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Charcos helados

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21/01/2018 A A
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Charcos helados
Mi infancia son recuerdos de un patio... del colegio público Antonio González de Lama del que salíamos en estampida en cuanto sonaba la sirena para ir a esperar a las chicas de La Filial. Frente a su puerta había un enorme charco que en invierno se helaba y se convertía en una precaria pista patinaje en la que practicar precarias formas de cortejo, tan poco sutiles como empujones, zancadillas y caídas en masa. Al final, entre el montón de piernas y brazos, no se sabía si estábamos ligando o celebrando el gol de Señor contra Malta. Luego llegaba la primavera, las hormonas se nos agitaban pero el hielo se deshacía y nos quedábamos mirando de lejos a la chicas de La Filial, sin encontrar excusas para el roce, fumando cigarros robados para hacernos los interesantes. Después todo fue a peor, claro: como nosotros, la distancia también fue creciendo y empezamos a fumar sin más motivos que nuestra innata subnormalidad. El de resbalar por los charcos helados ha sido uno de los juegos infantiles más tradicionales de los leoneses, en esos días que aquí amanecen con una luz helada y limpia y convierten las sombras en maravillosas atracciones. Como sigo siendo un yogurín, no puedo decir aquello de que ya no hiela como helaba, pero lo que sí ha cambiado es la tolerancia ciudadana a los charcos helados. El crecimiento de la ciudad, la renovación de los pavimentos y la cercanía de las elecciones en forma de sobredosis de sal han dejado a los chavales sin pistas donde entrenar para los Juegos Olímpicos de Invierno. Hay que tener en cuenta que vivimos en una ciudad en la que cientos de voluntarios se ofrecen a quitar la nieve del campo de fútbol para que se pueda disputar un partido de la Cultural pero, si encuentran un charco helado en su calle, pronto amenazan con denunciar al Ayuntamiento. Cada uno puede espalar lo que quiera, claro, y protestar por lo que le dé la gana. Es lo que tienen la libertad, esa palabra que, por lo general, cuanto más se pronuncia, cuanto más se te llena la boca al pronunciarla, menos se ejerce. En algún cajón de la RAE deben de almacenarla junto a la igualdad, la tolerancia, la solidaridad y el respeto, supongo que en el apartado de recursos fáciles para discursos comprometidos. Para no patinar en los charcos, a fin de cuentas. En un apartado especial tendrán la independencia, pues se trata de una palabra que últimamente resulta extremadamente peligrosa porque se ha ido convirtiendo en un charco en sí misma. Temerán que si la pronuncias tres veces seguidas te aparezca Puigdemont en videollamada. Pero el concepto de independencia debe ir más allá. Resulta curioso que son muchos los que la interpretan como decir lo que me da la gana cuando me da la gana... aunque primero haya dicho una cosa y luego la contraria. Y eso, aunque te creas muy independiente, es ser un perfecto cretino. También los hay, como Rosa Valdeón y Tino Rodríguez (gran máster en pisar charcos), con sus brotes de valentía en sus declaraciones sobre el pacto entre PP y PSOE para taparse las vergüenzas en el gran charco de las cajas, que interpretan la independencia como la parte final del refrán que empieza con «para lo que me queda en el convento...». Lo bueno de que los charcos se congelen es que no salpican. Los políticos lo agradecen, porque prefieren asumir el riesgo de resbalar. Además, los charcos helados tapan toda la mierda que hay debajo. Aunque dice el maestro Francisco Flecha que luego, como el dinosaurio, sigue ahí.
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