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Bajo las aguas

Bajo las aguas

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Imagen de Chayo Roig Saurí. Ampliar imagen Imagen de Chayo Roig Saurí.
Mercedes G. Rojo | 08/04/2020 A A
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Bajo las aguas
El Decaleón (IX) Mercedes G. Rojo, colaboradora de La Nueva Crónica, protagoniza la novena entrega del serial ‘El Decaleón’ con la publicación de un relato incluido en el libro ‘Sueros de Cepeda: lugar entre dos aguas’ realizado con motivo de la edición de Versos a Oliegos 2015
La carretera avanza rodeando estas aguas embalsadas que hoy duermen tranquilas. La ha recorrido a menudo, parándose a observar su superficie plateada. A veces agitada por un frío viento, otras con sus orillas cubiertas por la nieve casi fundiéndose con ella, creando uno de esos blancos paisajes que parecen recordarnos imágenes de países nórdicos recogidos en las postales o en las galerías fotográficas más populares. Siempre se detenía un momento a contemplar estas aguas que parecen hender las tierras que las rodean. Y a pesar del silencio que perennemente reina en estos contornos nunca se le había ocurrido pensar en ese otro silencio, más profundo, en que se envuelven las ruinas que duermen en su fondo, desde aquel día en que las casas que antes fueron hubieron de ser abandonadas al frío y la humedad con que quedaron cubiertas por una decisión ajena a las gentes del pueblo.

Fue en un mes de septiembre. Una herida en la presa que retiene las aguas hizo preciso que el embalse tuviera que ser vaciado. Y, en su huída, esas mismas aguas dejaron tras de sí el esqueleto del pasado hundido en un fango pegajoso que se iba cuarteando con el calor que ese sol de membrillo aún le transmitía.

Su retirada fue lenta. Durante varios días el nivel bajó, poco a poco, hasta descubrir al fin el completo de las ruinas. Y allí estaba ella de nuevo. Como tantas otras veces en que se había detenido a contemplar la superficie, contemplaba ahora el fondo yerto. Solo que en esta ocasión no estaba sola. Un rosario de coches flanqueaba la carretera y, desde sus arcenes, una multitud curiosa observaba el paisaje dejado al descubierto. La tristeza de un día plomizo y una mezcla de murmullos alternándose con un respetuoso silencio creaban un tenso ambiente en el que parecían palparse los recuerdos y las fantasías flotando como en una nube sobre aquellas cabezas. También su imaginación quedó presa en ella; y, así, fantaseó sobre lo que podía estar ocurriendo en ese mismo instante en aquel pueblo derruido y en la mente de quienes observaban…

«Un silencio de olvido se extendía por el páramo yerto que las aguas iban abandonando. En el cielo amarilleaba un sol plomizo de septiembre, enfundado en nubes de tormenta, resquebrajando el lodo aún tibio del fondo del embalse. Desde este mismo risco ‘ella’ contemplaba el poco habitual espectáculo de las aguas de un pantano en retirada. Y, entonces, surgió de repente... Como un calcinado esqueleto en el silencio del muerto valle, las aguas lo abandonaban en su huída.

El día, gris amarillento, parecía acompañar un pesado silencio de muerte y olvido. Solo el fantasma de la risa, de los llantos, de la vida que antaño hubiera en este pueblo, flotaba como una densa calina sobre los restos de lo que algún día habían sido hogares florecientes. Pero ya sólo quedaban paredes resquebrajadas y tejados hundidos, ruinas cubiertas por el manto de una amnesia voluntaria. Y hoy, solo el azar había puesto al desnudo estos vestigios del pasado.

Desde esta misma carretera un murmullo de mirones la acompañaba, y acompañaba también el lento abandono de las aguas, suavemente, como un leve susurro de viento... Pero bien pronto dejó de escuchar ese rumor para sentir tan solo una insistente llamada que le llegaba desde el fondo del embalse.

Le gritaban las paredes heridas por las aguas. Los tejados, hundidos bajo el peso húmedo y frío, parecían alargar hacia ella sus vigas carcomidas; y sus tejas dibujaban sonrisas sarcásticas en el gris macilento del paisaje. La llamaban. Esas piedras la llamaban desde el lecho pantanoso y no pudo resistirse por más tiempo a escuchar de cerca su lamento. Se encontró, de pronto, avanzando por el lodo ya reseco de la orilla más elevada, siempre hacia abajo, hacia abajo, siguiendo la acuciante llamada que cada vez la instigaba con más fuerza.

