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Bella durmiente

Bella durmiente

EL BIERZO IR

Bella durmiente. | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen Bella durmiente. | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro Martinferre | 13/09/2015 A A
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Bella durmiente
Territorio. Capítulo 50 Envuelta en verde sudario, oye a lo lejos, cada domingo, el ángelus de las campanas. Su mamita estaría cerca, ¿porqué no acudía a rescatarla?
Érase una muñeca aguardando la vuelta de su mamá. Hasta que regresara, sólo deseaba dormir, ajena a todo acontecer. Necesitaría una razón muy poderosa para abrir los ojos, y de momento no la tenía. Si los abriera sin motivo, seguramente estarían vidriosos, empañados de locura.

Los párpados, cerrados. Así viviría mejor, soñando. Percibirlo todo como a través de un tul, mantenerse a salvo de la situación filtrándola. Sólo atenta a los recuerdos, a la nostalgia, al reencuentro. Entonces, cuando la rescaten, liberará la mirada de par en par, feliz por los abrazos que a cada segundo imagina. Añora manos tibias, labios fruncidos en palabras cariñosas.

A diario viene a visitarla una corza blanca, pace junto a ella, le da aliento. Más de tarde en tarde, brincando en los paredones, baja a consolarla el bullicioso rebaño de rebecos, y hasta el bruto oso le muestra compasión. Cada gota de rocío que perla la pradera, es una lágrima de olvido. Ya pronto cumplirá un año de extravío. Quien tanto la quiso y cuidó, quien tantos mimos le obsequiara, la había perdido allí, en el prado flanqueado de roquedos.

Envuelta en verde sudario, oye a lo lejos, cada domingo, el ángelus de las campanas. Su mamita estaría cerca, ¿porqué no acudía a rescatarla? En cuanto remitiese el invierno, volverían las niñas acompañando a la abuela y a la vaca. Mientras tanto, en las trémulas mañanas resucita el fantasma de los juegos infantiles, de cada flor brotan risas con olor a chicle.

A menudo recreaba cuentos que le habían relatado las amiguitas, sobre princesas encantadas. A todas las despertaba el beso emocionante de un príncipe azul. Probablemente a ella también la despertaría un beso, mil besos. Retornarían entonces los días de risas y candor. Pero suplicaba vinieran lo antes posible, ya notaba las mejillas palidecer, la sonrisa disiparse.

Pudiera ser que la muñeca durmiera por siempre jamás. El certero juicio de un poeta, desde la celda del manicomio donde aúlla a la negra rosa de la demencia, perjura que la bella durmiente nunca despertó y es ahora pálido cadáver sobre página en blanco, pues el regio doncel le salió trucha. Son más bonitos los sueños de los locos, que los del hombre sabio o la doncella. La mejor elección, considerar la existencia un sueño del que más vale no despabilar: la realidad espanta. La muñeca fue decapitada por desobedecer, o más bien por aburrida, aburrida, aburrida. Abandonada con la indolente crueldad de los niños.

Fresnedelo, marzo de 2010

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