bierzo o de los Oteros y ellos, entre grandes algaradas, le decían: «Joder, Paco, que bueno está. Con esta gasolina van a correr como corrían los rojos huyendo de Teruel y lo que correrán cuando llegue la segunda ola...» Ellos también estaban preparando la revancha para vengarse de los años de gobierno del señor Papes, alías Zapatero. ¿De qué tenían que vengarse? Ni ellos mismos lo sabían. Solo tenían claro que, cuando les volviese a tocar a ellos, a los herederos del espíritu del General, a los nostálgicos de la camisa azul y el brazo en alto, los ‘otros’ se iban a enterar de lo que vale un peine. Toda aquella gente, en la actualidad, seguro que vota a Vox y que odian cordialmente a todo el resto del espectro político que quede a su izquierda; o sea, a todo el resto de la humanidad.

Por suerte, todavía nos queda Santa Isabel. Si hubiera justicia, estaría lleno de todos esos majaderos.

Salud y Anarquía, Gistau; saluda a Chiquito de mi parte.
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