En el cieno, aún se percibían los mojones y las tapias de los antiguos huertos del poblado. El pequeño riachuelo corría de nuevo, libre del resto de las aguas que le eran ajenas. Y aunque ahora su lecho no era más que un fango espeso cubriendo los guijarros brillantes y redondos que un día hicieran resbalar a los chiquillos, avanzaba como un canto de libertad hacia el puente que aún, después de tanto tiempo, parecía aguardar enhiesto el paso de las gentes y ganados. También hacia ese viejo pontón se encaminó ella por la vereda que serpenteaba junto a su orilla; mas el sendero se hacía cada vez más fangoso al tiempo que sentía más apremiante la llamada. A duras penas conseguía abrirse camino hacia los restos de las casas, entre el légamo que trataba con insistencia de aprisionar sus pasos decididos. Un barro blancuzco, como si el calcio descompuesto de cientos de esqueletos se mezclase con la tierra humedecida por las aguas...

Un pesado silencio de muerte ahogaba en el aire toda sensación de presencia humana y hasta la respiración se le hacía difícil en este clima de ausencia y limo. Era como si el fantasma de la muerte lo invadiese todo. Aún así, consiguió alcanzar por fin las primeras paredes derruidas, los primeros muros, con ventanas presas entre hierros descompuestos por la herrumbre. Tras ellas se adivinaban inquietos resquicios de un pasado abandono. Y, como testigo mudo de ese mismo ayer, la recibió de pronto el muro casi intacto de la escuela, aún con sus inscripciones ‘NIÑOS’ ‘NIÑAS’.

Las dos puertas de entrada no eran ya más que una mueca de sonrisa en la boca desvencijada de un esperpento que, irónicamente, se conservaba entre todos más entero que ninguno, como si se aferrase vanamente en una lucha de supervivencia perdida de antemano. Y del tilo de la entrada sólo un tronco reseco convertido en muñón inerte bajo la fría humedad de las aguas.

Cerró los ojos un momento y creyó oír el suave tañido de las campanas de la iglesia. Mas sólo era un eco, como esos otros que narran las leyendas de noches de San Juan, cuando tañen los bronces bajo el agua y lloran nereidas encantadas en las fuentes. Sólo un eco, pues la espadaña, aún erguida entre los huesos yertos de este mudo esqueleto, yacía hueca y muda para siempre esperando un último embate para derrumbarse.

Las calles serpenteaban enfangadas entre ruinas y silencios. A la salida del pueblo, en dirección a lo más hondo del embalse, surgía el camino al cementerio. Una curiosidad morbosa la empujó de repente en aquella dirección, hasta que tras pocos pasos sintió como se hundía. Se hundía sin remedio en el lodo aún caliente del pantano. Sin remedio. Apretó los dientes y cerró los ojos con profunda desesperación mientras una fuerza irresistible parecía arrastrarla hacia un negro abismo. Agitó los brazos frenéticamente... se hundía en el cenagal como si las fuerzas invisibles que la arrastraban condensasen la fuerza de todos los muertos y la de todos los ausentes, tirando de ella hacia lo más profundo de la tierra, alejándola de esa última morada.

No es descriptible el tiempo que duró la lucha con el fango, ni la forma en que esta terminó... Hasta que al fin el sol aún tibio del otoño abofeteó sus ojos dormidos y allí, al fondo, bajo el risco, pudo ver de nuevo las piedras durmiendo un sueño roto de olvido y melancolía.

Oyó de nuevo el murmullo de los mirones en la carretera. Y una brisa otoñal mezcló en su recuerdo el sonido de las aguas invadiendo las calles, colándose entre las rejas de las ventanas, jugando los últimos juegos en una escuela vacía...»

Recuperada de la ensoñación a la que el recuerdo de aquel día ya lejano la ha llevado, hoy vuelve a mirar una vez más estas aguas y sabe que las piedras que quedaron bajo ellas tuvieron nombre un día, aunque ahora, otra vez cubiertas por las mismas, no sean más que un nombre en el olvido; tal vez, y como mucho, solo un resquicio de silencioso recuerdo en la memoria de los más viejos. Una dolorosa reminiscencia del pasado enterrada para siempre entre el limo y las últimas piedras que aún permanecen en pie ya por siempre muertas.

Puede ser que algún día vuelvan a retirarse las aguas pero, seguramente, ya para entonces no quede en pie ni siquiera ese desangelado esqueleto de medios muros y rejas retorcidas... El silencio se hará aún más profundo allá donde un día sonaron las campanas y cantaron los niños entre el diario sonar de las tareas campesinas.
Todo será olvido, olvido, un olvido cada vez más profundo, más profundo...

Hoy mira de nuevo por encima del embalse y siente que es cierta la llamada que aquel día sintió ante sus ruinas, la del eco de sus sombras, la del frío y el calor que a un tiempo se acumula en cada una de sus de nuevo sepultadas piedras. Mira esa plateada y quieta superficie y presiente todo lo que duerme bajo ella buscando en el olvido final, una eterna paz… la del olvido que duerme bajo las aguas.
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