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Catálogo de sueños rotos III

Catálogo de sueños rotos III

EL BIERZO IR

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Casimiro Martinferre | 23/08/2015 A A
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Catálogo de sueños rotos III
Serial Territorio Tras el debate, una performance. De inspiración bíblica, la moraleja pudiera ser el indiscutible dominio femenino sobre el hombre, aunque parezca que pinten poco.
Treinta mujeres, treinta, a las cinco de la tarde. Sólo mujeres. Treinta treintañeras aunando esfuerzos en la galería, montan una muestra colectiva. La unión hace la fuerza, a ver si lo que no ha logrado cada una de ellas por sí mismas, lo arreglan entre todas juntas. Cosa difícil, pues el arte es un gorila hermano siamés del egoísmo, o si se prefiere una vieja maricona de egocentrismo recalcitrante.

Simposio de género. Como actividad complementaria, mesa redonda para debatir sobre el mercado del arte contemporáneo. Quieren reivindicar, sentar bases, desterrar la segregación, alcanzar la igualdad entre sexos (cuotas expositivas al 50 %), democratizar. Inserción por ley de féminas artistas en el negocio. Integración versus discriminación, apertura versus cierre, creador versus obra comercial. Guerra sin cuartel por la visibilidad de la mujer en los museos. “Si con treinta años nadie te conoce, ya no tienes remedio”, porque claro, pasa la vida, tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida. Quieren más normas, más condiciones, más criba, (emana tufillo de prohibir acceso a quien le falte titulación). Sin comentarios respecto a primar el don, el ingenio, vengan de donde vengan; tampoco al hecho de que prácticamente la totalidad de galerías sean dirigidas por mujeres, o que el conjunto de la educación y por tanto el futuro estén en manos de mujeres. Algo chirría.
Tras el debate, una performance. De inspiración bíblica, la moraleja pudiera ser el indiscutible dominio femenino sobre el hombre, aunque parezca que pinten poco.

Oscuridad absoluta en la sala, disuelta por el potente foco que ilumina a la intérprete yaciendo en un lecho de lana blanca. Pelirroja, de curvas rotundas, embutida en un mono de malla negra y escamas de áspid. Seguí fácilmente el argumento del mimo, escenificado con sencillez, gracia natural, hasta que la performer dio rienda a las acrobacias gimnásticas. Entonces perdí el hilo, sumiéndome ora en la mata de fuego, ora en los ojos color miel, en los vibrantes senos a pique de rebosar, en la pelvis descoyuntada hasta el grito. Sí recuerdo que al final alzó por los pelos, muy satisfecha, la cabeza decapitada de Holofernes. Bien hubiera podido ser la mía, de sospechar la artista el machismo de las cavernas que cargo en los genes sin comerlo ni beberlo. Deseé adquirir la composición entera, incluido el colchón.

Luego un corro creativo de visiones apocalípticas propiciadas por el porro marroquí. Brochazos aleatorios en el papel, como alienígenas de lo inclasificable, alumbraron industria que necesitó folio explicativo. Calderos de acrílico lanzados sobre el inocente lienzo, a tumba abierta. Palabras sin sentido garrapateadas en la pared. Vorágine de escupitajos en acuarela.

Títulos manidos, la inercia de las tendencias, lo trillado. Detalles técnicos aprendidos en Instagram. Ni pasión ni entrega. Ni presidio ni ataúd, ni epitafio ni canción. Ni zozobra ni crimen, sí homicidio.
Lágrimas anhidras de hiposulfito sódico.


Bembibre, junio de 2010.
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