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Aquellos bomberos de antaño

Aquellos bomberos de antaño

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Toño Morala | 09/12/2019 A A
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Aquellos bomberos de antaño
Reportajes Un oficio con mucha historia y pocos medios hasta llegar a nuestros días
Hay oficios que se van labrando un prestigio a lo largo de los años, que la historia, les debe más publicaciones, y más memoria. Son de esos oficios donde lo importante es salvar vidas, incluso poniendo la suya en peligro; hay que nacer para ello… hay que tener un coraje, y no tener miedo a nada; pero por eso, tampoco se ha de descuidar la seguridad y conocer muy bien el medio en el que trabajas. El fuego es muy traicionero, y si le das la espalda, te puede engullir entre las llamas y pasas a ser un número de los fallecidos en acto de servicio; incluso, hace años, cuando había un percance, algunas viudas eran ayudadas por los compañeros del desafortunado, pues las mutuas no daban para mantener a aquellas familias tan numerosas. Estos hombres, y desde hace algún año, por capacidad y por igualdad, algunas mujeres ya trabajan y se exponen igual que sus compañeros a salvar vidas y apagar incendios. Sí, hoy nos toca escribir sobre los bomberos; pero lo vamos a hacer sobre aquellos primeros que abrieron brecha en condiciones muy desiguales a los equipos que hoy tienen estos cuerpos y parques de bomberos. No quiero ni imaginarme, en aquellos años, cuando se iba a apagar un fuego y las bombas de agua se movían a motor de garbanzos… dos tirando de manivelas, uno a cada lado para que el agua tuviera presión para llegar a apagar los incendios; menos mal que también los edificios no eran muy altos, salvo excepciones, como pasó en la Catedral de León en mayo de 1966, y además, domingo de Pentecostés; pero ahí ya estaban los dos Magirus, una auto-bomba del año 1955 y una escalera de 1963 soltando manguera y escalera y agua para extinguir el incendio. En fin, una tragedia terrible para la ciudad de León. Y mientras tanto, los bomberos iban reparando los vehículos, acondicionando las mangueras, haciendo entrenamientos con escaleras, y lo mejor es que no ocurriera nada. Pero ya se sabe, desde un gato que hay que bajar de un árbol, entre aplausos del personal viandante, hasta sacar gente por ventanas y terrazas, y desde hace años, y por desgracia, también tienen que excarcelar a automovilistas en accidentes, que tiene que ser terrible, y si son niños… pero estos hombres están preparados para eso, pero luego, ya en casa, tardan días en olvidar las caras y los terribles accidentes de carretera; por muy duros que parezcan, también son humanos, y les duele el corazón ante cualquier perdida de un ser humano en cualquier percance. Y nos imaginamos la de historias para contar que tienen estos trabajadores a lo largo de unos treinta y cinco o cuarenta años en el cuerpo; lo que habrán visto, y lo que habrán sufrido aparte del fuego, los gritos, el llanto, el desconsuelo, la impotencia, las lágrimas…

