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Chernóbil, ciudad de vacaciones

Chernóbil, ciudad de vacaciones

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Sofía Morán de Paz | 06/10/2019 A A
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Chernóbil, ciudad de vacaciones
A debate Por Sofía Morán de Paz
A la 01:24 del 26 de abril de 1986, el Reactor Cuatro de la central nuclear Vladímir Ilinch Lenin, más conocida como Chernóbil, saltó por los aires. Dos explosiones consecutivas que dejaron al descubierto las entrañas del reactor, y que lanzaron toneladas de material radioactivo a la atmósfera.

Nadie fue evacuado hasta dos días después de las explosiones. Mientras, el ejército se ocupaba de las labores de limpieza con unos ridículos guantes como única medida de protección, ridículos e ineficaces, ya que la mayoría de ellos terminaron por apartar los desechos radiactivos con las manos desnudas.

Tres días después del colapso, las alarmas sonaron en una central nuclear sueca. Fue entonces cuando los responsables soviéticos decidieron hacer público lo ocurrido con un escueto «se ha producido un accidente», siempre fieles a la estrategia del secretismo y la negación, señalando así uno de los episodios más negros que puede recordar la humanidad.

Todos conocemos la historia, quizá no tanto los detalles. Hasta ahora.

Han pasado más de tres décadas, pero gracias a la exitosa serie de HBO, hoy Chernóbil vuelve a ser el foco de muchas miradas.

Una serie discreta, con una promoción pequeña, que se ha convertido en un éxito totalmente inesperado, gracias al siempre efectivo boca a boca. Si no la han visto, sin duda alguien les habrá hablado de ella. Tras su estreno en España, el pasado mes de mayo, las redes sociales se deshacían en halagos y críticas excelentes.

Así que, sí, Chernóbil está de moda, y son muchos los operadores turísticos que se han apuntado a rentabilizar el asunto.

A pesar de la radiación que aún permanece en la zona, los turistas llegan en masa de todo el mundo, casi unos mil al día desde que HBO estrenó su serie. Un tour desolador por los pueblos fantasma ubicados alrededor de la central nuclear, lugares congelados en el tiempo. Una de esas experiencias que sin duda deben de cortarte la respiración. O no. Porque como ustedes ya saben, la estupidez humana no tiene límites.

En los últimos meses, las redes sociales se han inundado de fotos con poses ridículas y selfies poniendo morritos en los lugares más emblemáticos de la tragedia. También vídeos de YouTube de jóvenes que muestran su viaje como si estuvieran en Disney World, con esa actitud de «jo tío, que fuerte, mira que pasote», regadas de emoción, divertimento y risas ahogadas. Turismo de postureo en busca del ‘like’. Comportamientos irrespetuosos y vergonzantes, que banalizan con el horror y convierten estos lugares en una especie de circo.

El 20 de marzo de este mismo año, la cuenta oficial de Twitter del museo en memoria de Auschwitz, en Polonia, publicaba lo siguiente: «Recuerde que está en el sitio donde murieron más de 1 millón de personas. Respete su memoria. Hay mejores lugares para aprender a caminar sobre una barra de equilibrio que el sitio que simboliza la deportación de cientos de miles de personas a su muerte».

Y yo me pregunto qué coño se nos pasará por la cabeza, cuando decidimos publicar una imagen nuestra, mientras sonreímos a cámara haciendo equilibrios por los raíles donde se hacinaban miles de personas en los trenes del horror.

Pinchen en el buscador de sus redes sociales #Chernóbil o #Auschwitz y sabrán de lo que les hablo. Cientos de fotos idénticas, con ese aire despreocupado y divertido. Turistas que se retratan frente a una montaña de zapatos de quienes perdieron la vida en las cámaras de gas, selfies en la morgue de Chernóbil, y poses imposibles en el Memorial del Holocausto de Berlín.

Hemos perdido el oremus, señores míos. El narcisismo nos invade, se hace dueño de nosotros, nos hemos convertido en trozos de carne con ojos, incapaces de sentir algo parecido a la empatía, la sensibilidad o simplemente la capacidad de mostrar respeto.

Malos tiempos para la lírica… y el sentido común.

Sofía Morán de Paz (@SofiaMP80) es licenciada en Psicología y madre en apuros
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