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Castrillo de Cabrera

Castrillo de Cabrera

OPINIóN IR

14/07/2019 A A
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Castrillo de Cabrera
Los políticos prometen, prefiguran, predican y vienen a ser esencialmente eso: personajes que cacarean y ensalzan, que presumen, que se ponen medallas. O bandas. O vendas. Lo que sea menester con tal de dejar a salvo lo que más les importa: su ego incorregible. Con algunas, pocas, excepciones.

Los políticos de la provincia de León, como los de todas las provincias, andan por ahí con sus catálogos de mejoras, de proyectos, de edificios, de servicios, de maleficios conjurados, de beneficios alcanzados. Para el pueblo. Para la gente. Para la ciudadanía. Para todos, dicen.

Pues bien, 57 años después de que el escritor berciano Ramón Carnicer recorriera la comarca de la Cabrera, que se encontró convertida en un erial del olvido y la miseria, habitado por gentes abandonadas, enfermas en muchos casos, sin esperanza ni alegría, 57 años después de aquel viaje que daría lugar a uno de los libros más ardientes, veraces y dolorosos que se publicaron en España en la segunda mitad del siglo XX, sucede que el ayuntamiento de Castrillo de Cabrera, el más desdichado de la provincia entonces y ahora, sigue sin una carretera digna de tal nombre.

¿Cómo es posible que unos paisanos nuestros tengan las comunicaciones propias de las aldeas del Pamir? ¿O de las polvorientas tierras del Sahel, dicho sea con todos los respetos? ¿Qué falacia es esa de que los gobernantes, ahora, van a luchar para evitar la despoblación de la ya célebre España Vacía (e irrecuperable por otra parte)? ¿A quién quieren engañar?

La Cabrera, en su zona más abrupta, justo la del municipio de Castrillo, sigue siendo un lugar remoto, casi inaccesible, melancólico y doliente. Es insólito, y también indignante, lo que sucede. Pero es la realidad. Detrás de las palabras rotundas y nada fecundas de los personajillos esos que andan por las oficinas provinciales con sus cartapacios, sus planos y sus facturas del restaurante, sucede que una tierra leonesa tiene una carretera propia de la Bolivia más aislada, de sus vericuetos más agrestes, de sus barrancos más amenazadores. Así están las cosas al otro lado de los discursos y las ceremonias del poder. Así están año tras año. Al final de una carretera cuya calzada no llega a los tres metros de anchura, de trazado tenebroso, y que bordea barrancos de muchos centenares de metros.

La Cabrera de Ramón Carnicer perdura en el tiempo actual. Y luego dicen que los pueblos se quedan vacíos. Lo que se quedan es muertos. Pero muertos en vida, que aún es peor.
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