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Cada loco con su tema

Cada loco con su tema

EL BIERZO IR

Cada loco con su tema. | Casimiro Martinferre Ampliar imagen Cada loco con su tema. | Casimiro Martinferre
Casimiro Martinferre | 05/07/2015 A A
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Cada loco con su tema
Territorio. Capítulo 40. "Disparé sin piedad, a quemarropa. Estaba en presencia de los dioses. Helios, dios del sol, junto a las Auras, hijas de Bóreas, ninfas del aire, aclamados por un espumoso coro de xanas"
Transportaba un equipo elemental. Trípode, cable disparador, doce carretes, cámara Hasselblad 500 C/M, indestructible, adquirida de segunda mano a un cura que había tenido la ocurrencia de retratar setecientos feligreses adictos al confesionario. Además les fichó trayectoria y portentos, recopilando así el mayor archivo pecaminoso de la cristiandad. Lo desterraron. De nada sirvió poner en el otro platillo de la balanza bautizos, bodas, procesiones, funerales, todos oficiados por la patilla. O ser el único con redaños entre tanta hipocresía para asilar en casa ruinas humanas y darles aliento hasta restaurarlas. Aunque servidor profese el rojerío progre de salón, ese que a escondidas le pone velas a Jesús mientras quema iglesias y trinca fajos, cuando algún cartucho sale guapo juro para mis adentros haberlo cargado el buen frailón.

En el umbral de lo desconocido, a pie de coche sorprendí un estudioso, el botánico don Santiago Castelao. La tarjeta de presentación que ofreció destacaba en negrita “Inventor del Audífono Xilofante”, a la sazón en uso, pues tenía instalado el artefacto en el tronco de un barbudo aliso. Explicó que mediante un torno perforador, accedía a los anillos de crecimiento del árbol, en cada uno de los cuales latía un mensaje, como si fuese disco de vinilo. Después, introduciendo el nanomicro de alta resolución psicodélica, conseguía registrarlo. Demostración totalmente gratuita, me calzó un casco de motorista reciclado en estereofónico. Embobado, asistí a un prodigioso concierto de resquebrajaduras, rompimientos, nanas, más un galimatías de vocablos marcianos. La madera hablaba, quién iba a pensarlo. Autor, entre otros muchos, de un interesantísimo tratado sobre el tejo, don Castelao había grabado decenas de soliloquios del de San Cristóbal, patriarca de todos los tejos del mundo. Por desgracia, faltaba traducirlos. El código del alfabeto arborícola seguía encriptado, no obstante ya reunía un diccionario básico de fonogramas vegetales. A la pregunta de si notaba singularidades en el discurso actual del árbol, chascó penosamente la lengua; cerca de la corteza gemía una angustia, un patetismo ausente en el duramen interno, señal inequívoca de mal augurio, y en efecto los leñadores andaban cerca.

Tras despedir al científico, enfilé la cuenca más aislada del territorio. Jornadas enteras estuve recorriendo el cañón, escudriñando. En el deambular, descubrí varias cuevas con pinturas prehistóricas. Escuetos dibujos representando antropoides, monstruos, falos, símbolos, y lo que era muy revelador: soles. Estos impíos barrancos habían sido santuario de los primeros paganos, adoradores del sol.

Un día amaneció sonrosado, como si una conejita con labios de carmín hubiera forrado a besos el horizonte. Con el paso de las horas –parecía el resumen de la vida del casado-, estos besos fueron arrastrando una lápida de zinc tan alta como ancha, que ocultó las cimas y sumió al valle en una oscuridad de sarcófago. Después vaciaron las tormentas su cargazón de relámpagos y raudal. Una bocanada de brisa caliente trotó río abajo, en compañía de un rayo. Brilló una luz cegadora sobre los acebos zarandeados. Disparé sin piedad, a quemarropa. Estaba en presencia de los dioses. Helios, dios del sol, junto a las Auras, hijas de Bóreas, ninfas del aire, aclamados por un espumoso coro de xanas. Por nombrarlos de alguna manera, porque los genuinos dioses manes serían muy anteriores a los helénicos, perdidos ya en la noche de los tiempos, tanto que no quedaba constancia de ellos más que en las paredes de aquellas cuevas.

Cada loco con su tema.

Cañón de Entrepeñas, agosto de 1990.

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