Son de esos oficios donde lo importante es salvar vidas, incluso poniendo la suya en peligro  Y también hay que comentar, que algunos son muy solidarios; muchos renuncian a desalojar a las buenas gentes de sus casas, los desahucios. Y en el entremientras, también tienen que hacerse la comida, fregar, componérselas en las largas jornadas laborales… alguno incluso es un deportista de élite, y otros, marchan a los campamentos de Tinduf con camiones llenos de material y comida para los refugiados saharauis; qué inmensa labor, y qué gran humanidad. Después de este paréntesis, hoy quiero empezar por Ponferrada, que casi siempre empiezo por donde me lleva la vida, y dejo en el olvido lugares de la provincia. Cuentan las crónicas, que en Ponferrada el cuerpo de bomberos del Ayuntamiento “nace como tal servicio específico en 1954, siendo alcalde D. Francisco Lainez Ros. La primera vez que se menciona la necesidad de crear un cuerpo específico es en 1941 a través de un escrito del entonces concejal D. Gregorio Laborda Pérez, pero no es hasta el pleno de marzo del citado año 1954 en el que se crea dicho cuerpo y se redactan unas bases específicas de funcionamiento del mismo. Comienza a prestar sus servicios en 1955, con un presupuesto de 75.000 pesetas y cuatro bomberos, siendo su ubicación el zaguán del Ayuntamiento e inicialmente bajo el mando del arquitecto municipal, pues no es hasta noviembre de 1955 en que es nombrado el primer concejal delegado del servicio de incendios, D. Demetrio Mato del Palacio. En 1956 se establece el Parque de Bomberos en los bajos del Instituto Gil y Carrasco y en 1957, se amplía la plantilla y se crea la figura del Jefe de Bomberos, siendo el primero de ellos D. Domiciano Arias, quien permaneció como tal hasta su jubilación en 1995. Sucesivamente la plantilla se va ampliando y en 1960 cambia de nuevo su ubicación a la calle Ancha hasta 1982, que se instala en el Barrio de Fuentes Nuevas, permaneciendo en dicho parque hasta noviembre de 2009, que se estrenan las nuevas y modernas instalaciones actuales, en Ponferrada, en la Calle la Chopera, terrenos en los que se ubicaba la «montaña de carbón». Si contaran las pericias, aventuras, sufrimientos y demás, seguro que daría para un buen relato. Y además hay que considerar que esa comarca tiene mucha vegetación, así como pueblos muy unidos y techumbres de teito que de vez en cuando arman la de San Quintín.

Los hay muy solidarios; renuncian a desalojar a las buenas gentes de sus casas  Y escribimos ahora sobre León capital. Aquí sí que hay para contar; unas cosas son verdad, casi todas, pero otras, suenan más a leyenda como lo de Genarín; que si fue atropellado por ‘La Bonifacia’, que algunos aseguran era un camión de basura, y otros, pues uno de los bomberos; en fin queda aquí. También cuentan que una vez fueron a apagar un fuego a Valencia de Don Juan, y fue con La Bonifacia el intento de extinción, pero no funcionó; en su honor, los lugareños, le compusieron unas coplillas que dicen… «Un incendio pretendió apagar / tan solo el ridi fue a hacer / porque la dio por no funcionar». La ironía de algunos no tiene precio. La Bonifacia, que debía su apodo al concejal que decidió su compra en la segunda década del siglo pasado -Bonifacio Rodríguez-, acabó en la chatarra… Pero llegaron los magníficos dos Magirus a solucionar los entuertos de las viejas reliquias que aún se conservan algunas. Dejó escrito el gran Crémer… «El fin de La Bonifacia se apagó ella sola al no funcionar en un incendio cerca de Botines… y ahí, fue el punto y final a su larga historia, como de aquellas fábulas contadas y recordadas». La Cirila, que fue el primer camión de bomberos de León, y La Bonifacia, a principios del siglo XX reemplazaron a dos bombas de mano francesas que apagaban… lo que pudieran; el motor a garbanzos daba para lo que daba. Y las rutinas, las costumbres; pero ante todo la solidaridad y el aprendizaje para avisar de un incendio… -¡Fuego, fuego…! Y empezaban a repicar las campanas de las iglesias a fuego, a toda leche, y los voluntarios que acudían cobraban por riguroso orden de llegada; así, el primero cobraba unas diez pesetas, el segundo cinco, tres pesetas cobraba el tercero… y como anécdota histórica; las bombas eran de cobre y el agua había que echarla en calderos para subir a las casas. Y estas cosinas se van olvidando, se alejan de la memoria y de la labor que realizaban casi en precario, como forman parte de la historia de la ciudad de León. El parque de bomberos aún conserva dos de sus vehículos con más trabajo y horas de servicio a la ciudadanía. Y fue Conrad Dietrich Magirus, que era bombero, quien en 1864, fabricó la prestigiosa marca que usan la mayoría de parques de bomberos de todo el mundo, y lo hizo para hacer más manejable y la seguridad de la profesión de bombero. Y ahora, cómo no, hay que ir tapando agujeros con esto de la creación de más parques de bomberos que tanto necesita la provincia; hay que ponerse manos a la obra y dejarse de tonterías, en ello nos va la vida en muchos pueblos e infraestructuras de todo tipo que hay que cuidar.
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