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Cadáveres bajo las aguas

Cadáveres bajo las aguas

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Acto de inauguración del pantano de Villameca, con Franco y Arias Navarro recibiendo el saludo de gentes desplazadas desde la comarca... y uno fallecido. Ampliar imagen Acto de inauguración del pantano de Villameca, con Franco y Arias Navarro recibiendo el saludo de gentes desplazadas desde la comarca... y uno fallecido.
Fulgencio Fernández | 14/08/2022 A A
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Cadáveres bajo las aguas
Historias Simón Pardo se suicidó en Riaño antes de que derribaran su casa y fue el caso más conocido, por publicado, pero también se suicidó Pedro, en Riaño; un coche de la comitiva de Francó mató a un silenciado vecino y otro estuvo preso y se acabó suicidando... son los olvidados
Por los cercanos días del pasado mes de julio se cumplieron los 35 años del fin de Riaño y siete pueblos del valle (Riaño, Huelde, Anciles, La Puerta, Salio, Éscaro, Pedrosa del Rey; además de una parte de Burón y Vegacerneja). Más cerca en el tiempo, el domingo pasado, se celebró el tradicional encuentro de Versos a Oliegos, la cita literaria en la que se recuerda a los vecinos de esta localidad que fueron expulsados al construir el pantano de Oliegos y enviados a un pueblo de Valladolid, Foncastín, que ni tan siquiera era un pueblo, hasta tuvieron que llevar los santos y las campanas del que les habían anegado y les habían expulsado un frío día de octubre de 1946.

Son dos ejemplos de actualidad pero la provincia está sembrada de historias de presas que expulsaron a gente de sus tierras, lo que no está tan contado —cuando no silenciado— son algunos casos incluso crueles que propiciaron estos desalojos, varios suicidios, muertes por atropello, cárcel y mucho desarraigo y dolor imposible de cuantificar ¿Cómo se mide?

La memoria de la gente recuerda que un vehículo de la comitiva oficial (de Franco para inaugurar el pantano) atropelló a un vecino de Sueros con el resultado de muerte y silencio¿Cómo se mide, por ejemplo, el dolor de Casimira Tejerina, de Anciles, que se fue al País Vasco, vivió 105 años, pero reflexionaba constantemente: «Aquí puedo hacer de todo, lo hago, pero no puedo volver a mi pueblo. Y, lo que es peor, no me podrán enterrar con los míos, eso me causa mucha pena, muchísima».

J. Marcos y Mª Ángeles Fernández en un documentado trabajo titulado ‘Memorias ahogadas’ se hacen una serie de preguntas iniciales aún sin respuesta: «¿Cuántos pueblos han sido inundados por pantanos?, ¿cuánta gente perdió sus casas, sus pueblos, sus tierras y su vida por la anegación de un territorio?, ¿se ha hecho justicia de este desarraigo?, ¿existe siquiera un relato sobre la construcción de pantanos, más allá de contarlos como casos aislados?, ¿cómo viven esas personas?, ¿han logrado enraizar nuevamente?».

Valerio Natal se opuso a dejar su casa se le encarceló por tres meses en Astorga, se le requisaron sus tres vacas, y se le negó el techo en Foncastín, hasta su suicidio en 1947«No sabe, no contesta» es la casilla apropiada. Pero, al margen de este dolor y desarraigo —que recuerda a la indignación de las mujeres de Oliegos cuando no las dejaron detenerse, en su camino hacia ‘el destierro’, en el cementerio para rezar y despedirse— hay casos más graves y sangrantes, injustamente olvidados cuando no absolutamente silenciados, con un manto de maldición sobre ellos. En Riaño sí se habló y fue portada de los periódicos —o precisamente por ello— del caso de Simón Pardo del Molino, el vecino de 54 años bautizado como el hombre que amó más a su tierra que a su vida pues en la madrugada del 12 de julio de 1987 se suicidó, tal y como venía avisando. Había enterrado hacía pocos meses a su madre, con la que vivía, no tenía familia ni vida lejos del valle y avisó de lo que podía ocurrir y ocurrió. El hecho no impidió al ministro socialista Cosculluela decir en TVE en un programa del 25 aniversario del cierre de la presa (2012) que en Riaño no había ocurrido nada, prácticamente literatura pues casi contaba una historia de gente desalojada a la silla de la reina.

