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Carbón y más (XXXVI)

Carbón y más (XXXVI)

OPINIóN IR

23/06/2015 A A
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Carbón y más (XXXVI)
La primera vez que vi un cadáver fue en el colegio que la empresa minera tenía para los hijos de los trabajadores. Yo tenía siete años, y al llegar a la escuela, el patio estaba lleno de gente y todos mis compañeros de clase vestían con ropa oscura, igual que la que me había puesto mi madre esa mañana. No me extrañó, ya que normalmente todos los niños vestíamos casi igual, porque el economato minero no tenía mucha variedad en la ropa que vendía.

Lo que si me extrañó fue no ver al director de la escuela plantado en la puerta, con su traje azul oscuro y su corbata negra, repartiendo capones aleatoriamente entre todos los niños que íbamos entrando de forma ordenada, en largas filas que ocupaban la calle, atravesando las vías por las que el tren bajaba a dejar mercancía al economato que había frente al colegio.

El ya hacía años que estaba jubilado, y que no daba clase, pero seguía siendo el director y ejercía con orgullo un cargo que nada tenía que envidiar al del alcalde, el cura o el médico, aunque todos ellos ocupaban un escalón inferior al del ingeniero director de la empresa, al que generalmente debían su cargo.

Cuando el timbre sonó puntual como cada día, comenzamos a avanzar de forma ordenada, en un ritual ya establecido, primero los más pequeños y luego los mayores. Los de los cursos inferiores seguíamos a nuestras maestras , como los pollos a las gallinas, con la única referencia de aquellas mujeres entregadas, que dedicaban su vida a enseñarnos que había otro mundo distinto a la mina y que hablaban orgullosas de los alumnos que habían logrado escapar del abrazo negro y ser alguien importante lejos de aquel valle.

Después de rezar un padrenuestro, la maestra nos mandó sentarnos en los pupitres y esperar a que ella volviese, porque esa mañana no habría clase. Cuando salió, entró para cuidarnos la señora de la limpieza, con su bata azul impoluta y su bayeta blanca como la nieve, que siempre llevaba en la mano. Era una mujer extraordinaria, siempre limpiando, sin molestar, sin hacerse notar, como una sombra tenue recorriendo invisible todas las estancias de la escuela.

Como el resto de mujeres que se encargaban de la limpieza en la empresa, ella también llevaba escrito en los ojos la tristeza eterna de las viudas jóvenes que la mina provocaba cada año. Nada compensaba la muerte temprana del marido, pero al menos la oportunidad de trabajo que iba asociada a esa perdida, servía para sacar adelante a la familia de una forma digna.

Aprovechó, como hacía siempre que se quedaba a solas con nosotros, para recordarnos que fuéramos buenos, que obedeciésemos a los maestros y que no gastáramos mucho papel higiénico en los servicios, porque luego le reñían a ella los ingenieros.

La puerta se abrió y la maestra, ya de vuelta, nos pidió que saliéramos y la siguiéramos en fila para despedirnos del director. Avanzamos despacio y en silencio por el pasillo azulejado hasta la biblioteca. Habían retirado la gran mesa de madera que ocupaba el centro de la sala y en su lugar había un ataúd de color marrón oscuro. Fuimos desfilando despacio alrededor de aquella caja, custodiada por el resto de profesores, en la que reposaba, con su traje azul oscuro y su corbata negra, el director del colegio. Tenía las manos entrelazadas, los ojos cerrados y una expresión tranquila que asomaba a su rostro, ya con cierto color amarillento.

El día anterior, cuando en la cola de entrada al colegio, un niño protestó porque ‘Rosarito’, hija de uno de los ingenieros, se le había colado, el director le plantó una sonora bofetada y le dijo, ‘Doña Rosario’. Miré al director, recordé aquella escena y no entendí nada de eso que llamaban muerte.
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