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Aquellos tremendos desayunos

Aquellos tremendos desayunos

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Toño Morala | 26/02/2018 A A
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Aquellos tremendos desayunos
Cultura Era la comida de arrancar el día y el que marcaba la jornada. Ha evolucionado como la vida, de los tazones de leche con pan migado a la época del Cola Cao antes de estos tiempos de cereales, margarinas y zumos... o café en el bar
¡Venga, arriba, que hay que ir a la escuela, y las letras no esperan, ni la maestra…! Algunos perezosos tardaban en levantarse la intemerata; la de veces que la madre tenía que ir y destaparlos… que estaban amarrados a los cobertores como lapas. Pero luego ya todo era mucho más fácil… aguas menores y otras, lavarse, peinarse, vestirse con el pantalón corto hasta en invierno, tela… eso sí, en algunos sitios… y a desayunar. Quién no recuerda aquellos desayunos de tazón con leche y pan migado, una cucharadina de azúcar, poca, que era cara, pero y la nata… aquella leche que siempre tenía nata y se repartía o se untaba en el pan de hurmiento. En otras comarcas donde no había leche de vaca, pues de oveja o cabra, y si no, unas sopinas de ajo con una buena capa de manteca de cerdo y refrito, e ibas para la escuela como un paisano; incluso en aquellos años, algunos llevaban boina o gorra. Allá en los años cincuenta y sesenta. También en la escuela daban aquel queso americano y la leche en polvo… para algunos, era el desayuno y parte de la comida del día, pero esa es otra historia de posguerra. Hoy vamos a escribir sobre los desayunos terribles que nos metíamos entre pecho y espalda. Recuerda uno aquella leche que se servía directamente del cazo con mango, o directamente del hervidor aquel que tenía tapa interna con agujeros para que al hervir la leche, no se derramara, y además olía a rayos en la chapa de la cocina de carbón. Pues hala, el pan migado nunca faltaba, y si sobraba, quedaba para el mediodía para con lo que fuera. Y quién no recuerda aquel primer Cola-Cao, tremendo sabor con aquellas rebanadas untadas de Natacha, Tulipán o mantequilla y para remate, muchas veces, la madre te hacía tragar sin rechistar, un par de huevos batidos con leche y una cucharina de Santa Catalina o vino Sansón, y entonces ibas para la escuela más contento que una castañuelas… -¡Qué dejas el cabás encima del escaño…!

Y salíamos como postas… qué fuerza… y era el delicioso desayuno que habías tomado antes de marchar. Ya más cerca, allá por mediados de los sesenta, aparecieron un montón de historias para desayunar que fueron dejando atrás la leche migada, las sopas de ajo, los untados de lo que hubiera por las alacenas y despensas… incluso, muchos desayunaban de tenedor y cuchillo. Que si un trozo de chorizo o tocino cortado fino, menudo manjar. Que si algo de carne del día anterior, algunos ya le metían un par de huevos para el cuerpo y para adelante. Pero como iba escribiendo, fueron apareciendo aquellos combinados de cacao de diferentes marcas, la leche condensada, las galletas maría y reglero, la primera bollería con vaya usted a saber qué; en fin, que comenzaron los desayunos flojones y llenos de materias primas que daban buen sabor, pero no se sabe muy bien lo de la salud y aún menos cuándo empezaron los chavales a estar gordines.

Y más para acá aún, ya aparecieron aquellos bollicaos, los tigretones, los bucaneros, las panteras… pero eso era más para el asunto del recreo, a eso de media mañana, le metías mano a estas cosinas y tirabas hasta la hora de comer. Muchas veces, el desayuno se compartía con algún vecino, como también la merienda; y muchos, también llevaban bocata para el recreo, bocata consistente, o sea, chorizo, mortadela, salchichón, y ya comenzaban aquellos tinglados de cacao para untar como la nocilla y otros. En estas cosas del desayuno a primera hora de la mañana, los había muy exquisitos, muchos no les gustaba la leche migada, ni nada dentro de la leche, iban masticando por un lado el pan solo o untado, y la leche a sorbos; otros no les gustaba la leche, y le metían directamente a las sopas de ajo, o directamente la rebanada de pan con lo que fuera.

