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Así viví el incendio de la Catedral

Así viví el incendio de la Catedral

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La imagen era impresionante, los leoneses se lanzaron a la calle y temieron por la ‘salud’ de su Catedral. | CÉSAR Ampliar imagen La imagen era impresionante, los leoneses se lanzaron a la calle y temieron por la ‘salud’ de su Catedral. | CÉSAR
Félix Pacho Reyero | 28/05/2015 A A
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Así viví el incendio de la Catedral
Cualquier tiempo pasado El periodista Félix Pacho Reyero relata el incendio de la techumbre de la Catedral, del que este viernes se cumplen 49 años
Ocurrió va a hacer medio siglo y era domingo de una primavera meteorológicamente muy  avanzada. El calendario marcaba exactamente la fecha de 29 de mayo de 1966. Una siesta larga, implacable y tórrida había caído sobre la ciudad. Las fichas de dominó restallaban sobre el mármol de las mesas de los cafés de la calle Ancha y quienes íbamos por la acera pudimos oír, al pasar frente a una ventana abierta de par en par la voz cascada de un jugador que gritaba: "¡Blanca doble!, me cagüen"… Un canónigo muy pulcro él, de alzacuello blanquísimo y de teja con borlas, que quizás andaba apurado para llegar a las horas canónicas, se santiguó al escuchar el juramento, acelerando a la vez la marcha. Más parsimonioso y menos atildado, con toda su sabiduría y su hombría de bien a cuestas, salió de su casa de Puerta Obispo don Antonio González de Lama, pensador, director del Diario de León y beneficiado de la catedral, que, buscando la sombra, acudía también a sus obligaciones de coro. Otro clérigo éste joven y muy acicalado, con pinta de paje de su Ilustrísima, subía desde la Plaza Mayor por la calle de Mariano Domínguez Berrueta y un viento inoportuno le arremolinó el manteo. El cielo iba cubriéndose de nubes.

 Acabábamos de comprar un piso al popular constructor Alberto Fernández El Gochero, en El Ejido, esquina de la Virgen Blanca y José María Fernández, y allí, al piso nuevo, caminaba yo en compañía de mi mujer.

Una bandada de grajos


Nada más de pasar la catedral, arreciaba el cierzo y las nubes se volvieron espesas, por lo cual decidimos dar la vuelta hacia el centro de la ciudad, avivando el paso. Pinteaba.

Primero brilló un relámpago breve por la zona de La Candamia. Después se levantaron torvas de polvo en los solares de La Granja y, de repente, otro relámpago, espectacular esta vez, garabateó en los cielos de la tarde hasta posarse sobre la catedral y el estampido del trueno hizo escapar a una bandada de grajos de mal agüero. Cerramos el paraguas cuando entramos al café Colón, en el final de la calle Ancha.

Tras una copa precipitada, salí a la calle. La plaza de Regla iba llenándose de corrillos en los cuales escuché que la chispa del rayo caído sobre la catedral podría ocasionar un incendio. Llovía ligeramente. Don Antonio pasó de su refugio de la Biblioteca Sierra Pambley  y fue a resguardarse de la lluvia en el bar Express, unos metros más hacia La Serna que el café Colón. Entré en el bar Express y don Antonio conversaba allí con el canónigo Maudilio Gallego. Me confirmaron lo del posible incendio en la catedral y añadieron que el obispo Luis Almarcha ya había sido informado. "La achispa está dormida, pero no muerta", matizó Nicolás García, un cura de pelo blanco y semblante beatífico, encargado de Caritas diocesana, que entró también en el Express. Volví al Colón y conseguí un taxi que llevase a mi mujer para casa.

Las agujas del reloj corrían implacablemente. Eran al pie de las ocho de la tarde y me metí en el primer templo de la diócesis, donde la feligresía asistía a una misa oficiada por don Fidel Alonso, provisor del obispado. Una mujer entró gritando porque su hijo era monaguillo de don Fidel y dio la señal de alarma. Don Lucas de Prado y don Julio Gutiérrez Frade salieron de la sacristía y  pidieron a los fieles que abandonaran cuanto antes y ordenadamente el recinto, para lo cual abrieron las puertas de la catedral, mientras que el celebrante siguió hasta el final de la misa, él solo con el monaguillo.  

Cuando la gente salía de la catedral, a las ocho y cuarto aproximadamente, ya pudimos contemplar las llamas incipientes sobre la techumbre meridional del templo, frente al palacio episcopal.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por la ciudad y comenzó a afluir el gentío, que pronto se hizo enorme cerca de la catedral y en las calles adyacentes. Se escuchaban sirenas por todas partes, de los bomberos, de la policía y de los servicios sanitarios. Vi llorar a hombres y mujeres. Me llamó la atención una joven que, cerca del  locus apellationis, debajo de la hermosísima Virgen Blanca del parteluz, sollozaba sin consuelo. A mí se me arrugaba el corazón y sentí que tenía muy dentro la catedral. Hice esfuerzos por no llorar y creo que logré contener las lágrimas, porque me daba mucha vergüenza si lloraba y me veía  alguien. Regresé al Colón y en seguida llegaron mis amigos Primitivo García, director de Proa, y el ginecólogo Francisco Ucieda.

