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Carbón y más (XXVIII)

Carbón y más (XXVIII)

OPINIóN IR

03/03/2015 A A
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Carbón y más (XXVIII)
El día que llegó al pueblo no pasó desapercibido. Era un quince de mayo y las pocas docenas de personas que vivían en la aldea estaban en la plaza, frente a la iglesia, esperando al cura para celebrar la misa de San Isidro, patrono de los agricultores, el trabajo del que malvivían todos ellos.

Le vieron aparecer al final de la calle, entre una nube de polvo que el viento de media mañana levantaba del camino de tierra que daba acceso al pueblo. Iba subido en un caballo negro, grande y elegante, con unas largas crines que colgaban de su ancho cuello. Hacía mucho que no veían un caballo, desde la última vez que los militares pasaron por la zona. Sus otras únicas visitas habituales, la del cura y la del médico, siempre llegaban a lomos de viejos burros.

Él parecía también alto y elegante como su caballo. Vestía un traje oscuro, con corbata negra y camisa blanca, impecable a pesar del sudor y del polvo del camino. Se cubría la cabeza con un sombrero gris de fieltro, que le daba un aire misterioso. Atado con una soga al lomo del caballo venia un gran saco y junto a él una pequeña maleta de cartón.

Cuando llegó a la plaza y desmontó, todos pudieron ver que sus impresiones no estaban equivocadas. Era muy alto y delgado, con una barba poblada y unos ojos oscuros y curiosos que asomaban detrás de los cristales redondos de unas pequeñas gafas. Casi no pudo ni saludar, porque un minuto después de su llegada apareció el cura, y todos, incluido él entraron apresurados en la iglesia.

Después de la misa les contó a sus compañeros de mesa en la cantina, que había venido para realizar un trabajo por encargo. No dio más detalles y ni el cura, ni el terrateniente del pueblo, ni el maestro, quisieron saber más. Allí mismo acordó que se alojaría en la casa del maestro y dejó cerrada la contratación de los ayudantes que necesitaba, dos jóvenes con brazos fuertes para cavar horas sin agotarse.

Durante varios días la rutina fue la misma. Madrugaba y recorría sin descanso las lomas y los montes de la zona, cargando los extraños artilugios que había traído en su saco y que usaba para tomar medidas y muestras que luego apuntaba en un cuaderno del que nunca se separaba. De vez en cuando hacía una marca en el suelo y ésta era la señal para que sus ayudantes comenzaran a excavar un profundo agujero, del que él guardaba tierra y rocas en pequeños sacos de tela. Su ritmo era frenético, y tan pronto se le veía en lo profundo del valle como en lo alto de una collada. Los dos ayudantes le seguían sin descanso dejando a su paso un rastro de agujeros y tierra amontonada.

El día que anunció que se iba todos se juntaron para despedirle y el más atrevido le preguntó si por fin había encontrado el tesoro que buscaba. Él les dijo que si, que llevaban viviendo sobre él muchas generaciones sin saberlo y que en unos meses su vida cambiaría para siempre.

A la mañana siguiente abandonó el pueblo pronto. Tenía que llegar rápido a la capital para denunciar las nuevas concesiones mineras a nombre de la empresa que le pagaba.
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