El desayuno tal como lo conocemos no existió durante grandes etapas de la historia. Los romanos no lo tomaban, puesto que generalmente sólo consumían una comida al día, alrededor del mediodía, según explica la historiadora especializada en alimentación, Caroline Yeldham. De hecho, el desayuno se veía con desagrado. «Los Romanos creían que era más sano hacer sólo una comida al día», dice. «Estaban obsesionados con la digestión, y comer más de una vez se consideraba una forma de glotonería. Esta manera de pensar influyó en la manera en que la gente comió durante mucho tiempo». En la Edad Media, la vida monástica diseñó cómo comía la gente, explica el historiador experto en comidas, Ivan Day. No se podía comer nada antes de la misa de la mañana y sólo se podía comer carne la mitad de los días del año. Se cree que la palabra ‘desayuno’ se introdujo en esta época y literalmente significaba «romper el ayuno de la noche». La Revolución Industrial de mediados del siglo XIX regularizó los horarios laborales y los trabajadores necesitaron adoptar una comida temprana para mantener la energía durante el trabajo.

Llegadas las décadas de los años 1920 y 1930, las autoridades promocionaban el desayuno como la comida más importante del día, pero entonces, la Segunda Guerra Mundial convirtió al desayuno en algo difícil de conseguir. Conforme los británicos se fueron recuperando de los años posbélicos y se adentraron en la década de los 50, de liberación económica, objetos como las tostadoras estadounidenses, o alimentos como el pan en rebanadas, el café instantáneo y los cereales invadieron los hogares. Es decir, el desayuno tal como lo conocemos, más o menos. Muchos de nosotros no podemos pensar en salir por las mañanas de nuestras casas, sin antes desayunar, fruta, café o un zumo de algo. Pero este ritual mañanero, no siempre existió. Entonces, ¿cómo se inventó el desayuno? Antes del año 1500, es común leer sobre fiestas y banquetes, generalmente en la tarde o noche, que podían durar hasta dos días. Conocemos la etiqueta y los platillos que se servían, tanto en las mesas de la realeza como en las casas de los pueblos, pero casi nunca se hace referencia a la primera comida del día. Los historiadores creen que a finales de la época medieval, muchas personas no desayunaban. Se han encontrado evidencias, en los libros de familias nobles y de la alta burguesía, donde se especificaba quién podía desayunar y quién no.

Generalmente el desayuno estaba reservado para las personas de alto nivel, como oficiales, damas y doncellas, decanos, caballeros, monjes, entre otros. Convirtiendo al desayuno en todo un privilegio. Sin duda en esa época el desayuno era una comida para unos pocos. También se ha visto que el desayuno se veía como un tipo de medicina para cuando una persona estaba vieja o muy enferma. Se sabe que en 1305, el rey Eduardo I, a sus 65 años, tenía un cocinero que su único trabajo era preparar desayunos para el rey. En el año 1602, vemos que las recomendaciones cambian; el medico William Vaughan aconsejaba: «Coma tres comidas al día, hasta llegar a la edad de 40 años». En la época medieval el desayuno clásico, consistía en pan, queso y cerveza. Aunque muchos preferían solamente el "desayuno líquido", es decir, cerveza o vino. Las personas de la nobleza, desayunaban además mantequilla, huevos, pescado salado, arenque ahumado, carne hervida o cuello de cordero. En el siglo XVI, la mantequilla empezó a popularizarse, convirtiéndose en una excelente adición a la hora del desayuno. Se añadían ciertas hierbas a la mantequilla para brindarle propiedades, por ejemplo, se pensaba que la salvia ayudaba a mejorar el ingenio, así que la mantequilla con salvia era muy común es esa época. Muy curiosa la cuestión.

Una ley de 1515 declaraba que, "entre mediados de marzo y mediados de septiembre, la jornada de trabajo de los artesanos y obreros debía comenzar a las cinco de la mañana y continuar hasta las siete u ocho de la noche, con sólo una hora y media para la comida". La consecuencia es el desayuno; si un trabajador no podía comer hasta las siete u ocho de la noche, seguramente iba a tener hambre si comía a la hora medieval tradicional de las 11 de la mañana. El cambio, basado en el trabajo, fue principalmente un fenómeno urbano. Después de aprender está historia, le doy un nuevo sentido al dicho: "Desayuna como rey, come como príncipe y cena como plebeyo".
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