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Arribes, la vida entre cañones y bancales

Arribes, la vida entre cañones y bancales

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El barco Corazón de las Arribes navega en Aldeadávila. | EDUARDO MARGARETO (ICAL) Ampliar imagen El barco Corazón de las Arribes navega en Aldeadávila. | EDUARDO MARGARETO (ICAL)
J. López (Ical) | 24/12/2016 A A
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Arribes, la vida entre cañones y bancales
Paraísos Naturales El Duero es el padre de todos los ríos de Castilla y León, pero en La Raya con Portugal se convierte en mística, rodeado de cortados y viñedos, olivos y paz
Aprovechando el ocaso de un día de verano y el frescor de las aguas tibias, Paco Robles retira la lona azul sobre su pequeña embarcación y arranca el motor, dispuesto a disfrutar un día más, desde dentro, del paisaje de las Arribes del Duero. “Aunque sea mi trabajo, yo disfruto siempre de lo más profundo de esta tierra. Para mí es un máster permanente en naturaleza en un espacio en el que la práctica no se parece a la teoría”, presume. Los bancales y cortados de esta tierra de frontera esconden materia esculpida por el agua y por el viento, que ha permitido configurar un microclima casi único y que ha servido para el desarrollo de cultivos como el viñedo y el olivo y 1.100 especies de plantas y fauna excepcional, principalmente rapaces, como alimoches, buitres leonados, pero también cigüeña negra.

Desde el embarcadero de Fermoselle-Bemposta, en el embalse que se sitúa metros abajo de la localidad zamorana, Robles señala que su trabajo en la empresa Naturisnor “defiende los valores de la naturaleza pura y dura”, los cuales teme que con el tiempo “se puedan perder”. Su pequeño barco, que opera desde hace 12 años en copropiedad, dispone de 16 plazas. Es uno de los cuatro que discurren a lo largo de los 120 kilómetros lineales del Parque.

El centro del río, con la soledad de las últimas horas del día, permite relajarse, cerrar los ojos y no pensar más allá del sonido del agua y el canto de algún pájaro. Ayuda, de vez en cuando, que el timonel detiene unos instantes el motor, en medio de lo que parece la nada, pero que lo es todo. Se vive una tranquilidad absoluta y recomendable que sólo se ve alterada, afortunadamente, por el raso vuelo de dos alimoches que se retiran a descansar a un hueco entre la piedra, visibles a lo lejos por los restos de excrementos. “Para mí, los cortados y la falla del Pollo es lo más bonito del recorrido. Lo ha esculpido la propia naturaleza”, desliza. En esos parajes se observan las dos únicas plantas endémicas: el dragón de Arribes y la ‘chupera’ (Scrophularia valdesii), que nacen sobre los roquedos y que se observan sólo desde los barcos.

Se detectan dos laderas bien diferenciadas. Por un lado, la portuguesa, donde prima el enebro y los populares ‘jimbros’. Cuenta con más horas de sol y es un suelo más seco. Por otro, el español, que está más descuidado, donde los madroños y los enebros han absorbido al olivo, que sigue ahí casi mimetizado, excepto en la cercana Pinilla y en la provincia charra, donde aún se trabaja. “Se abandonaron por los campesinos en los años 50 y 60 porque se fueron a trabajar en la construcción de las presas de los Saltos del Duero. Les pagaban más”, justifica Paco, que también se encarga del mantenimiento del castillo de Fermoselle, uno de los miradores más completos de Arribes.

Una ruta de miradores


El Duero, columna vertebral de Castilla y León, abandona la Comunidad en un espacio natural que lo ha elevado a una protección casi absoluta. El Parque Natural, que entre ambos países suma más de 190.000 hectáreas, se ubica en la frontera con Portugal, donde ha originado ‘arribes’, ‘arribas’ y ‘arribanzos’, vocablos leoneses utilizados para denominar la geomorfología que presenta el Duero y los ríos Águeda, Esla, Huebra, Tormes y Uces, aquel que transcurre por el famoso Pozo de los Humos, una caída de agua que en la época de lluvias se convierte en un espectáculo.

Julia García, de la Casa del Parque de Fermoselle, señala que “se caracteriza por una zona de depresión o de altitud más baja en la zona de Sayago, otra de penillanura y las propias arribes, las pendientes escarpadas que se sitúan a ambos lados de estos ríos”. Todo ello se puede visualizar en el Convento de San Francisco, que de forma inusual alberga el centro de interpretación: una infraestructura de 1730 fundada bajo la regla de los franciscanos descalzos, cuyas posteriores ruinas fueron consolidadas para este fin. Allí es fácil preparar una visita a los Arribes, desde el puente de hierro de Requejo, en Pino del Oro, donde empieza el parque en el extremo norte, hasta el sur, atravesando los miradores de Fariza o Pinilla o los portugueses de Picote y Penedo Durao, con la presa de Saucelle al fondo.

Julia es conocida y querida en Fermoselle gracias a la implicación por su pueblo. Regenta, junto a su madre Carmen, la Tienda de Antaño, establecimiento “original” desde 1975 en “el que encontrarás casi de todo”, como ella señala de carrerilla. Da la sensación de formar parte de ‘Cuéntame’ durante unos minutos: sacos de sal, pimentón o azúcar, jabones, aceite de oliva, vino, relojes, hachas, hoces, herraduras o clavos… “Siempre hemos vivido del Duero”, afirma la propietaria, quien admite que el contrabando con Portugal era habitual, principalmente café y licores. “La Raya vivía de ello. La gente se arriesgaba en ambas direcciones para cruzar los arribes”. Aquí, Portugal no está de espaldas, no está separado, “sino unido por el río, es una frontera de unión”. “Tenemos una cultura muy lusa”, acierta a decir Carmen desde el otro lado de la barra de su “museo vivo”.

