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Carné de manipulador de hijos

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12/07/2018 A A
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Carné de manipulador de hijos
Con más asiduidad de la deseada nos topamos cada cierto tiempo con historias de padres e hijos que parecen sacadas del ‘Libro Guinnes de los Bulos’, pero que son tan reales como las vacaciones pagadas de las que está disfrutando uno de los cuñadísimos de España en un resort abulense. La verdad es que no hace falta tirar de hemeroteca para recordar casos mediáticos en los que queda de manifiesto la irresponsabilidad de algunos adultos a la hora de educar a su prole. Por desgracia, todos conocemos en primera persona ejemplos que sirven de base teórica en la que se apoya la afirmación no políticamente correcta de que no todas las personas deberían poder tener hijos. Es más, por mero porcentaje me atrevería a decir que más de uno de los que ahora están leyendo esta columna está dentro de ese grupo de adultos que deberían poder hacer millones de cosas con sus vidas, pero nunca ser tan insensatos de adentrarse en la arriesgada aventura de ser padres.

Los extremistas en la defensa de la libertad individual me aporrearán diciendo que nadie puede ni debe limitar la decisión de una o dos personas de traer a un hijo al mundo. Los extremistas religiosos rebatirán mi afirmación descargando en Dios la responsabilidad de si una mujer se queda embarazada o no. Y así sucesivamente irán apilándome argumentos pretendiendo cubrir mi razonamiento, el que soy consciente que es áspero y duro de decir y de escuchar. Pero a veces, ciertas verdades incómodas son las que más cuestan exponer públicamente y ser escuchadas.

Buscando puntos en común, todo el mundo estará de acuerdo en que educar a un hijo es una de las responsabilidades más importantes de un ser humano. Sobran los adjetivos cuando se quiere definir lo difícil y a la vez hermoso que es contribuir a que un bebé cubierto de placenta se convierta con el paso de los años en una persona con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y sus errores. Por lo tanto, nadie me podrá negar que ante esta tarea titánica no todo el mundo cuenta con las actitudes y aptitudes necesarias. Todos tenemos limitaciones y no pasa nada por reconocerlo. Pero una cosa es tener una limitación para realizar una tarea sin importancia y otra es que dichas limitaciones tengan que ver con la educación de un hijo.

Es curioso que en una sociedad en la que hace falta tener un carné para todo, no se pida uno que indique que su propietario cumple unos mínimos para ejercer de padre o de madre. No estoy diciendo que para engendrar y educar a un hijo haya que ser científico de la Nasa. No estoy hablando de inteligencia ni de clase social, estoy hablando de valores como por ejemplo el respeto, sin los cuales la educación de un niño pasa de ser una aventura a una película de terror. Con un simple test psicotécnico y con la revisión del historial de cada individuo no haría falta un jurado formado por catedráticos para saber si una persona va a ejercer correctamente sus obligaciones como progenitor.

¿Por qué es obligatorio sacarse el carné de conducir? Pues para garantizar unos conocimientos mínimos que reduzcan al máximo que esa persona pueda provocar un daño a otra mientras conduce. ¿Y es que un menor educado en la violencia o en el odio no puede hacer igual o más daño a un tercero que el que pueda derivarse de un accidente de tráfico? Para tener un arma o ser dueño de ciertas razas de perro hace falta un examen. Para ejercer una profesión también se necesita un título. Incluso para manipular alimentos en un bar o restaurante también es necesario un carné. Pero por lo visto, tener y educar a un hijo debe ser tan nimio y sencillo que todo el mundo está capacitado para ello, sin importar las consecuencias individuales y colectivas que acarrea una mala praxis en este sentido.

No hay más que fijarse un poco a tu alrededor para ver niños tiranos, niños sin ningún tipo de respeto por nada ni por nadie, niños egoístas, niños sin educación… niños que no tienen la culpa de haber tenido unos padres que no estaban preparados para serlo, pero que algún día serán adultos, y no hace falta ser muy inteligente para adivinar cómo ejercerán de padres si llegado el momento lo son. Y así seremos testigos de excepción de la involución humana, que sólo se detendrá cuando se oficialice el carné de manipulador de hijos.
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