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Carbón y más (XXXIII)

Carbón y más (XXXIII)

OPINIóN IR

12/05/2015 A A
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Carbón y más (XXXIII)
De todos los nombres posibles: ascensor, montacargas, elevador… tuvieron que escoger precisamente jaula.

Recuerdo muy bien el primer día que me monte en la jaula del pozo minero. Tenía dieciocho años recién cumplidos y había pasado los dos últimos meses nervioso porque no recibía la contestación de la empresa a mi solicitud de trabajo en la mina. Mi padre había entrado a trabajar en el pozo con dieciséis años y mi abuelo, su padre, con apenas catorce.

La explanada que acogía el imponente castillete de hierro remachado, era un hervidero de trabajadores y yo me sentí un extraño entre todos aquellos hombres uniformados con su mono azul, sus botas de goma negra y su casco blanco coronado por un foco que aún permanecía apagado.

Me quedé en un rincón observándolos. La mayoría formaba corrillos, hablando entre ellos e incluso bromeando con lo que les esperaba a lo largo de la jornada. Casi todos tenían un cigarrillo encendido en los labios o sujeto entre los dedos, ya amarillentos por la nicotina. El médico de la empresa se enfadaba mucho cada vez que alguien le decía que el humo del tabaco era el mejor remedio para ablandar el polvo del carbón de los pulmones y que estos no se endureciesen tan pronto. Pero nada podía hacer en contra de una teoría tan antigua como aquella mina.

Me llamó la atención que de vez en cuando, alguno de ellos dejaba la conversación, olvidaba el cigarro, y se quedaba absorto mirando hacia el cielo durante un largo rato. Estaba amaneciendo y en el cielo azul todavía se transparentaban muchas estrellas remolonas, en una extraña mezcla de noche y día. Hasta ese momento yo nunca había sido consciente de lo valioso que es el cielo como referencia de vida. En unos minutos dejaría de verlo durante muchas horas o quién sabe si para siempre. Por eso entendí las miradas perdidas de aquellos hombres hacía lo alto, con la idea de atrapar un trozo de aquel cielo azul antes de hundirse en la oscuridad.

La sirena estridente que anunciaba la entrada de un nuevo turno al trabajo me sacó de mis pensamientos y me hizo bajar la cabeza y olvidarme de mi trozo de cielo, el que estaba justo encima de la montaña, muy limpio, sin ninguna nube.

Todos se pusieron en marcha, entrando rápido a la jaula, hasta que esta se llenó y quedaron atrapados detrás de una gran verja que se cerró de pronto. La jaula se movió lenta hacía el interior dejando a la vista un nuevo compartimento vacío al que siguieron entrando mineros.

Yo me quedo solo, en mitad de la plaza, mirando aquel ataúd metálico en el que se iban apretando los mineros, hasta que un empujón y un insulto del capataz me hicieron reaccionar y salir corriendo para ocupar el único hueco que quedaba libre.

Las rejas volvieron a cerrar la jaula, dejando sus barrotes a pocos centímetros de mi cara. El chirrido de las poleas comenzó a caer desde lo alto y todo empezó a temblar bajo mis pies. Cerré fuerte los ojos y pensé solo en mi trozo de cielo azul.
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