El público y las fuerzas vivas


Rápidamente se presentaron  en el la plaza de Regla las fuerzas vivas o primeras autoridades (el gobernador civil, Luis Amejide Aguiar, el presidente de la Diputación Provincial, Antonio del Valle Menéndez; y el alcalde de León, José Martínez Llamazares), que se unieron a Juan Torbado Franco, arquitecto conservador de la catedral. Había otros arquitectos y cada cual echaba su cuarto a espadas. Aludían sobre todo al peligro de que, si se extendía el fuego, la dilatación por el calor rompiera vitrales o reventara algún lugar importante de la iglesia.

El público fue amontonándose en la acera del palacio del obispo para ver de frente las llamas. Un penacho ingente de fuego bailaba sobre la catedral, pese a las dotaciones de bomberos venidas de fuera, de ciudades cercanas, y que se sumaron a las de León. Pasaron minutos eternos y era entrada la noche. Acostumbrados a ver la catedral como una novia blanca de piedra, esbelta y altísima, pareciera que el fuego había prendido su cabellera y la agitara al viento en un espectáculo macabro. Muchos insistían, angustiados, en preguntarse cómo terminarían  las vidrieras.

Por fin, transcurridas un par de horas, los bomberos iban achicando las llamas y los leoneses recibieron con alivio un dictamen según el cual ni las vidrieras ni lo tesoros del museo ni el mismo templo sufrirían daños sin remedio. Avanzada la noche, podía apreciarse aún la humareda sobre la catedral y saltaban chispas del rescoldo, pero, ante las noticias de que no había pérdidas irreparables ni peligro de que se reavivaran las llamas, la muchedumbre fue dispersándose y quedaron retenes de guardia únicamente.

Dejé a mi mujer en el apartamento y fui al periódico, al Diario de León, de cuyo edifico, en la calle Daoiz y Velarde –hoy Pablo Flórez- tenía una llave y donde ejercía como redactor jefe. Me puse de inmediato a preparar un proyecto de crónica del incendio. Estuve a solas mucho rato, hasta que llegó Ángel Herrero Conde (Roherre de seudónimo), quien se aprestó a escribir la crónica del encuentro de fútbol jugado la misma tarde del incendio y que ganó la Cultural al Cartagena gracias a un gol de Diéguez. Dejé pergeñada la crónica a las dos o las tres de la madrugada. De aquella crónica, por cierto, y de mis recuerdos personales proceden estas notas de hoy.

A las nueve de la mañana del lunes llegué de nuevo al periódico, a la vez que don Antonio. Los redactores mantuvimos una tormenta de ideas y decidimos que, con base en el proyecto que yo había elaborado por la noche, cada uno aportaría otros datos y así, con la colaboración de todos, yo mismo escribiría la crónica general del suceso, que no iría firmada (soy consciente de que estoy echándome flores, pero alguna vez hay que sacar los cristos de la intimidad a la calle). Recuerdo que César Trapiello y Marcelo Martínez  aportaron la versión oficial según la cual el fuego se debió efectivamente a un a un rayo.

DISCUSIÓN SOBRE LOS TITULARES

El regente del taller apareció en la redacción, muy apurado y exigiendo los originales porque se echaba encima la hora del cierre. Se los pudimos entregar pronto porque todo el mundo aceptó mi propuesta de crónica, si bien andábamos embarrancados en la discusión de los titulares, que algunos queríamos muy contundentes y llamativos, mientras otros se mostraban más conservadores y cautelosos Por fin, don Antonio adoptó una postura salomónica y los titulares,.lejos de sensacionalismos, como puede apreciarse por la hemeroteca, quedaron así: en primera página, "Peligroso incendio en la catedral", con el sumario de "Las llamas no destruyeron vidrieras ni tesoros artísticos". La crónica escrita, con tres fotografías espléndidas de César –César Andrés Delgado- pasaba a tercera página bajo los titulares siguientes: "El techo de la catedral ardió ayer por los cuatro costados". Nuevamente expresé, aunque en vano, mi desacuerdo: yo quitaría, además del "ayer" y "los cuatro costados" (el incendio fue en los techados del sur no más),  "la catedral" y pondría, en su lugar, para no repetir, "el templo". Pero don Antonio no dio el brazo a torcer.

También pretendí, en vano, suprimir, en primera página, el índice de contenidos para dar más texto o una cuarta foto. El índice anunciaba: "Franco entregó la copa al Real Zaragoza" y "Homenaje a don Marcelo en Astorga". Pronto echó a andar la rotoplana y a las tres de la tarde del 30 de mayo, puesto que el periódico era vespertino, estaba en los quioscos el Diario de León, que se vendió como agua. En cambio, el matutino Proa no salió hasta el martes. Sí salió la Hoja del Lunes.

Con el Diario de León y mi crónica ya en la calle, tuve oportunidad, a media tarde del lunes 30 de mayo, de subir a la torre sur de la catedral, acompañando a un grupo de técnicos encabezado por el arquitecto Juan Torbado, que comenzó inmediatamente a evaluar los daños y a trazar un plan de reparaciones. La contemplación de la techumbre incendiada me dejó estupefacto. Allí, bajo la comba de los arbotantes, aparecía un amasijo de vigas partidas y enormes tizones negros, como de carbón vegetal. Torbado señaló la zona donde comenzó el fuego y  ratificó que la desgracia provino del rayo caído durante la tarde anterior. No había ni una nube en el cielo, azul claro, impasible y olvidadizo sobre pináculos y agujas de la catedral, como si no hubiera pasado nada.

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