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Cataluña nos afecta

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14/09/2017 A A
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Cataluña nos afecta
El proceso iniciado por las fuerzas independentistas de Cataluña hace correr ríos de pasión por las conversaciones de bar y los medios de comunicación. Eso impide evaluar y ordenar con sentido común las razones que asisten a este debate y que son aplicables a otros casos de discusión territorial –cada una con sus matices–.

Se dice que los catalanes quieren la independencia y no es verdad, porque todos los sondeos han dejado por debajo del 50% el número de partidarios sobre la población total. En este sentido, un proceso constituyente (para realizar una secesión o crear un nuevo estado) democrático debería contar con un apoyo sustantivo (dos tercios, tres quintos…), que garantice la continuidad a pesar de las circunstancias. Si no es así y se pretende forzar la independencia, estamos ante un golpe de estado. Da igual que se juegue con el número de parlamentarios, porque eso no vale para un proceso constituyente legítimo. Solo pueden contar los votos directos de los ciudadanos.

Sobre este particular hay que decir que en Cataluña el independentismo se ha hecho con casi todos los resortes del poder y ha condicionado a los medios de comunicación. En esa coyuntura el independentismo no ha sido capaz de alcanzar el 50% de apoyos ni de sacar en la Diada –con el ánimo por las nubes– más de un millón de manifestantes en un territorio con casi 7,5. Si ahora los independentistas no sacan más, ¿qué apoyo habrá cuando tengan menos recursos? Que nadie dude que, si el 75% de los catalanes apoyasen la independencia, los sucesos serían muy diferentes y la disposición internacional también, pero no es el caso.

Por otra parte, la argumentación económica independentista tiene fundamento en las condiciones actuales, pero no en otras. En Cataluña hay una actividad económica mayor que en otras zonas de España. Sin embargo solo se justifica gracias al papel de Barcelona como sede de empresas multinacionales en España. Si esa región se segrega, muchos otros territorios españoles querrán alguna de esas sedes. Y llegados a una secesión unilateral sin negociación –como la que se pretende en Cataluña, ya que el referéndum es una cortina de humo, y las leyes de desconexión y órganos de desconexión están previstos– se llegaría al bloqueo económico desde España y la UE a fin de recuperar las sedes empresariales. Al fin y al cabo el resto de España es el mayor consumidor de los productos catalanes, así que el papel de Barcelona, donde cientos de miles de nóminas se pagan gracias a las ventas en otras zonas del país, se debilitaría rápidamente. Y Cataluña sin Barcelona es poca cosa.
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