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Balas Perdidas

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EL BIERZO IR

Balas Perdidas. | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen Balas Perdidas. | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro Martinferre | 18/05/2015 A A
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Balas Perdidas
Territorio. Capítulo 33 «Anonio, calvo, nariz judía, chepudo de tanta soledad a cuestas, era un sibarita del tabaco. Tenía escogidos suministradores, recolectaba sólo marcas prestigiosas, a horas puntuales, en lugares determinados»
Todavía de noche, cogí la calle empedrada que baja hacia el barrio de la Estación. Dos grupos de mineros esperaban los autobuses para el tajo. Antes de llegar al puente del Boeza, oí mi nombre a gritos, acompañado de un traqueteo metálico. César Anonio galopando con el carro de hierro. Como llevábamos el mismo camino Renfe, se ofreció para transportar gratis la mochila. A cambio le invité a un pito, pero lo guardó casi sin mirarlo y en su lugar me pasó una colilla de puro. Sacó otra del bolsillo, la encendió, asegurando que eran de total confianza pues las había tirado El Puta. Anonio, calvo, nariz judía, chepudo de tanta soledad a cuestas, era un sibarita del tabaco. Tenía escogidos suministradores, recolectaba sólo marcas prestigiosas, a horas puntuales, en lugares determinados. En el bar del abuelo Mero, sin ir más lejos, apañaba exclusivamente cigarrillos apenas consumidos pero con huellas de carmín, mientras tomaba café y dibujaba a lápiz sobre el mostrador de mármol blanco las caricaturas de las estiradas fumadoras. Había descubierto que el humo de una colilla trasmitía los sentimientos del anterior usuario, por lo que resultaba infinitamente más sabroso que uno virgen. En el cruce del Socuello, Maruchi dobló la esquina. Agitanada, guapa, morena, piel canela. Años atrás, mientras el resto de chavales jugábamos a tres marinos en el mar, a ella la colocaron en el oficio. Fue la última vez que la vi. Anonio quedó en el arcén, descargando el furgón de cola. Desde la ventanilla le pasé tres Celtas, aceptados con un mohín de pura cortesía. La Unidad de las seis treinta arrancó dirección poniente.

Renqueante atraviesa el corredor, apoyándose en la cachava, arrastrando una pierna en la que podrían adivinarse cicatrices. Este mínimo espacio con barandillas, para don Adolfo implica una magnitud jalonada de precipicios, de la que parece no haber escapado en cincuenta años. En general, los aldeanos relacionan mi aspecto con un cobrador de impuestos, no así él, que le halló trazas de sacristán. Preguntó si era el sustituto y si tenía en regla bautismo y confirmación, pues del anterior ayudante nadie nunca dio fe. Respondí no y sí, aunque puntualicé haber sido por error cristianado al revés. Dijo tener fácil remedio: cuando estuviese a punto de morir, en vez de extrema unción me bautizasen.

Así yo católico, sin necesidad de gafas y entero, y en estado de merecer fusil, aconsejó el alistamiento en los tercios de la Legión. En Sidi Ifni habría de sobrarme rancho, y gracias a Dios las moras eran serviciales lo mismo en la intendencia que en el catre. Sintió natural curiosidad por saber qué buscaba un recluta en este apartado frente, hacía dónde dirigía el derrotero. Le respondí que mi objetivo estaba al otro lado del la impetuosa mole caliza. Asombrado por tamaña misión, recomendó tuviese cuidado en esos barrancos, pues maniobraban bandas mineras y traficantes de wólfram. Las escaramuzas menudeaban, tiroteos a la orden del día. Con un movimiento pendular de la cabeza, parecido al de los búhos cuando localizan presa, don Adolfo me estudió los pelos. Debí despertarle todavía más sospechas. Añadió, apuntándome con la cachava, que las balas perdidas guardaban mucha malicia, habiendo sido liquidados ya varios agentes germanos.

Corporales de Barjas, febrero de 1991
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