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OPINIóN IR

12/06/2022 A A
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Este domingo, cuando esta columna vea la luz en el papel o en las pantallas, yo me encontraré paseando por Arcos de Jalón. De nuevo en la provincia de Soria. Mis viajes son modestos. Nada que ver con esos destinos que escucho a mi alrededor en vísperas estivales: Nueva York, Algarve, Ecuador y Galápagos, Albania… Parafraseando a mi amigo Luis Artigue, reconozco que hace tiempo decidí viajar en busca de los otros y no de lo otro. Sea por trabajo o por devoción, son esos otros los que me reclaman y me confortan, los que me mueven y me conmueven, los que me interesan y me sostienen. De lo otro deserté años atrás, cuando me negué a seguir formando parte de las romerías y de las imágenes y selfies en que se habían convertido todo tipo de viajes turísticos o de evasión. Crudo comercio, ilusa huida.

Por eso mismo, mi verano, que parte a orillas del Jalón hablando allí de la memoria ferroviaria, tendrá como mucho un par de enclaves más, siempre para celebrar algún tipo de encuentro: una boda en Ribadeo y una larga conversación en un lugar aún indeterminado del País Vasco. Poco más, si se exceptúan las tardes bercianas a la sombra. ¿Y para qué más? En anteriores encarnaciones, he andado ya casi todos los caminos de Francia y he deambulado por las calles de Berlín, me he bañado en dos mares, en un lago y en un océano, me he aislado en una isla y me he asomado al estuario del Tajo desde Lisboa, recorrí Levante como funcionario, fui pedáneo en la Sobarriba y he acabado como titiritero en los pueblos y tierras de las muy discutidas Castilla y León. Sin ser de Bilbao, puedo afirmar que he dibujado el mapamundi. El mapamundi de mis sentimientos.

En Arcos de Jalón, aparte de trabajar, que es a lo que venía, he compartido risas y chanzas, he recogido saberes y gustado licores, he dialogado y he cantado. No creo, en verdad, que haya a mano mejor programa de viaje. Ni de trabajo. Y sí, inevitablemente he recogido en imágenes todo ese acervo emocional que no se despegará nunca de mí.
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