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Cajas de muertos

Cajas de muertos

OPINIóN IR

26/11/2020 A A
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Cajas de muertos
Durante muchos años en casa había cajas de muerto. Mi abuelo y mi padre las vendían. No eran nada del otro mundo; no eran lujosas, como las de ahora. Servían para enterrar a los difuntos y el agua y los bichos las deshacían en poco tiempo. Acostumbrado a verlas siempre, nunca me han dado repelús ni nada por el estilo. Eran, entonces y ahora, algo necesario y punto. Por eso no me llamó la atención la foto que sacó, en primera página, un periódico nacional en la que aparecían un montón de ellas, imagino que con fiambres dentro, en plena crisis de la pandemia. En esa época, el gobierno y toda la troupe mediática que come de su mano, pusieron el grito en el cielo. Qué si aquella foto era inapropiada, que creaba alarma social... El asunto es que, en esos nefastos días, la diñaban mil compatriotas. Luego, la curva bajó, pero en ningún momento, desde marzo, ha dejado de morir gente. En la actualidad, el número de muertos suele ser de trescientos, de media, al día. En León, una provincia depauperada en todos los sentidos, incluso en el demográfico, han palmado mil personas con este mal negocio..., antes de tiempo. Tengo un amigo, al que quiero como a un hermano y que es muy de la cuerda del gobierno, que dice que es como cuándo morían dos mil personas en accidentes de tráfico. Se solucionó, dice él, incrementando las sanciones y las medidas represoras... Está claro que quien no se consuela es porque no quiere; pero es doloroso y causa extrañeza que la sociedad no dé importancia a una realidad tan tozuda. La gente muere sin saber por qué lo hace y, mientras tanto, el gobierno tiene como máxima preocupación, y parece que exclusiva, sacar adelante los Presupuesto Generales del Estado. No voy a entrar en los pactos que hace para lograrlo. No merece la pena, porque son perfectamente lícitos y democráticos, pero entiendo que haya mucha gente que se cabree. Es de locos, cree uno, aprobar unos Presupuestos Generales del Estado con una gente que quiere destruir el Estado. Pero, repito, es algo lícito y democrático, así qué, ajo y agua para los que no estén de acuerdo. Pero, no me lo negaréis, es lamentable que se olviden de los muertos, o de los que morirán, porque esto no hay quién lo pare. Esta gente, la que ha dejado de fumar aún no queriendo, está siendo arrinconada en el hueco más profundo de la cárcel de la memoria. Y la está olvidando la gente que es, en mayor o menor medida, la culpable de todo este desastre. Me refiero, claro, al gobierno de la nación, pero también a los de las comunidades autónomas, un mal invento hecho en un momento de efervescencia democrática que se resume en aquella frase de ‘café para todos’.

Lo peor que puede pasar es que a un vago le entren ganas de trabajar. Como no está enseñado, como es incapaz de pensar más allá de ese instante en que decide dejar de ser vago, el resultado es, como poco, desastroso. A las pruebas me remito... Por otra parte, esta gente, los vagos que nos gobiernan, son unos irresponsables, desde el momento que no son capaces de reconocer que no tienen ni puta idea de cómo hacer frente a lo que nos ha venido encima. Lo lógico es que lo hubieran reconocido; pero no, todo lo contrario. Hablan y hablan de medidas que aconsejan unos ‘comités de científicos’ a los que nadie conoce, ni ellos mismos, y que son tan ignorantes como los que los mandan. Vuelvo a repetir que a las pruebas me remito. Ahora, todo se resume en esperar. Están esperando a que lleguen las vacunas milagrosas que acaben con el bicho. Según lo leído y lo escuchado, una vacuna como Dios manda tarda un montón de tiempo, años incluso, en ser operativa. Las grandes farmacéuticas, que no dejan de ser empresas capitalistas, han acortado los plazos hasta el mínimo y nos ‘venden’ que serán óptimas en dos meses. Resulta esclarecedor que las bolsas hayan subido hasta el infinito cada vez que un holding de ese tipo anunciase que su vacuna era fiable en un «noventa por ciento de los casos». Da, sin duda, qué pensar. Ellas buscan, como todas las empresas, engordar su cuenta de resultados. Nada más. Les importa una mierda las vidas que van a salvar.

Mientras todas estas cosas suceden (algo surrealista, como un mal chiste de Tip y Coll), los gobiernos actúan como si la cosa no fuese con ellos. En realidad, de creer los resultados de las distintas encuestas que se publican, tienen que estar más felices que unas perdices. El partido mayoritario en el gobierno de la nación no sólo no baja en las intenciones de voto, sino que se mantiene y hasta, en algunas, sube un poco. Lo mismo ocurre con los de las distintas comunidades autónomas. Y esto sucede con setenta mil muertos sobre su conciencia.

Ante esto sólo cabe pensar dos cosas: o las encuestas son un cuento o el pueblo es imbécil. Cualquiera de las dos alternativas es pavorosa. Al final, sólo nos queda creer en aquello de que «cada pueblo tiene el gobierno que se merece».

Salud y anarquía.

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