El pueblo de las mil bodegas


Julia no tiene problemas en mostrar alguna de las bodegas subterráneas. Por algo, se conoce al pueblo como “el de las mil bodegas”. “Aunque creo que es una exageración”, matiza. Fermoselle cuenta con una fuerte presión emigrante a Sudamérica. De hecho, existe una escultura dedicada a los que se fueron. Pero los que se quedaron siempre han disfrutado de las bodegas, “entoñadas” debajo de cada casa. Lo habitual en el centro de Fermoselle es que junto a las aceras nazcan cientos de escaleras hacia bodegas en piedra donde siempre se ha elaborado vino, con su ‘arbañal’ y ‘zarcera’, elementos imprescindibles de este patrimonio aún vivo.

Un vino que siempre gira en torno a la uva autóctona ‘Juan García’, aquella tinta que se daba “bien” cerca de los encajados cañones, donde no se conocen las heladas y la temperatura es agradable, lo que posibilita un paisaje agrario diferenciado. Por ello, en 2007 esta comarca obtuvo la DO Arribes, un marchamo de calidad con el que operan 15 bodegas, con 380 hectáreas de viñedo dentro del Parque y un total de 270 socios repartidos entre Zamora y Salamanca.

Un vino muy inglés


Charlotte Allen decidió que esta tierra era el espacio idóneo para su “vino de autora”. “Este es el sueño de una inglesa”, manifiesta durante una visita a sus viñedos, en la bodega Almaroja. “Cuando empecé en 2007 la gente pensaba que estaba loca porque quería hacer un vino como antaño”, recuerda entre risas. Ahora comercializa seis tipos de caldos y 15.000 botellas. “Esto no es Protos”, ironiza esta enóloga, que ha absorbido lo mejor del sector en sus múltiples viajes por el mundo.

Su aventura se inició cuando un amigo francés en la DO Rueda la convenció para venir a España, pero sin saber en qué zona se asentaría. “Después, en un viaje por el Douro desde Portugal, conocí los bancales desde el barco. Y me enamoré”, resume. “El futuro es esperanzador. Eso sí, con mucho trabajo y madrugando, porque esta historia tiene más de cien años”, asiente. Allen admite que es complicado cambiar los gustos de los españoles, que prefieren siempre “las tres erres: Ribera, Rueda y Rioja”. Por ello exporta la mayor parte, aunque comienza a introducirse mejor en el mercado nacional.

Su carácter británico la ha animado a atreverse con la variedad Rufete (tinta) y Puesta en Cruz (blanca), esta última autóctona semiabandonada.

El último cabrero de Aldedávila


Aunque existen diferencias a lo largo del Parque, son casi inapreciables en Zamora y Salamanca. Así opina Luis Fernando Blanco, quien ahora trabaja con ‘El Arribito’, rutas en todoterreno por los puntos más emblemáticos de Aldeadávila. Procede de una extirpe de últimos cabreros, un colectivo del que Arribes siempre estará orgulloso porque “se jugaban la vida para dar de comer a los animales en los bancales y cortados”.

Con ‘El Arribito’ es fácil conocer parte del parque. Desde el bosque de almez más grande de Europa a la central de Aldeadávila, la más grande de los Saltos del Duero, en la que se grabaron escenas de ‘Doctor Zhivago’ o ‘La Cabina’.

Tras sufrir un accidente laboral cuando trabajaba en la construcción de la ‘Y’ vasca, decidió volver a su pueblo, donde ahora es uno de los mejores guías: “Es un trabajo, pero yo disfruto”. De camino a los “fiordos castellanos”, un lagarto ocelado se cruza frente a una plantación de pistachos, mientras una bandada de buitres se acerca al muladar para alimentarse. Lo hacen principalmente de las bajas que registran las diferentes granjas de conejos de la zona.

En un día de bruma, o ‘baraño’, el mirador del Rupitín pretende, además de mostrar el Duero encañonado, enseñar la vida de los cabreros, que se lanzaban casi al vacío por los riscos para recoger a sus animales. Blanco trabaja, además, en la almazara de la localidad, que moltura un millón de kilos de aceitunas al año para obtener aceite de oliva, unos bancales que ya explotaron los romanos. Uno de estos olicultores es Emilio Gallego, quien elabora “cien por cien manzanilla”. “Es el mejor aceite que existe”, se despacha.

Cerca de allí el Tormes, en la frontera entre Zamora y Salamanca, transcurre junto a Villarino de los Aires y desemboca en el Duero tras la presa de Fermoselle-Bemposta. Esta infraestructura hidráulica ha permitido que ese espacio, conocido como ‘Ambasaguas’ -si eres de Salamanca- o ‘las dos aguas’ -si eres zamorano- sea el único punto de bosque de galería de todo el parque natural.

El etnobiólogo de la Universidad de Salamanca José Antonio González destaca que la principal característica de ‘Ambasaguas’ es que en ella coinciden “especies del norte y del sur penínsular, el único lugar en el que ocurre, por eso es importante desde el punto de visto biogeográfico”. “Sólo en un punto de varios metros cuadrados se contabilizan 55 especies de insectos, todas las que habitan en el Reino Unido”, plantea González, quien reitera que en función del desembalse de la presa, esta zona “se comporta como las mareas”. No hay que olvidar que Arribes se encuentra dentro de la recién declarada Reserva de la Biosfera Transfronteriza (RBT) Meseta Ibérica.
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