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Canción triste para un nuevo año

CULTURASIR

Para la familia que vive en Campo la vida sigue igual el día de Año Nuevo. Ampliar imagen Para la familia que vive en Campo la vida sigue igual el día de Año Nuevo.
Fulgencio Fernández | 02/01/2018 A A
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Canción triste para un nuevo año
Cultura Sonaban las campanadas en Madrid, tocadas por el reloj que regaló un leonés, y en su pueblo, Iruela, sólo las escuchaban dos viudas. En otros muchos pueblos de la provincia no había nadie, en algunos una familia
Manolo, un policía jubilado desde que perdió un brazo en un accidente, subió el último día del año hasta su pueblo, Piedrafita, hasta sus recuerdos de infancia en la escuela donde su madre era la maestra; hasta la memoria de Emilio, el último resistente en aquellos inviernos de terribles nevadas;hasta las jornadas de caza, la memoria de su padre Cortizo, del famoso cuarteto de jugadores de bolos de la comarca... pero su pueblo estaba vacío.

Nadie interrumpió sus pensamientos cuando recorrió todas las calles del pueblo, cuando miró a las ventanas y sintió asomados a sus vecinos, miró el viejo mostrador del bar y recordó los bailes en la plaza, junto a la fuente, en las famosas fiestas del pueblo.

- ¿Quién había?
- Nadie. Al salir eché el candado.
- ¿Quién estará esta noche?
- Nadie. La nieve.

En Piedrafita sí hay nieve.

Al bajar, camino de la Nochevieja en León no pudo evitar parar en Piornedo, ante la casa de Pepe. Tampoco vive nadie en Piornedo, tampoco pisará nadie la nieve de sus calles en Nochevieja. Y Manolo recuerda una curiosidad, los dos últimos resistentes en este pueblo —como Emilio y José Ramón en Piedrafita—murieron en los últimos días del año. Primero fue Amador, manco como Manolo, aunque en su caso fue un burro sin capar el causante de la desdicha. Aguantó con una mano, espalaba con ella e, incluso, para no acceder a las peticiones de la familia de bajar para León, argumentaba que el agua de León le daba catarro. Fue la última esquela del año, hará más de una década.

Después llegó Pepe, al que conocían por el curioso apodo de El Espetao, vaya a saber porqué. Aguantó varios años pero se fue hace pocos días, sin esquela pues lo encontraron en su casa del barrio de San Mamés cuando ya llevaba unos días muerto. Se le echaba de menos en los bares donde tomaba el vino en su ronda diaria, los que daban buena tapa. Manolo lo encontraba de vez en cuando, por el barrio.

Y el domingo no había nadie, tampoco, en Piornedo. La memoria de estos y otros vecinos. Nadie escuchó las campanadas, que en algún tiempo tuvieron el sonido más curioso pues la iglesia de este pueblo no tiene campana y se congrega a los vecinos golpeando con el tope de un viejo tren.

Tampoco sonó.

En Campo, un pueblo más abajo por el mismo valle, ya vive una familia, la de Paulino. Llevan muchos años como únicos habitantes invernales, buena gente, un tipo tranquilo Paulino que se mueve en una pequeña Vespino... «Nada especial, una cena curiosa que haga la mujer, ver un rato la tele...».

Y por la mañana, el día de Año Nuevo, sigue a las faenas con el ganado.

Nada que ver con Cristina Pedroche, Igartiburu, Chicote, Pardo y no sé cuántos más que se apuntan a «adornar» las campanadas que da el famoso reloj de la Puerta del Sol construido y regalado al pueblo de Madrid por el leonés de Iruela, en La Cabrera, José Rodríguez Losada.

Es curioso el contraste. En el pueblo del relojero cuyo aparato congrega a miles y miles de personas en Madrid, Iruela, quedaban en Nochevieja cuatro personas y dos de ellas se fueron a cenar con otros familiares en un pueblo cercano, Baillo. Nada que ver en su pueblo, allí donde tiene su pequeño monumento, con el jolgorio. Dos mujeres, dos viudas, con parecido menú y ocupación que Paulino en Campo. El año pasado sí hubo una «pequeña celebración», era el 150 aniversario del reloj y se convocó una concentración para tomar las re-uvas a la 1 de la madrugada con las campanadas de Canarias. Pero la familia que la convocó y el presidente, Chencho, no estaban este año y... Pero el alcalde de Truchas, municipio al que pertenece Iruela, explica que «por desgracia no es nada extraordinario, la despoblación nos azota sin piedad: En La Cuesta tampoco había nadie; ni en Valdavido, al menos del pueblo... se salvan Corporales y Truchas, donde hicimos una San Silvestre a la que acudieron 60 personas...».

Es lo que hay. Alberto el de Valbueno, en Omaña, contaba cómo «para jugar la partida nos tenemos que juntar gente de tres pueblos».

Y Rodillazo, Tabanedo, Pedrosa, Socil, Correcillas, Villaverde la Cuerna... tantos pueblos, otra Noche Vieja.
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