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Balzac y Motores Piva

Balzac y Motores Piva

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| MAURICIO PEÑA Ampliar imagen | MAURICIO PEÑA
| 01/03/2022 A A
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Balzac y Motores Piva
Los otros y yo (9) Por José Javier Carrasco
Para un novelista interesado en imitar a Balzac y su deseo de escribir una historia de las costumbres de su tiempo, abordada en el monumental proyecto de ‘La Comedia Humana’, adaptada a un proyecto más modesto, como el de retratar a la burguesía leonesa surgida al compás del franquismo y su acomodo a la etapa democrática, la historia de motores PIVA S.A., arrancaría de un modo bastante prometedor, con el capítulo de un ingeniero alemán, Heinz Pitschel, llegado a la ciudad como jefe de mecánica de la Legión Cóndor. Terminada la guerra, se asocia a su cuñado Antonio Vázquez y comienzan en 1946 la fabricación de lápices electrónicos y mandrinadoras de cojinetes centrales para motores. Cuatro años después, construyen la primera motobomba para riego. En 1955, el año del ingreso de España en la Organización de Naciones Unidas, se constituye PIVA MOTOR S.L. Un año más tarde, se abre la primera fábrica de la nueva empresa en la Avenida de San Andrés. En 1956, Pitschel vende sus acciones al cuñado y este queda como único propietario. A mediados de los sesenta se construye la nueva fábrica en la Avenida de Madrid, y por esos años comienza la diversificación de actividades del empresario. Diversificación que la familia Vázquez ha mantenido hasta la actualidad: construcción, el mundo del automóvil, el sector inmobiliario, hostelero, editorial, con la adquisición de la mayoría de las acciones del Diario de León a finales de los años 80...

Uno de mis recuerdos de adolescente asociados a los veraneos en el pueblo de mi madre, es del sonido de uno de esos motores construidos por PIVA cuando mi tío Agustín regaba sus tierras de patatas. Un ronquido monocorde, que se interrumpía sin previo aviso provocando las maldiciones de mi tío. Generalmente problemas con la bujía, que había que limpiar o cambiar. El motor, durante esas reparaciones, guardaba silencio. En su apariencia de objeto industrial, con aquellas andas de arcaica parihuela en los laterales para transportarlo, resultaba una especie de incongruencia naranja en un medio entregado a unas actividades seculares en las que esa era la única concesión al desarrollo. Aún, como si no estuviéramos ya en pleno siglo XX, mi tío seguía usando el carro movido por vacas, el arado romano, segaba con guadaña ...

Cuando se cerró y demolió la fábrica de la Avenida de Madrid para trasladarla al polígono industrial de Trobajo del Camino en 2003 y construir en su solar viviendas, me acerqué un día a ver a qué había quedado reducido un espacio familiar de la ciudad para los que en nuestros desplazamientos a Madrid en autobús pasábamos ante él al salir o llegar. Una amplia y desalentadora explanada de cascotes se extendía limitada por las paredes del recinto. En una destacaban unos azulejos blancos. Me acerqué. En el suelo se veía una caja de cartón con centenares de etiquetas adhesivas de color naranja en las que se leía «Motobomba. Baja presión. MTR-60», junto al anagrama de la empresa. Aún conservo algunas. Puro fetichismo.
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