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Casarse y equivocarse

Casarse y equivocarse

OPINIóN IR

06/10/2015 A A
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Casarse y equivocarse
Decía Sócrates que «el que no se casa se equivoca y el que se casa también». Sin embargo, seguro que hay mucha gente felizmente casada que de ninguna manera se da por aludida. A quienes desde niños hemos tenido la suerte de tener unos padres que se han querido y respetado, en principio nos ha costado entender que pudiera haber tantos matrimonios infelices y fracasados, pero cada día que pasa hemos ido viendo cómo por doquier y donde menos se espera hay muchos hombres y mujeres que no han tenido la suerte de encontrar en el matrimonio esta felicidad y estabilidad emocional que sería de esperar.

La Iglesia no admite el divorcio en la legislación canónica, por eso de que «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre», pero entiende que en algunos casos Dios no ha podido bendecir uniones que no cumplen los mínimos requisitos para la celebración de un matrimonio válido, y por eso admite la posibilidad de declarar nulas dichas uniones. Igualmente es consciente de que, aun no siendo nulo el matrimonio, hay parejas que se acogen a los efectos del divorcio civil e incluso inician una nueva relación. Como ha dicho recientemente el Papa, estas personas no están excomulgadas y no se les puede dejar de atender. Ciertamente cada caso es diferente y no todas las personas que deciden romper con su cónyuge son igualmente culpables. Resulta fácil constatar que en este tema entre el ideal y la realidad hay un abismo y que, de una u otra manera, se produce mucho sufrimiento, tanto entre los miembros de la pareja como especialmente en los hijos.

Precisamente durante estos días se está celebrando en Roma, en su segunda fase, el Sínodo de los Obispos, que aborda el tema de la familia. No pretendemos ahora aventurarnos a sacar las conclusiones, pero sin duda ha de dejar muy claro que el matrimonio entre hombre y mujer, uno e indisoluble, marcado por el amor, la fidelidad y la apertura a la vida, nunca podrá pasar de  moda. Al mismo tiempo, sin restar importancia a la belleza y grandeza del matrimonio, deberá tratar con misericordia a quienes no han tenido la suerte de vivir esta gozosa realidad.
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