Pero no fue el único muerto. Mario Sáenz de Buruaga, muy implicado en aquellos hechos del 87, cuenta otra historia en su libro ‘Tejiendo la telaraña’, concretamente en el capítulo titulado ‘Riaño: Eterna obsesión’. Allí describe un viaje al valle para pasar la Nochevieja, en Lario, Liegos... pues no le apetecía hacerlo en el llamado ‘Nuevo Riaño’. Pero la nevada decidió por él y allí se quedó. Y escribe: «Agoté 1988 por las calles y bares de Riaño. Tomé cervezas con Manolo Cachirolo, Tomás Burón, Eliseo el de Cuénabres, Pili y Goyo del Abedul, y muchos más. Y seguía nevando, como es lo suyo en esta tierra. Y entonces pregunté por Pedro, el de la máquina quitanieves de Pedrosa del Rey, uno de los siete pueblos asesinados. Y se miraron entre ellos en silencio, porque yo no lo sabía. Pedro se suicidó hace unos meses, se ahorcó desde el viaducto, y tan larga era la soga que se ató al cuello (conociéndole, seguro que fue para no dar trabajo y quedar cerca del agua) que su cuerpo, ante el impacto de la caída de más de treinta metros, se separó de la cabeza, nunca la encontraron. (...) Charlamos en muchas ocasiones sobre los bichos, sobre la nieve, y sobre lo que iba a sufrir si el embalse finalmente se hacía».

Simón Pardo, el hombre que amaba más a su tierra que a su vida, había enterrado a su madre pocos meses antes y, tal y como había avisado, se suicidó cuando iban a derribar su casaReconoce Buruaga que soltó unas lágrimas y, tal vez por contraste, recuerda la cara «del delegado del Gobierno sonriendo mirando a los tejadistas mientras señalaba las casas que había que derribar».

Pero, al menos, hubo algo de luz sobre aquellos hechos. No es así en Oliegos, donde las historias de sus gentes viven en el desván del más profundo de los olvidos, sobreviviendo en apenas algunas líneas sueltas que es bueno recuperar. Así, por ejemplo, en un viaje literario por el siglo de Crémer el escritor leonés Ernesto Escapa escribe: «Franco lo inauguró una tarde de octubre de 1946 con todas las cautelas imaginables en una zona poblada de guerrilleros. La memoria de la gente recuerda que un vehículo de la comitiva oficial atropelló a un vecino de Sueros con resultado de muerte. También el ingenio de una mujer de Donillas, que acudió al encuentro con una sartén-pancarta: ‘Por no tener aceite ni grasa, mi amo me echó de casa’. Ninguno de los plumillas dejó constancia del atropello de Sueros ni de la queja de Donillas. En cambio, gente con nombre, como Tomás Borrás o Lorenzo López Sancho, se emocionó con la caricia del agua embalsada».

Vivió Escapa buena parte de su vida en Valladolid, visitó con frecuencia Foncastín, en la comarca de Rueda que baña el Zapardiel y siempre mostró su extrañeza en que aquella historia no se hubiera hecho con un hueco con el paso del tiempo. Hoy, incluso en Foncastín, esta historia está olvidada.

Pregunté por Pedro, el de la quitanieves de Pedrosa del Rey, se miraron en silencio porque yo no lo sabía;se había ahorcado colgándose del viaducto, su cabeza no apareció jamásComo lo está la de otro vecino al que la represión le impidió incluso llegar a este pueblo castellano habitado por leoneses. Lo cuenta José Cabañas en un artículo dedicado también a Oliegos: «Los habitantes del vecino lugar de Oliegos, en la Cepeda, fueron transterrados (con sus enseres, ganados, y las campanas de la iglesia) para fundar como colonos obligados el nuevo pueblo de Foncastín, en el vallisoletano valle de Zapardiel, al ser inundado el suyo a la finalización del embalse de Villameca (inaugurado en octubre de 1946). No todos: a quien como Valerio Natal se opuso a dejar su casa se le encarceló por tres meses en Astorga, se le requisaron sus tres vacas, y se le negó el techo y el pedazo de tierra en el exilio castellano, condenándolo a mendigar hasta su suicidio en marzo de 1947 en las aguas del pantano como postrera rebeldía contra él y contra quienes lo habían construido, en parte con mano de obra obligada de los republicanos represaliados que purgaban haberlo sido en el destacamento penal que allí se estableció».

Julio Llamazares, el escritor leonés nacido en uno de esos pueblos anegados bajo un pantano (el de Vegamián) escribe: «Cuantas menos huellas de lo que supone la construcción de un embalse queden a la vista, mejor. Y por eso es una de las páginas más desconocidas de la postguerra, del franquismo y de la democracia. (...) a mucha gente le valdría con que se hable de ello y se reconozca el dolor y la pena que pasaron, ‘pero ni siquiera pueden aspirar a ello’».
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