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Bernardino M. Hernando

Bernardino M. Hernando

OPINIóN IR

12/08/2019 A A
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Bernardino M. Hernando
Hay que contar con la nostalgia», comenzaba un poema firmado por Bernardino M. Hernando, en el Nº 1 de la revista de poesía Claraboya, en el otoño de 1963. «El amor es lo definitivo y la nostalgia es una forma de amor». Era palabras, pensamientos, de un joven de Mansilla de las Mulas, sacerdote, profesor, y tan entusiasta de las letras que inculcaba este entusiasmo a todos cuentos se acercaban a conocer su afabilidad y su sonrisa, especialmente sus jóvenes alumnos, entre los que se encontraba este cronista.

Uno tiende a recordar que cuando él mismo tenía 22 años, todos los demás también tenían esa edad; pero no era cierto. Y eso lo viene a poner en claro la propia muerte que, salvo trágicas excepciones, va acudiendo a llevarse por riguroso orden a los más viejos. Y eso es lo que ha hecho con Don Bernardino, como le solíamos llamar aquellos jóvenes osados e intrépidos que comenzamos la aventura de Claraboya y contamos con él para dirigirla, ya que el título de periodista era indispensable entonces y la Excelentísima Diputación, la editora de la revista, no estaba dispuesta a trasgredir las leyes que le eran propias.

Muchos fueron los leoneses que fueron discípulos en la facultad de periodismo de Madrid de Don Bernardino y todos hablan de él que era uno de los grandes en todos los sentidos. Tal vez fuera porque era de los que se creen lo que escriben: «En el oficio de ser hombre hay cosas tan bellas como el amor total, la entrega sin reservas», continúa el citado poema. Y ahí queda constancia de que estamos, no solo ante un leonés inolvidable, uno de nuestros grandes hombres, que fue maestro de generaciones de escritores,, pero que jamás volverá ya con nosotros, pero que supo transmitirnos su verdad a todos. Como Hölderling pone en boca de Pausanias, en La muerte de Empédocles: «Los que no vuelven dicen siempre la verdad».

So condición humana respondía con exactitud a la de poeta, al menos tal como proponía Agustín Delgado en aquel mismo número de Claraboya: «Pero el poeta no sirve para la hora que vive. La gente no le sigue, avanza por detrás de él». «El poeta no es ni intimista ni social. Es humano». «El poeta ha de ser también humano, humano con melancolía, humano a machamartillo».

Eso le solíamos decir nosotros, jóvenes veinteañeros, a nuestro profesor, para arrancarle de sus ensoñaciones y que aceptara dar cobertura legal a nuestras veleidades, que en nada debían coincidir con las suyas, pero que merecieron la condescendencia de su bondad y su inteligencia deslumbrantes.
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